Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: ‘Con el alma enlutada y sombría’

Bonifacio Byrne hoy tiene un pensar diferente.

Aún lo embargan la tristeza, el aturdimiento y el infortunio cuando ve flamear la bandera de la unión americana en Cuba. En el marco del avieso sistema político que en la isla reina, muy bien sostiene “con honda energía que no deben flotar dos banderas donde basta con una”: la insignia de la estrella solitaria y el triángulo de sangre.

“Entre tantos recuerdos dispersos”, el poeta de Mi Bandera ve una realidad muy lejana a aquella que se perfilaba en un futuro cercano el último año del siglo XIX “al volver de distante ribera”.

Desde su alma brota un desgarrador grito por las escenas de duelo, horror y represión omitidas el viernes por el gobierno norteamericano, después de izar su gloriosa enseña de trece franjas rojas y blancas alternadas, adjuntas a cincuenta estrellas blancas sobre un fondo azul marino. Más que ninguna otra en la Tierra, encarna los sueños de libertad; la perseverancia, la superación, el ingenio humano, la equidad jurídica y la justicia.

Es la bandera que miles de tus hermanos, Bonifacio, han colocado tiernamente sobre su corazón con el brazo derecho al jurar la Promesa de Fidelidad a Estados Unidos en ceremonias de naturalización cargadas de simbolismos e intenciones, no obstante la dulce nostalgia por los momentos felices vividos en el suelo natal. El Almanaque del Ciudadano que al final de estos actos confieren precisamente destaca la contribución de norteamericanos nacidos en el extranjero, como Alexander Hamilton y Albert Einstein, en todos los rubros de la sociedad adoptiva.

Han sido testigos de la cálida alborada, teñida de anhelos, que nace del horizonte del orden y los derechos establecidos en la Carta Magna estadounidense, que garantiza desde la libertad religiosa y de expresión, hasta el derecho a un juicio imparcial, entre otros, nobles aspiraciones ilusorias allá, en la Cuba a la que miran con sumo dolor –y con intenso amor.

Esa bandera bañada por una sensual brisa tropical solo prodigada por el mar que acaricia el Malecón habanero les dice tanto.

Les habla de la orfandad sentida cuando extraviaron su Patria. Les recuerda los retos para hallar empleos remunerados debidamente, anulando su capital de conocimiento. Les hace sentir aquel fardo agobiante, incomprensible, implacable, que causó el desconocimiento del idioma inglés, la adaptación cultural y la pérdida de sus bienes tras enormes inversiones de esfuerzo. Les dibuja una popular etiqueta engomada a la parte posterior de vehículos que enunciaba: “El último estadounidense que deje Miami, pudiera, por favor, traer la bandera consigo”.

Sacrificios y zozobras; inquietudes y sollozos. Punzantes reveses de este destierro.

Al mismo tiempo, la enseña que volvió a ondear en la legación diplomática norteamericana después de más de medio siglo, les suscita orgullo y agradecimiento en esta ribera del Estrecho de Florida.

Revive el bien y la dicha que alcanzaron, no solo para ellos, sino para compartirlos con coterráneos que llegaban hambrientos de pan y misericordia; anhelosos de solidaridad y comprensión. Valida el poder económico y excelencia académica, artística, científica y deportiva que los sitúa casi a la par de los norteamericanos de raza blanca. Confirma el papel salvador que ejercen en el sustento de familiares en la isla a través de las remesas y el envío de artículos de primera necesidad. Evoca la generosidad de esta gran nación de oportunidades y prosperidad que, con brazos extendidos, los ha acogido –y también incorporado.

Beneficios y sosiegos; quietudes y risas. Agradables suertes de este destierro.

Potenciada por los rayos del candente sol caribeño, esa bandera observada alrededor del mundo es mucho más que un pedazo de tela ondulante, porque abriga el optimismo en cuanto al porvenir en tiempos difíciles. Optimismo que engendra el aliciente de millones de refugiados, exiliados políticos e inmigrantes forzados a dejar atrás el terruño por persecución, o por una dictadura, o por un alto índice de criminalidad, o por miseria económica, o por amenazas a la seguridad personal al pertenecer a una comunidad minoritaria de la población.

Esa bandera llama a la reflexión, no solo a los cubanos de exilio “con el alma enlutada y sombría” mientras era enarbolada, sino a todos los ciudadanos que nos sabemos verdaderamente privilegiados por la facultad de modificar constitución y leyes mediante plebiscitos a fin de avanzar el progreso de la sociedad. Elevamos voces de protesta sin temor a represalias gubernamentales; gozamos de libertad de movimiento sin restricciones ni condiciones; elegimos afiliarnos al partido político de nuestra predilección, porque coexisten más de uno; navegamos por el ciberespacio sin bloqueos; hacemos gala de nuestros derechos humanos porque la democracia los custodia. ¡Somos realmente favorecidos!

“En los campos que hoy son un osario… de los pobres guerreros difuntos” desde que la misión diplomática estadounidense perdió el estatus de embajada en enero de 1961, la enseña The Stars and Stripes se levanta de nuevo, impulsada por intensos vientos dispensadores de esperanza y fe para vencer los tumultuosos obstáculos que afligen al pueblo cubano, una utopía para algunos y una certidumbre para otros en la diáspora.

“Con el destierro en el alma”, Bonifacio confiesa no haber “visto una cosa más triste” que esa bandera americana flotando esta semana en la capital cubana, a la cual se le rindió culto.

¡Se acerca el día anhelado! La presentación de la biografía de Monseñor Agustín Román “PASTOR, PROFETA, PATRIARCA”, tendrá lugar el 22 de agosto a las 4 p.m. en la Torre de la Libertad. Entrada y estacionamiento gratis. ¡Los espero!

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