Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: El legado de un sembrador

Asentada en la biografía de Agustín Román Pastor, Profeta, Patriarca, vive la historia de un colectivo que acompañó a su admirado líder haciendo prodigio de valor y laboró, incansablemente, por una causa común: la Ermita y la devoción a la Virgen de la Caridad.

Monseñor Román recordaba que el santuario se edificó “de kilo prieto en kilo prieto”, de centavo en centavo, gracias al sacrificio de una comunidad de devotos que con dificultad podían sobrevivir, ordeñaron sus miserias y aportaron lo poco que poseían, además de tiempo ilimitado para prestar una diversidad de servicios. Cada creyente sintió que el hogar de la Virgen en Miami era también suyo.

Me fascinó aquella premisa de cooperación mutua y la torné en la brújula que ha guiado el timón de mi barca en la elaboración de su biografía. Si bien el hilo conductor que hilvana la narración de los hechos es la voz del propio Monseñor Román recogida durante entrevistas personales específicamente con este fin, el patrimonio emotivo del libro tiene raíces profundas en palpitantes y veraces testimonios de testigos bendecidos por la cercanía a su figura.

El compendio de estas declaraciones entrelazado, entre otros recursos investigativos, con los escritos del biografiado, sus sermones, folletos, tesis de grado, conferencias, correspondencia personal y programas radiales, permite presentar una mirada más amplia del panorama de sus rasgos y trayectorias como individuo, sacerdote, guía, misionero, obispo, patriota, pacificador, defensor de los inmigrantes y vocero de los débiles.

Se hizó la presentación del libro 'El pastor, profeta, patriarca: Monseñor Agustín Roman" escrito por el columnista de el Nuevo Herald, Daniel Shoer Roth, en la Torre de la Libertad de Miami el sábado, 22 de agosto del 2015. (Video por Pedro Porta

¿Qué cuentan los recuerdos, las risas y las lágrimas –porque a muchos la emoción los embargó por dentro– de más de un centenar de fuentes primarias entrevistadas o consultadas? La respuesta se despliega a lo largo de casi 400 páginas redactadas con sensibilidad literaria y la pasión de una novela de aventuras. Abarcan origen, vida, obra, legado y proyección de un abnegado pastor que tuvo dones de profeta, al procurar interpretar el sentir de Dios para un pueblo del cual también, por su autoridad moral y sabiduría, fue patriarca en la unidad de la fe y del amor.

El libro nos adentra en el personalísimo mundo de un frágil niño campesino en una finca alejada de la parroquia de San Antonio de los Baños, al suroeste de La Habana. No obstante su escaso contacto con la práctica formal del catolicismo, mantuvo una comunicación fluida con Dios.

No es hasta su incorporación en la comunidad litúrgica, en la flor de la adolescencia, que aprende a amar y a admirar la Iglesia, fruto de su activismo en la Federación de la Juventud de Acción Católica, en cuyo seno toman cuerpo sus ideales. Despertaba la flameante llama de un sentimiento religioso. La invitación a conquistar al católico tibio, al creyente sin obras; a evangelizar y catequizar allá en las periferias, encuentra eco años después en el enfoque misionero de los seminarios regentados por la Sociedad de Misiones Extranjeras de Quebec, donde Agustín se prepara para el sacerdocio. Sensible, como lo es el Papa Francisco, ante las necesidades de los excluidos, de los despreciados, inicia una pastoral en Colón, Matanzas, con los niños limpiabotas y los enfermos.

Por aquella época, su querido obispo, guía y mentor, Monseñor Alberto Martín Villaverde, le traza un mapa de vida: “Ve a buscar a los que no vienen”, le exhorta. A continuación, lo motiva a proseguir los estudios en Canadá advirtiéndole: “No quiero que te quedes solamente un isleño”.

La visionaria asignación parece providencial. El Padre Román brillará en la actividad misionera, después de sufrir el extravío del nativo suelo cuando su floreciente obra parroquial en esa hermosa isla le es arrebatada por un despiadado régimen que a punta de metralleta lo echa al mar, sin destino cierto ni perspectiva favorable. Queda extinguido, por completo, el deseo de servir en la Diócesis de Matanzas. Será, empero, pastor de otra jurisdicción mucho más amplia y diversa… de un diócesis llamada “exilio”.

En Miami, descubre a un pueblo desgajado de su Patria, vejado, perseguido, amenazado. Sus compatriotas riegan esta tierra de gracia con el sudor de la frente, sedientos del consuelo y la acción profética de un consejero que brinde orientación positiva e inspiración. ¡Ese es Agustín Román! Para la aflicción del alma, procura una curativa sonrisa de esperanza. Mientras cunde el caos y arden las penurias, planta la semilla de una labor no solo espiritual, sino también cultural, comunitaria y cívica, centradas en un santuario de devoción mariana.

El libro nos sitúa cara a cara frente a este hombre con un aura y actitud que fluyen y dejan huella en los individuos. Continuamente se expone, de forma directa, al mundo del sufrimiento, disponible para acoger los problemas ajenos como propios. No se queja; no se agota; no cuida de sí mismo incluso teniendo una salud precaria. La Biblia y el Breviario lo acompañan en sus correrías apostólicas, encauzando su celo hacia las necesidades de las poblaciones desfavorecidas, a quienes presta su voz.

Recién nombrado obispo, abre sus oídos a las dificultades e inquietudes, y rebosa de valentía y justicia durante la sublevación de los presos del Mariel en las penitenciarías federales en Oakdale y Atlanta. Apaga estas incendiarias revueltas revestido de su mejor armadura: la plegaria y el rosario. La prensa le atribuye las cualidades de héroe, mas él las niega categóricamente. “Un obispo, un sacerdote, es un servidor, no un héroe”, declara después de reconciliar la libertad y el orden. Resuelto el conflicto, asevera: “Seguiré siendo el mismo que antes. Un profeta, si lo quieren, que exhortaré a mis hermanos y hermanas a no olvidar a la gente del Mariel”.

Vive inmerso en el acontecer de la porción del rebaño cubano en esta ribera del Estrecho de Florida, envuelto en los principales hitos del exilio. Y, a lo largo de las décadas, emplea su paternal figura, tan firme, tan bondadosa, para apelar a la unidad ante las fisuras políticas internas y la absorción de nuevas oleadas de inmigrantes discriminados. En el afán por fortalecer las relaciones, transforma desde dentro, renueva y crea estructuras. Con su tradicional entrega y sacrificio se proyecta como patriarca, no en el sentido literal bíblico, sino en el carácter de servidor de un pueblo disperso, el cual espera de él el esquema de un camino, y resuelve seguirlo porque es quien mejor los comprende y sus intereses representa.

Un importante capítulo en el desarrollo de las iglesias cubana y de Miami arriba a su final en abril de 2012, cuando dos columnas apretujadas de fieles, poseídos de entusiasmo amoroso, demarcan las veredas de la Calle Ocho en una escena tan surrealista como real para despedir los restos mortales del Padre Román, su cayado, faro y estrella de esperanzas. “¡Santo súbito!” aclaman, mientras avanza la procesión funeral. Al exaltar sus virtudes en la Catedral St. Mary, el Arzobispo Thomas Wenski lo proclama “el Félix Varela de nuestros tiempos”.

Precisamente, la idea de continuidad en la filosofía sacerdotal entre ambas cimeras figuras como custodios de un pueblo y heraldos de su emancipación, es estudiada a fondo en esta publicación, la cual presenta un paralelismo inédito hasta ahora respecto a sus circunstancias, acciones y atributos en el devenir de la historia de Cuba. Y no solo en el exilio se reconoce esta convergencia.

El Arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Dionisio García Ibáñez, deja fe de ello en una entrevista que amplía el alcance de esta biografía. “La coincidencia de vivir en un momento, en un país distinto al de su nacimiento; habían salido por circunstancias similares. Es decir, la política, la situación económica, ideológica y social los había apartado de Cuba; estaban en Estados Unidos; mantenían un amor profundo por Cuba –explicó–. Pero el centro de sus vidas era ser sacerdote de Jesucristo y esto nunca pasó a un segundo plano. Todo lo demás, el aspecto político, el aspecto ideológico, el aspecto del exilio, la dureza que sintió; todo eso estaba presente en su vida y lo marcaba, ¡pero qué va!, el centro de su vida era ser pastor de Jesucristo, y eso pasó con Félix Varela y pasó con él”.

Adaptación y síntesis de mi alocución en la presentación de la biografía “Agustín Román PASTOR, PROFETA, PATRIARCA”, celebrada el sábado 22 de agosto en la Torre de la Libertad.

Queridos lectores: Después de tres años corridos de servicio en esta tribuna, tomaré vacaciones. En Foco reaparecerá a partir de octubre. ¡Paz y bien!

Artículos relacionados el Nuevo Herald

  Comentarios