Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Los parques son... ¡parques!

A capa y espada, el gobierno del Condado Miami-Dade fragua una guerra en estas elecciones otoñales.

No se trata de una acción estratégica para reforzar la flota de autobuses y trenes, ni de crear trincheras para proteger a los pasajeros de las inclemencias que han de resistir bajo el ametrallamiento de los rayos solares y aguaceros mientras aguardan en las paradas. El orden de operaciones tampoco dispone la ejecución de un plan de campaña contra las minas de la corrupción municipal. Ni siquiera se busca encubrir al sistema de bibliotecas contra los avatares presupuestarios como proclaman los políticos de turno.

El asalto a la población, en forma de enmiendas a la Carta Constitutiva de Miami-Dade, compromete la integridad territorial de los parques y áreas verdes. Iniciativas electorales estas que piden primeros auxilios.

Calificadas como cambios circunstanciales en el Artículo 7 “Parques, Reservas Acuáticas y Preservación de Tierras” de los estatutos, las tres primeras enmiendas condales propuestas tienen mayor impacto en la calidad de vida de los ciudadanos que el resto de las preguntas que reciben mayor atención por los millones de dólares que sus partidarios, por intereses particulares, han invertido en propaganda, en detrimento de los contribuyentes que terminarían pagando los platos rotos. En cambio los parques –sagrados espacios de comunión con uno mismo, con la comunidad, con la Madre Naturaleza y el Padre Celestial– no pueden contratar cabilderos ni publicistas que los defiendan de la densidad urbana y la comercialización.

En juego está la esencia de los parques como reservas naturales de recreación y placer de acceso público, que deben ser conservadas intactas para el provecho de futuras generaciones. La huella de la naturaleza en esta ciudad, más allá de atenuar la contaminación ambiental y obsequiar un hálito de paz en la vorágine del caos, es idónea para el ocio de todos los ciudadanos, especialmente los niños de familias menos afortunadas que no pueden darse el lujo de sacrificar un ojo para entrar a los parques de Orlando (más el peluche de Mickey, la foto en la montaña rusa y el algodón de azúcar rosado) ni de inscribir a los chicos en academias privadas de deportes, ni de enviarlos a campamentos de verano a la orilla de un apacible lago.

Con el típico lenguaje engorroso y engañoso de las enmiendas constitucionales en Florida, y pésimamente traducidas a un español que convierte el “sí” en “no” y el “no” en “sí”, las modificaciones al Artículo 7 se presentan como una expansión de servicios en los parques, cuando en realidad sustraen los elementos vitales que hacen a estos lugares denominarse “parques”, añadiéndoles funciones no compatibles con su uso específico para el desahogo, el recreo, el deporte, el paseo y la tertulia.

Construir bibliotecas en los predios de los parques es, como dice el refrán, confundir la gimnasia con la magnesia. Los parques existen para correr entre los arbustos y disfrutar de la familia en un picnic sobre el césped; las bibliotecas, son para sentarse entre los libros y aventurarse en la naturaleza silvestre del ingenio humano. En los parques se exhala estrés; en las bibliotecas se inhala conocimiento. Ambos sistemas en el Condado encaran serios problemas económicos, escasez de personal e infraestructura depauperada. Juntarlos hace más daño que bien.

En otro frente, las bibliotecas se subvencionan mayormente con un aporte tributario de los propietarios designado, por votación popular, para este fin educativo. El Departamento de Parques depende del presupuesto general del Condado. Descarrilar los fondos de las bibliotecas hacia los parques para la supuesta edificación y mantenimiento de bibliotecas pudiera desvirtuar la meta de los contribuyentes. Entonces sonarán las piedras en un río de aguas turbias entre dos fuentes de financiamiento.

Por ley condal (y de la lógica), los parques públicos pertenecen al público. Para legalizar la ilegalidad, en estos comicios se pretende eximir de las normas al Parque Regional de Fútbol, con el pretexto de que sus tierras otrora fueron un vertedero, claramente a fin de privatizar su administración. Los parques privados son excelentes y para disfrutar de ellos, como es de esperar, hay que pagar. Pero cuando un parque público se privatiza, las familias de clase trabajadora que podían usar las instalaciones gratis –aquellas que carecen de los medios para viajar al Gran Cañón o a Disney World– sufren las consecuencias.

Un ejemplo fehaciente es el parque municipal más grande y antiguo de Hialeah concedido hace tres años a una estrella internacional de la pelota para manejar su propia academia infantil. ¿Cómo optimizaron la infraestructura? Levantaron un áspero enrejado alrededor de cada campo y los cerraron con candados.

Ahora es turno del parque de fútbol y después, el de los columpios y toboganes. La remediación de un terreno contaminado es necesaria. Sin embargo, modificar los estatutos para cumplir una responsabilidad del gobierno sienta un mal precedente en el sistema de parques vulnerable a la privatización con fines de lucro.

Por eso preocupa que Miami-Dade plantee enmendar su Carta para construir cabañas de alojamiento en el Campamento Matecumbe, ese nostálgico rincón de la historia del exilio cubano, cuando el reloj de la angustia tintineaba en la conciencia de muchos padres en la Isla que, ahondando en prolongadas noches de vela y sobresalto, se sacrificaron a favor de un futuro de libertad para sus niños, a quienes enviaron solos a Estados Unidos mediante el éxodo Pedro Pan.

El Matecumbe de hoy es un área protegida por ser hábitat de especies en peligro de extinción. Si bien los parques, en general, deben brindar oportunidades de recreación con servicios como zonas de acampada y hospedaje, esta enmienda, redactada con suma ambigüedad, pregona “proteger terrenos” construyendo sobre estos, sin un estudio de impacto ambiental. No convence. A menos de que el potencial daño ecológico sea tan grave, que el cargo de conciencia machacará a los votantes y no a las autoridades condales.

De pie frente a la urna, con la boleta en mano, no vendría mal recordar aquella planta de ricino que creció por encima de Jonás para dar sombra a su cabeza. La vegetación nos protege y los parques son los espacios públicos de calidad donde todos de ella gozan.

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