Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Cuando tener corazón es un crimen

Arnold Abbott, es el hombre de 90 años que lidera Love Thy Neighbor (Ama a tu prójimo) y quien junto a otros voluntarios ayuda a dar de comer a los desamparados de Fort Lauderdale.
Arnold Abbott, es el hombre de 90 años que lidera Love Thy Neighbor (Ama a tu prójimo) y quien junto a otros voluntarios ayuda a dar de comer a los desamparados de Fort Lauderdale. MCT

“Amarás al prójimo como a ti mismo”. Madre de los mandamientos; código ético de indisolubles confesiones y filosofías; piedra angular del planeta; esencia de la Regla de Oro: trata a los demás como quieres que te traten.

Prójimo el estimable, el inocente, el viciado; prójimo el héroe, el pusilánime, el maloliente; prójimo el campechano, el impertinente, el bienhechor… El pobre y el rico; el poderoso y el desvalido; el enfermo y el saludable; el moribundo y el bebé; el ateo y el creyente...

Este principio universal de convivencia inspira a un nonagenario defensor de los derechos fundamentales de las personas sin hogar en Fort Lauderdale, quien cobija sus esfuerzos caritativos bajo el manto de una entidad benéfica que hasta en su nombre refleja el milenario precepto judeocristiano: Love Thy Neighbor Fund –El Fondo Amarás a Tu Prójimo.

Su esposa Maureen había fallecido, así que en los albores de la década de 1990, Arnold Abbott estableció la fundación en homenaje póstumo. En lugar de lamentarse por las grietas del andar; en vez de resignarse al aislamiento, optó por nutrir su vida con vitaminas espirituales, alimentando a los desafortunados, a los rechazados, a los hambrientos de pan y de misericordia.

El miércoles pasado, una saliente luna iluminaba una mesa con bandejas de estofado de pollo, pasta, patatas con queso y ensalada de frutas en un parque municipal frente a la playa, apetitoso menú preparado con cariño en la escuela de gastronomía que también fundó. Arnold vestía el uniforme blanco de chef y servía, con tambaleantes manos protegidas por guantes, la cena a los desamparados que allí suelen congregarse para comer y sentirse, al menos durante un par de horas, valorados.

Deleitadas, las estrellas sonreían recién despiertas y el Altísimo se complacía de su Creación en estos tiempos de suma decepción por la malevolencia imperante entre sus hijos. En cambio la Policía, respondiendo a un deber impuesto por los políticos de la Ciudad, no veía a Arnold con los nobles ojos celestiales. Él era un infractor más de la nueva normativa municipal que prohíbe alimentar a los indigentes en lugares públicos. Cuando los estómagos de los sin techo estaban llenos, los agentes procedieron a expedir un citatorio al buen samaritano de 90 años, el cual podría resultar en una multa de medio millar de dólares o en una pena de prisión de 60 días. “¡Qué vergüenza!”, coreaban los voluntarios de la organización.

“Esperaba que me arrestaran”, confesó el anciano sin pestañar. Era la segunda vez en el plazo de una semana que sufría el acoso de las fuerzas del orden por cumplir una encomiable labor social. “Me imaginé que tendrían que demostrar que la Ciudad es más poderosa que un viejito frágil”.

Alarmante tendencia

Fort Lauderdale se suma a otros municipios en el sur de Florida que, en una compleja tarea por hallar el equilibrio entre los reclamos válidos de residentes y comerciantes por el aglutinamiento desordenado de los mendigos en sus vecindarios y los derechos de esta vulnerable población, castigan a los piadosos que le dan de comer siguiendo las ordenanzas del corazón y las enseñanzas bíblicas.

Recordarán que el año pasado las Misioneras de la Caridad se aterrorizaron por el arremetimiento de las autoridades de la Ciudad de Miami, debido a supuestas violaciones de códigos de su comedor para los indigentes fundado por la Madre Teresa, vilipendiado por los funcionarios públicos como “un negocio sin licencia”.

Tras la lapidaria denuncia de En Foco, la comunidad reaccionó con un grito de indignación en defensa del diadema de la beata fundadora de la congregación religiosa: “Servir a los más pobres entre los pobres”. El gobierno de la Ciudad, preocupado por su deslustrada imagen, dio marcha atrás a lo que parecía un plan para desalojar a las siervas de Dios, alegando un mal entendido. 

Pero el asalto a la dignidad de las personas sin hogar no cesó.

Sacar el látigo

Sigilosamente, el gobierno de Miami ha ido desmigajando las protecciones que reciben los menesterosos desde hace años para prevenir arrestos indebidos dada las condiciones miserables de vida que padecen, algunos por falta de deseos de superación y por negarse rotundamente a recibir ayuda; otros porque el destino los ha desviado por el atajo de las tinieblas, consecuencia de desórdenes mentales, abuso infantil o la enfermedad de la adicción.

Criminalizar a un ser humano por estar desprovisto de techo no ofrece soluciones a este flagelo social acentuado en el sur de Florida debido al clima templado de los inviernos. Tampoco es útil sancionar los programas que alimentan a los desamparados a nivel de calle mediante amenazas a los buenos samaritanos. Almas entregadas al amor sin usar fondos del erario son sancionadas por la idiotez de los que, queriendo proteger barriadas de votantes, establecen ordenanzas sin resquicios ni excepciones como la promulgada el mes pasado en Fort Lauderdale.

Rebasar los 90 años de edad practicando la solidaridad humana en un parque frente al mar que pertenece a la comunidad es digno de alabanza, no de recriminación. Fortaleza a Arnold no le falta. En 1999, se enfrascó en una escaramuza legal porque los jefes de ese municipio intentaron poner fin a sus faenas de beneficencia. Un juzgado falló en favor del fundador de Amarás a Tu Prójimo, quien prometió esta semana recurrir de nuevo al sistema legal.

Desafortunadamente, como sociedad, hemos perdido el sentido común y nos hemos vuelto legalistas y deshumanizados. Momento adecuado este para evocar un proverbio del célebre poeta Antonio Machado: “Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin, o conformidad con lo inepto, sino voluntad de bien”.

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