Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: ¡El tesoro soterrado en nuestro suelo!

El paso por los aeropuertos y el contacto con agentes de aduana se facilita para quienes portan un pasaporte estadounidense.
El paso por los aeropuertos y el contacto con agentes de aduana se facilita para quienes portan un pasaporte estadounidense. Getty Images

Cuenta una leyenda talmúdica la historia de un aldeano piadoso y pobre que cierta vez soñó, por tres noches consecutivas, con un tesoro oculto debajo de un puente en una ciudad cercana a la suya. El sueño, se dijo, era presagio de gran fortuna. Buscó un pico y una pala para emprender la faena colmado de ilusión. Prudentemente, inspeccionó el terreno, mas cuando empezó a excavar, un guardián del palacio real se aprestó a detenerlo.

Acorralado, reveló sus propósitos. “¡Qué estupidez fiarte de tal quimera!”, replicó, con tono burlesco, el patrullero. “También yo –confesó sin dilación– soñé hace poco que había un tesoro enterrado debajo de la estufa de leña de un hogar en tu villorrio. ¿Y crees que fui a buscarlo?”. “¿Pudiera describir esa casa?”, preguntó el hombre. El retrato coincidía con su vivienda. Regresó con prisa, cavó una fosa profunda en el lugar señalado y, al asomarse, fue sorprendido por el gozo del esplendor del oro y las piedras preciosas.

La moraleja despunta por partida doble. Por un lado, lo valioso que anhelamos ya lo tenemos, si lo buscamos. Pero, a fin de descubrirlo, a veces se precisa salir de nuestro medio y contemplar la realidad a través de la mirada ajena. Lejos, en la distancia, adquirimos conciencia de nosotros mismos.

Recordé esta parábola de la milenaria tradición oral hebraica en los puestos fronterizos de varios países en un viaje reciente, al momento de tender el pasaporte azul marino estampado con el escudo de armas de Estados Unidos, y recibir una cálida sonrisa que surtía la cordial bienvenida y apertura.

Solo los inmigrantes que otrora nos hemos desplazado con pasaportes emitidos por naciones en vías de desarrollo –y hemos sido interrogados sobre asuntos que suponen un descrédito colectivo– podemos apreciar este privilegio en todo su valor. Ventaja que, a su vez, nos conmina al respeto; a evocar el esfuerzo deliberado de la voluntad de superación; a actuar de forma que no se descarríen los principios básicos de aquellos conciudadanos que sufrieron, vivieron y fallecieron en aras de edificar el mejor país del mundo en tiempos turbulentos, cuando por doquier se escuchan los estruendos del cañón.

Pocos son los dichosos pueblos que pueden justificar el orgullo nacional por su fuerza moral: la integridad gubernamental, el interés en el bienestar de los demás; por adherirse a la doctrina de la fraternidad humana; por prometer la prosperidad y la movilidad social ascendente, a través de factores como el acceso a la educación y la capacitación profesional, a quienes cultivan una actitud innovadora y un copioso grado de disposición al trabajo.

En una chocante contradicción, en otras latitudes del globo terráqueo, la represión, la tendencia autocrática, la insoportable pobreza, el hambre, la esterilidad de la tierra, la monopolización del pensamiento, el desnivel del poder individual, la frialdad del cuchillo y la intolerancia hacia las minorías, son pesadumbres que achatan pueblos, culturas, estómagos, mentes y espíritus.

Los agentes de inmigración y aduanas –algunos más circunspectos, otros más expresivos– situaban la certeza de esta inequívoca realidad en sus enunciados tácitos. Era tanto lo que expresaba mi pasaporte, que casi nada me preguntaban. Mi instinto enmudecido intentó adivinar qué era eso tan importante que conllevaba a un misterioso silencio de su parte.

En el campanario de mis oídos repicaban las típicas preguntas de aquellas décadas en las cuales transité de un país a otro con pasaporte venezolano: “¿Para qué viene aquí? ¿Por qué tantos días? ¿Puedo ver su pasaje de regreso? ¿Cuánto dinero trae? ¿Y qué monto tiene en el banco? ¿A qué se dedica? ¿Periodista? ¿Cuándo, cómo, quién, dónde…?” La mirada de los funcionarios implicaba sospecha; la voz proyectaba reprimenda. Claro, estas ásperas barreras se alzaban aún más en los aeropuertos norteamericanos, incluso con green card en mano.

Hoy, ingresar en cualquier frontera es otra cosa, una experiencia placentera de comunión con un mundo exterior de puertas abiertas, donde el portador del pasaporte estadounidense, no obstante su lugar de nacimiento, en general no representa el riesgo de permanecer viviendo ilegalmente, de manera invisible, en esta época de sobrecogedor incremento de los flujos migratorios. Según un informe reciente de Naciones Unidas, el número de desplazados y refugiados como consecuencia de guerras, conflictos y persecución alcanzó la cifra récord de 60 millones de individuos en 2014.

Es precisamente durante estas visitas al extranjero –cuando de nuestro corazón florece el más acendrado deleite por el conocimiento de historias, sociedades, culturas, gastronomías y geografías descollantes–, que somos conscientes de la bendición de vivir en Estados Unidos, una sociedad de adopción que a los inmigrantes facilita lograr libertad, éxito, prosperidad y salud.

Una herencia, un tesoro, que vale mucho la pena cada día recordar –y mucho agradecer.

  Comentarios