Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: El amigo gay del Papa

La amistad trasciende los límites finitos del hombre, inclusive cuando las opiniones aparentan irreconciliables. Efectivamente, trasciende toda diferencia creada por el ingenio humano porque, en esencia, encarna la comunión de almas que comparten valores, principios y sublimes ideales.

Esta es una enseñanza que, en virtud de su autoridad moral, el Romano Pontífice impartió, sin proponérselo, en Estados Unidos. De acuerdo a un comunicado de la Santa Sede, Francisco celebró solo una audiencia privada en suelo norteamericano. El consagrado con dicho honor: un argentino abiertamente gay que fue su alumno en la juventud y, desde entonces, también su amigo –oveja de un rebaño al cual protege, con celo caritativo, en los solitarios campos de la división y del odio, siguiendo las huellas del Buen Pastor.

Prodigando favores donde el viento desconoce caminos, el Papa abrazó a Yayo Grassi en la Nunciatura de Washington, a la vez que extendió sus manos y dos besos, en un gesto verdadero de bendición, a su pareja, Iwan Bagus, a quien recordó de un encuentro en la Piazza di San Pietro. Sabe –y no juzga– que ambos hombres han compartido una relación estable y duradera durante una veintena de años. Aquel fue un vibrante y entrañable abrazo, no disimulado, que redimía las cuitas de quienes, derramando lágrimas taciturnas de dolor y exclusión, claman por el respeto a su dignidad humana.

A sus 67 años, Grassi parece, ante todo, un hombre noble digno de la amistad de Francisco y humilde en ella. No se define a sí mismo por su orientación sexual, sino por su integridad. Ríe, llora, duerme sereno, trabaja en su propio negocio, tiene amistades y familia. Su formación la recibió de los jesuitas, en un colegio fundado en Santa Fe, Argentina, bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, donde su maestro de Literatura y Psicología a mediados de los sesenta fue Jorge Mario Bergoglio, el futuro primer papa latinoamericano.

Creció observando a su madre en los quehaceres caseros. A menudo Amalia planificaba fiestas para familiares y allegados. Como un hada madrina, adornaba el hogar con detalles de su invención, escogía las flores de la estación y almidonaba suavemente la mantelería. Acto seguido, preparaba una plétora de recetas, incluyendo postres que a los invitados buenos recuerdos dejaban.

Trabajo, sacrificios, deseos de superación y herencia materna, se armonizaron en el ascenso profesional de Grassi tras inmigrar a este país. Empezó desde abajo, en las filas de las compañías de catering; ocupó la dirección del servicio de comida y bebida de la Galería Nacional de Arte, y hace una década, fundó una empresa de banquetes. Se siente afortunado cuando satisface a sus clientes con innovación culinaria. Y lo es.

Luego de solicitar al Santo Padre una reunión personal cuando estuviera en Washington, recibió su llamada tres semanas antes de la visita apostólica. El aclamado líder quería extenderle un abrazo fraterno, no obstante su afanada agenda. “¡Qué loco que sos!”, le comentó Grassi, campechanamente, en el emotivo encuentro, al que también asistieron tres amigas suyas de distintos orígenes. “¡No, por Dios! Gracias por acercarse”, respondió luego Francisco.

Aquella escena de tolerancia y respeto, arraigada en los auténticos valores cristianos, se mantuvo íntima hasta que el Vaticano, en aras de desmentir un libreto trazado por otras fuerzas como medio de manipulación, desveló que la única audiencia real otorgada por el Papa se sostuvo “con uno de sus antiguos estudiantes y su familia”.

“Una Iglesia con las puertas cerradas se traiciona a sí misma y a su misión, y en vez de ser puente se convierte en barrera”, predicó el Pontífice días atrás en la celebración eucarística de apertura de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.

Francisco cruzó ese puente estrechando los lazos de amistad, caridad y confianza mutua con un hombre que, por méritos propios, con él ha mantenido contacto honesto, no exento de tensiones por asuntos dogmáticos. Es así. A los amigos, si son buenas personas, se les acepta y se les quiere tal y como son. Un Dios amoroso sienta el ejemplo.

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