Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Un sueño de ensueños en Venezuela

Anoche soñé que amanecía bajo la sombra de un araguaney, el árbol emblemático de Venezuela, elegantemente vestido con flores de oro. La brisa fresca besaba mis mejillas, mientras meditaba con la mirada firme en las laderas del majestuoso Ávila, celoso guardián del valle de Caracas y vigía del Mar Caribe.

Decidí escalar a un mirador por la popular ruta Sabas Nieves. Durante el ascenso, un melodioso turpial se posó sobre mi hombro. Me miró con tiernos ojos amarillos bordeados por franjas celestes y, con su pico de destellos plateados, cantó Gloria al Bravo Pueblo, rememorando que ya una vez los patriotas nos redimieron del yugo de la injusticia y del “vil egoísmo” de los opresores.

Los músculos me dolían pues, confieso, hacía mucho que no ejercitaba en aquel gimnasio donde la gente era muy afable; de hecho, los miembros nos conocíamos unos a otros por nuestros nombres. Luego, celebrábamos el esfuerzo sentados en un café al pie de la avenida Francisco de Miranda que rinde tributo al precursor del movimiento de emancipación de Hispanoamérica, sin temor a la delincuencia callejera ni a los maleantes armados y enviciados por el chavismo.

Declinaba el sol del buen día que había acogido a mis antepasados escapados del nazismo, regalándome un resplandeciente atardecer y la promesa de un mañana aún mejor.

Pausadamente, bajé la montaña hasta toparme con un vendedor ambulante de jugos naturales. Acalorado, pedí un guarapo de papelón con limón hecho de una pasta endurecida de caña de azúcar. Por la noche, entreteniéndome con los culebrones de Radio Caracas Televisión en mi hogar de esa ciudad, infringí la dieta con una bandeja de tequeños recién horneados y, encima, engullí una caja de Toronto pues, las danzantes avellanas recubiertas de chocolate rogaban por mi paladar.

Elevé una plegaria de gratitud al centelleante cielo por ser venezolano y me rendí sereno en los acolchonados brazos de Morfeo. Dentro del sueño, tuve otro sueño. Comenzaban las vacaciones.

Antes de emprender el viaje por los parajes de la naturaleza más cautivantes del planeta, salí a comprar algunas provisiones para la excursión. Primero, pasé por la panadería del portugués, quien me convidó un marrón oscuro con más café que leche. El pan canilla estaba caliente y los cachitos, producto de la simbiosis gastronómica, embrujaban a los transeúntes con un aroma mágico. En el abasto del gallego, abarroté el carrito de víveres al escucharlo sermonearme sobre la igualdad de oportunidades brindadas por esta nación a inmigrantes que, como él, labraron una trayectoria de superación. Entré cinco minutos a la quincalla de los chinos; necesitaba una linterna barata, un sombrero llanero de imitación y una perinola.

Irrigué mi corazón con el agua pura y cristalina de un edén. Estaba en el Archipiélago Los Roques, sentado en un banco de arena de blancura inmaculada. Nadé entre los arrecifes coralinos y varios moradores del fondo marino se acercaron a saludar al intruso. La redondeada y solitaria cachúa me pidió que en Navidad le regale un disco de gaitas. El pez loro prometió revelar el secreto del cambio de colores y dibujos de su cuerpo si le traigo un coco frío. Y la langosta se negó a soltarme de sus tenazas a menos que la llevara a escuchar la Orquesta Sinfónica en el Teatro Teresa Carreño.

Escapé y subí a un quesillo volador que aterrizó en uno de los tepuyes del Parque Canaima, declarado por la Unesco patrimonio de la humanidad. Alejado de la civilización, escuché al Salto Ángel ensalzarse, no por su récord mundial de altura, sino por la armonía entre los ecosistemas y paisajes de la vecindad. La selva tropical lluviosa no sentía envidia de la Gran Sabana, ni el Pozo de la Felicidad le resentía a la Quebrada de Jaspe. El virus de la polarización política no había contaminado ninguna comunidad indígena.

Relajado sobre la meseta, abracé a un oso hormiguero y quedé dormido en las vacaciones con las que estaba soñando en la profundidad onírica del sueño original. Desperté en el casco histórico de Caracas, sede de joyas arquitectónicas como el Palacio de las Academias, la Basílica Menor Santa Capilla y el Teatro Municipal. Caminé frente a la Casa Natal del Libertador y, vestido con casaca de cuello alto y bicornio emplumado, Simón Bolívar me invitó a entrar.

Doña María sirvió batido de níspero, coquitos y torta bejarana. Las cuerdas de una vihuela amenizaban el ambiente. En la conversación, el Libertador me exigió confidencialidad; no quería que otros lo vieran sollozar pues, le habían robado la identidad y desvirtuado sus ideales. Consolé sus penas y logré arrancarle una sonrisa describiéndole las siete coronas que el país se había adjudicado en los campos de batalla del Miss Universo.

La alarma del reloj no tuvo compasión. En un santiamén, volé del centro fundacional de la patria a Canaima. Ahí, tropecé con la bandeja vacía de tequeños que me engulló y lanzó al tronco del araguaney. Subí hasta la copa del árbol y salí de la cama aquí en Miami. Desayuné una arepa con queso guayanés, leí las últimas noticias sobre la destrucción del país con el cual había soñado y una lágrima furtiva se deslizó por mi rostro.

Acongojado, me escondí debajo de las sábanas de la nostalgia. Nunca debí dejar que la langosta me soltara.

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