Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Fecunda herencia del exilio

El acendrado e intenso amor hacia el suelo cubano no ha hecho más que vigorizarse en estas horas de fiebre del alma.

Por doquier en Miami, se escucha llanto e indignación; euforia y apaciguamiento; insultos y cólera; aplausos y alabanzas. Son ecos de una voz única con distintos acentos que trasciende las divergencias ideológicas y generacionales.

Desde el anuncio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, las escaramuzas callejeras de compatriotas que se contemplan unos a otros con ojos iracundos, resabiados y gruñones, han acaparado la atención mediática. Se gritan y no se escuchan; discuten y no se entienden; manifiestan sus discrepancias y no exteriorizan sus semejanzas.

Pero, detrás del telón de esos ruidosos improperios, de las cacofónicas ruedas de prensa, de las encuestas que revelan solamente antagonismo, yace la historia común de un pueblo entretejida por la busca de paz, de felicidad, de bienestar y de democracia.

Es la historia de una de las comunidades inmigrantes más exitosas en Estados Unidos que, herida, renació de sus cenizas. Su cambiante fisonomía en el devenir de más de medio siglo estriba en las ideas e intenciones de mujeres y hombres que impulsan y adelantan; preservan y transmiten; alcanzan y transforman, con valores determinantes e inspiradores aportes.

En los albores del exilio, los pioneros habían sido desgajados de su tierra, vejados, perseguidos, amenazados y súbitamente despojados de sus hogares, recursos materiales e historia ancestral. Dan rumbo a la marcha sin saber por dónde ir. Se trazan valientes y belicosos caminos como el intento fallido militar de Bahía de Cochinos con la aspiración a poner fin a un sistema de gobierno marxista. Pronto, tomarán otras armas en su beneficio.

Líderes comunitarios, activistas intelectuales y ex prisioneros políticos hacen gestiones globales, denuncian la violación de los derechos humanos básicos y de las libertades en la isla en foros multilaterales, en las convenciones de Ginebra y en tribunales internacionales donde presentan demandas judiciales.

Muchos cubanos eligen forjar un porvenir en el extranjero. Sin distinción de etapas, durante 55 años la comunidad cubana en Miami tiende una mano a estos compatriotas y les brida un hombro de soporte seguro y duradero. Mano y hombro derrochan esperanza, derraman sangre y esgrimen fusiles; sustentan disidencias, sirven de puente hacia tierras de libertad y oportunidades; rescatan náufragos, ofrecen comprensión, ayuda y fraternal acogida a los que llegan; torrentes de amor, sustento económico para los hambrientos de justicia y pan que allá, en la Cuba a la que todos miran, viven en la incertidumbre de sus destinos.

Preservan con empeño cultura, idioma, costumbres, gastronomía y creencias religiosas. Pese a los avatares de la diáspora, desean encumbrar su identidad, negándose a olvidar sus valores, su historia y sus tradiciones. No cierran las compuertas del pasado sino que llevan la Patria en el corazón como “altar para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella”, en palabras de José Martí. La campechana celebración de fiestas patrióticas y la riqueza del folklore propio de procesiones, romerías, “guateques” y carnavales aderezan la cultura local con el aroma del dulce café que se desprende de las tacitas arropadas con la bandera de la estrella solitaria.

Poder económico y excelencia académica, artística, científica y deportiva, han situado a los cubanos casi a la par de los norteamericanos de raza blanca. Escaños en el Congreso, cargos en el gabinete y en la diplomacia de la nación les da una voz en la política nacional e internacional. Establecen corporaciones y pequeños negocios, fomentando el desarrollo urbano en los vecindarios del sur de Florida. En la última ceremonia de investidura del presidente de Estados Unidos, un poeta de origen cubano declama inéditos versos y un pastor que en la infancia salió de aquella orilla sin padres –solo con un cepillo de dientes, una muda de ropa y tres dólares en el bolsillo– ha invocado a Dios en las escalinatas del Capitolio.

Gracias al doloroso proceso migratorio, los que se marcharon desempeñan un papel salvador en el sustento de familiares en la isla con las remesas, una de las principales fuentes de divisas en la economía cubana. Envíos de mercancías y enseres domésticos; maletas desbordadas de obsequios de los visitantes que llegan de la “yuma” sobre el trineo de Santa y salen espiritualmente quebrados; elevan la calidad de vida de sus seres queridos. Este apoyo financiero impulsa la creación de un incipiente núcleo empresarial y con las inversiones de capital que se vislumbran pavimentarán el sendero a un nuevo modelo económico.

Este es el exilio tan envilecido en otras latitudes e incluso en el seno de nuestras comunidades; este es el fecundo legado de esos a quienes tildan de ancianos alejados de la realidad y saturados de añoranza y rencor. Ellos comparten el mismo deseo de apertura y democracia que los cubanos quienes recibieron la noticia de la conciliación diplomática con regocijo. La discrepancia entre hermanos, la división actual, radica solo en los medios para lograrla.

Hoy, en esta encrucijada histórica, son muchos los cubanos que anhelarían escuchar una respuesta salomónica del benemérito Monseñor Agustín Román, padre espiritual del exilio. Su carisma para atar lazos de unidad se extraña.

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