Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Un subibaja de Palo Alto a San Bernardino

En esta foto sin fecha suministrada por Mark Zuckerberg, Max Chan Zuckerberg está en manos de sus padres, Mark Zuckerberg y Priscilla Chan Zuckerberg.
En esta foto sin fecha suministrada por Mark Zuckerberg, Max Chan Zuckerberg está en manos de sus padres, Mark Zuckerberg y Priscilla Chan Zuckerberg. AP

Bajo nuestra percepción acaecen hechos aparentemente separados. Pero una mirada penetrante distingue, de haberla, una conexión muy fuerte entre fragmentos de la realidad, tejiendo una red de pensamiento.

Dos de las principales noticias de la semana, tan heterogéneas, alcanzan esta interconexión y nos surten una valiosa lección sobre el bien y el mal derivados del libre albedrío. Del lado claro, una expresión de entrega gratuita, asentada en el amor, entraña una actitud de superación plena del egoísmo. Del lado oscuro, una acción de maldad extrema, afincada en el fundamentalismo, profesa un odio sin matices hacia la humanidad.

Motivado por la venida al mundo de su tierna primogénita el Día de Acción de Gracias, Mark Zuckerberg se volcó en las labores caritativas en aras de curar enfermedades, avanzar en el potencial humano y promover igualdad de oportunidades para los niños. El fundador de la exitosa red social que revolucionó la comunicación anunció la donación de casi la totalidad de sus acciones en Facebook, equivalentes a la suma de $45,000 millones. En palabras dirigidas a la criatura, el dadivoso magnate escribió: “Tu madre y yo no podemos expresar con palabras la esperanza que nos das en el futuro”.

Mientras la pareja Zuckerberg mecía a Max en brazos, al compás de un suave vaivén, a cuatrocientas millas de distancia, otro bebé carecía del dulce calor de un regazo materno.

Con apenas seis meses de edad, sus macabros progenitores la habían dejado en casa de la abuela, condenándola premeditadamente a la más cruel orfandad. Syed Farook y Tashfeen Malik vistieron ropa militar y con armas automáticas perpetraron una sanguinaria masacre durante una fiesta navideña en un centro de servicios sociales para personas con discapacidades. Ambos murieron en un intercambio de fuego con las fuerzas de seguridad. En un mensaje de Facebook, la autora del tiroteo que extinguió 14 vidas juró lealtad al Estado Islámico y, por ende, a su causa de destrucción.

Los padres que sembraron el terror y la confusión en todo Estados Unidos, dejando a la nación en sombrío luto en este tiempo de desgracias, despreciaron a su hija y la consignaron al trauma, a ser probablemente una persona conflictiva, propensa a los brotes de violencia, a los estallidos de rabia y a la sensación de frialdad que distancia de los demás.

Inversamente, los padres que colocaron la piedra fundamental de una obra benéfica en todo Estados Unidos, dejando a la nación con la esperanza de mejorar en la futura suerte, amaron a su hija y la orientaron a la bondad, a ser probablemente una persona serena, proclive a gestos de afecto, a demostraciones de altruismo y al desarrollo de la empatía con las emociones de los demás.

Mark y Priscilla elevaron lo humano en rectitud hacia lo alto, hacia lo divino, hacia lo que es eterno.

Syed y Tashfeen degradaron lo humano en torcedura hacia lo bajo, hacia el mal, hacia lo que es deleznable.

Nuestras vidas son cíclicas, casi como un permanente subibaja de amor y odio que va y viene entre el “cielo” y el “infierno”. El equilibrio de la barra es un punto de partida neutro y con nuestras acciones optamos en cuál sillín de los dos extremos sentarnos –y con nuestro corazón, hacia qué dirección impulsarnos.

La conjunción de estas dos noticias simultáneas en un mismo estado adquiere un simbolismo inigualable, incluso en su geografía. El hogar de Zuckerberg y la fuente de su gran fortuna a donar están en Palo Alto. Y la casa de los homicidas en San Bernardino, ciudad que ocupa un valle, una depresión de la superficie, un punto más bajo de la tierra donde pudrirán sus cenizas.

Por partida doble hemos de agradecer al joven empresario. Primero, por unirse al club de los multimillonarios altruistas. Y aún mejor, por obsequiarnos un hálito de regocijo, de seguridad, de aleluya.

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