Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Jungla urbana en ‘Egópolis’

Llegué temprano para situarme adelante, en la esquina más aislada del salón de ejercicios, fuera del panorama del resto de los deportistas. De este modo, podía sacarle más provecho a la clase, fijándome en la pericia de la instructora, sin que mi debilidad y desgaste desmotivaran a los demás.

El recinto estaba abarrotado de gente que comenzó la rutina con energía. Diez minutos más tarde, entró una esbelta joven mujer de curvilínea figura y un pretensioso ademán de “aquí llegó la diosa Afrodita”. Serpenteó el área mientras todos sudábamos y se situó justamente en el parco espacio que me separaba del espejo, bloqueándome la vista y obligándome, por caballerosidad, a retroceder hasta tropezar con la persona de atrás. De buenas a primeras, usurpó el puesto.

Percatada de aquella desfachatez, amablemente, la maestra se acercó y le indicó que no había lugar en ese apretujado rincón. Pidió a algunos que movieran sus accesorios de entrenamiento –pesas ligeras, plataformas de escalera, ligas, balones– para acomodarla en el centro, interrumpiendo la dinámica de la sesión y la concentración de los participantes. En medio del descontento en el ambiente, lo único que no se escuchó fue un “thank you”.

Si el Gran Miami es una suerte de fábrica de clones humanos, esa chica del gimnasio es uno de los arquetipos favoritos.

Actitudes de superioridad como esta; obsesión con la figura corporal; parvedad de civismo; sed de protagonismo; adoración al materialismo; indiferencia ante dolor ajeno; agresividad al volante… estos son los antivalores preponderantes en nuestras comunidades que se acentúan de generación en generación.

Los esteroides, las hormonas de laboratorio, las cirugías cosméticas y los implantes de seno se han tornado en las vitaminas del día. La ropa y los relojes de marca, el espesor de la cuenta bancaria, el cambio constante de vehículos de lujo y el alborotador peregrinar por hoteles cinco estrellas se han encumbrado como las virtudes del momento.

Las redes sociales, positivas en múltiples aspectos, son los museos personales del consumismo. Un cibernauta local colgó una fotografía de una tarjeta de embarque que en letras grandes distinguía la cabina de vuelo “Business class” en lugar de expresar, con un par de oraciones, la emoción que representa salir de vacaciones. Otro ostentó su presencia en un yate glorioso en vez de compartir el descollante paisaje marino del que seguro disfrutaba. Ejemplos de este índole abundan como imágenes de la caducidad del ser.

No hay nada desfavorable con la riqueza; por el contrario, es una anhelada bendición. Pero, una donación al refugio de desamparados o al organismo que combate la trata de personas son más valiosos que comprarse diez pares de zapatos en una boutique. Esculpir un atractivo cuerpo tras el arduo esfuerzo de dieta y ejercicio es encomiable. No obstante, divulgar una fotografía con ropa puesta que muestra, modestamente, la cosecha de ese trabajo físico es más reverente que exhibir otra vanagloriándose apretando los cuadriculares abdominales. Una cosa es auparse a sí mismo por la educación adquirida y tratar con gentileza al prójimo; otra es proclamar el currículo de diplomas y levantarle el dedo medio al automovilista que no conduce a la velocidad que uno espera.

El fin del año es una época propicia para reflexionar sobre esos comportamientos sin caer en la doctrina de los puritanos.

Nuestra gente ya olvida saludar; no solicita permiso para pasar primero; omite el elemental “buenos días”; no agradece cuando se le brinda cortesía; entierra la mirada en los teléfonos dentro de los elevadores; cruza la calle sin voltear y si al volante no da prioridad a los peatones. En las escuelas, en los centros de trabajo, en los talleres de reparación de vehículos, en los consultorios médicos, por doquier en esta ciudad de ambivalencias, debiera alguien distribuir un manual de buenos modales y civilidad ya que la rudeza y la arbitrariedad ciudadana están a flor de piel.

En un concierto, una película o una conferencia no falta el chillón timbre de un teléfono móvil. En los estacionamientos, solemos ver automóviles mal aparcados que ocupan dos puestos y a choferes en aparente buen estado de salud despojar a los ancianos y discapacitados de los espacios reservados con permisos que quién sabe cómo obtienen. Las calles y autopistas son regidas por la ley de la selva; todos contra todos. Muchas personas que trabajan en la industria de servicios lo hacen con un semblante gruñón y algunos funcionarios supuestos a fungir como servidores públicos usan el poder para pisotear a los de a pie.

Con la atención concentrada en el “yo” individual; las prioridades cifradas en el dinero, la pompa y el look; la política del mal vecino en boga; la admiración colectiva por el tener de otros en lugar de por el ser; no es del todo atrevido definir a este manicomio de extravagancias y desatinos como una metrópolis de egocentrismos –la “Egópolis” del Estado del Sol.

No escasean, por supuesto, los miamenses que nadan contra la corriente del materialismo: aquellos que extienden una mano solidaria al desconocido; ceden sus puestos por pura cortesía; se fijan y aprecian los valores espirituales; comparten sus talentos sin esperar nada a cambio; saludan con una sonrisa a quien ingresa al elevador; apagan el teléfono en una sala de cine; cuelgan lemas de superación personal y fotos de tiernas mascotas en las redes sociales y, si llegan tarde a una clase en el gimnasio, entran sigilosamente y se ubican en la parte trasera del salón.

¡Con la magia de la voluntad y la facultad de ser honestos, juntos podemos iluminar el sendero de todos los que por él caminan! A ustedes, los lectores que me acompañan domingo a domingo, expreso gratitud por su lealtad e inagotable cariño. Son el faro que me guía en los afanes de heraldo de un mundo mejor. ¡Feliz Año Nuevo!

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