Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Balseros en una mansión

La vida es una imprevisible aventura de contrastes y paradojas.

Blanco y negro; izquierda y derecha; civilización y barbarie; bien y mal. Hay personas pobres en sus riquezas y las hay también ricas en su pobreza; míseras en la felicidad y felices en la miseria. En todos los tiempos y lugares, proliferan contradicciones entre los principios de la razón y pululan discrepancias entre las doctrinas del inconsciente.

El brazo de mar que separa la Florida de Cuba es un impávido testigo de esta realidad de almas y cuerpos ausentes y presentes; de pesadillas y sueños; de lágrimas amargas y dulces; de oprimidos pechos y palpitantes corazones.

Una estrafalaria escena que solo la fuerza de la imaginación hubiera elucubrado, donde chocaron, dentro de una misma secuencia, retratos de distintos destinos, acaparó la atención en una de las ciudadelas con acceso controlado más fastuosas de Miami a la margen de la bahía. Una quebrantable balsa de cubanos que surcaron un calvario de sed, hambre, quemante sol y voraces tiburones encalló días atrás en la marina de una mansión en la que, al menos en el aspecto material, nada debe escasear, aunque el dinero no compra el bienestar.

Comunismo y capitalismo, en sus expresiones más fehacientes, bruscamente tropezaron cuando se vieron uno a otro desnudos.

Prosigue así un ciclo que se repite en la historia del pueblo cubano. Los “balseros” huyen en precarios esquifes, desvencijadas balsas y otras embarcaciones inverosímiles como aquel conspicuo camión Chevrolet 1951 rehabilitado en vehículo anfibio. Huyen, a la deriva en un mar infinito, de la impotencia, del desaliento, de la asfixia. Se juegan las vidas apostando por un áureo paraíso muy alejado del que imaginan. Serios problemas económicos y culturales les aguardan en esta frontera; prejuicios y discriminación; aislamiento y desconsuelo por la separación. Miami no es tan fácil como lo pintan.

Dos décadas después de la llamada crisis de los balseros, el año pasado ascendió cuantiosamente la cifra de cubanos que emprenden estas arriesgadas travesías clandestinas. Y desde el anuncio en diciembre del restablecimiento de los lazos diplomáticos entre Washington y La Habana, los agentes del Servicio de Guardacostas informan sobre un preocupante despunte en las intercepciones y capturas en alta mar. La explicación: corren rumores en la isla de que muy pronto cese el trato migratorio preferente a los cubanos que secan sus pies de las grasientas cadenas en las cálidas arenas de libertad, generosidad del gobierno norteamericano por muchos abusada.

Poca información se posee acerca de los emigrantes que atracaron en la mansión de Gables Estates con su embarcación de plástico, madera y materiales esponjosos. ¿Habrán braceado en el furibundo océano combatiendo las olas para no sucumbir o divisaron a sus seres queridos sumergirse para nunca emerger? Lo único cierto es que pueden llamarse a sí mismos más afortunados que sus coterráneos enmudecidos en trayectos como el suyo.

El simbolismo perceptible en la encrucijada de la balsa y la mansión trasciende el contraste de la indigencia y la opulencia. Nos presenta también una historia de superación personal más allá de la libre empresa.

De hecho, el vecino de la mansión aledaña a la cual llegaron encarna el sueño que posiblemente persiguen estos y otros angustiados emigrantes –y no solo por la vivienda.

La próxima semana, ese vecino, el magnate y filántropo cubano Mike Fernández, presentará un libro que atesora sus memorias y logros con la distinguida humildad que irradia su título, Humbled by the Journey. Sus páginas revelarán cómo un adolescente exiliado que comenzó vendiendo dinosaurios de plástico en la tienda del Museo Norteamericano de Ciencias Naturales se forjó un esmerado futuro de prosperidad y caridad para compartirla con el prójimo que sufre.

Con la libertad se alcanza la riqueza material, sí, pero también se “boga mar adentro”, con el remo de la fe, para mirar hacia delante como sencillos peregrinos de un mundo que a nadie pertenece y de todos es.

La intersección de los intrusos cubiertos de salitre y dolor en el vecindario de podados jardines y elegantes fachadas “te hace testigo de la desesperación que una familia y sus hijos deben sentir para tirarse al mar”, escribió Fernández en un correo electrónico a el Nuevo Herald. Con cada revolución del improvisado motor –agregó el empresario– se acercaron a las posiciones de la democracia.

Democracia y dictadura; amor y odio; risas y sollozos. Tan cerca y tan lejos; aquí y allá. Una aventura de contrastes y paradojas nace cada alborada; a la deriva surcamos los ondulantes retos en nuestras propias balsas, con la esperanza de siempre encallar en la sagrada mansión del alma.

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