Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Dulce María Loynaz en San Valentín

En estos días sin sustancia, cuando la felicidad depende de factores exógenos, no hay celebración del “amor” sin incurrir en ostentosos gastos. Mientras más costoso el regalo, mayor grado de amor expresa quien lo da. El dinero es el barómetro de la lealtad. Y en Miami, suerte de capital del consumismo, hace falta una fortuna para intentar ser buen amante.

Miami empató en primer lugar como la urbe con más joyerías y floristerías per cápita, concluyó un sondeo nacional elaborado por una compañía de asesoría financiera. De hecho, las cenas de San Valentín más caras de todo Estados Unidos para dos comensales se sirven en los restaurantes de nuestra ciudad.

Entonces, ha llegado la hora de establecer un nuevo –y deleitoso– “impuesto” en la compra de artículos para el Día de los Enamorados: la lectura obligatoria de algunos poemas de la escritora cubana Dulce María Loynaz, creadora de ambientes mágicos, belleza y vida. En su universo poético, exponente del intimismo posmodernista, mucho aprendemos sobre lo romántico intemporal, las verdades de la esencia humana y la serenidad más elevada.

El amor es una de las materias más transcendentales de la obra de esta “gran dama de América”, deidad olímpica de las voces líricas más puras cubanas e hispanoamericanas, galardonada con el Premio Cervantes de Literatura 1992. Con una claridad meridiana como ruta de la descripción, nos ayuda a entender, retener y eternizar el sentimiento amoroso de toda índole, no solo el de pareja, sino también el olvidado, el tardío, el indeciso.

A la factura de la compra de una joya se le engraparía el poema Amor es. De este modo, los enamorados descubrirían que “amar lo amable, no es amor”, sino que este es la aceptación del desaliento habitual, la inclusión del semejante y el hallazgo de la luz en la tinieblas. “Amor es este amar lo que nos duele, / lo que nos sangra bien adentro [...] / Amor es perdonar; / y lo que es más que perdonar /es comprender…”.

Con el boleto a uno de estos conciertos exclusivos del 14 de febrero, vendría incluida una postal con la letra de La Canción del Amor Olvidado, aquel que no posee la capacidad para hace brotar una sonrisa o derramar una lágrima. Mientras dure la noche, querrán “Cantar para el amor que ya no evocan / las flores con su olor / ni algún vals familiar… / Para el que no se esconde entre cada crepúsculo, / ni atisba ni persigue ni vuelve nunca más…”.

En un sinfín de puestos callejeros de venta de flores, en lugar de anunciar el precio de los ramos, los carteles reproducirían versos de La Oración de la Rosa: “Venga también a nos, las pequeñitas / y dulces flores de la tierra, / el tu Reino prometido […] Perdona nuestras deudas / –la de la espina, / la del perfume cada vez mas débil, / la de la miel que no alcanzó / para la sed de dos abejas…”.

La poderosa sensibilidad visual de la poesía de Dulce María estaría a flor de piel en los menús especiales de los restaurantes de luz tenue, sazonados con la pluralidad fecunda de sus textos e impecable conjunción de lo universal y lo autóctono. Si alguno de los convidados sintiera dudas sobre su compromiso, El Amor Indeciso lo inspiraría a dilucidar que “Este amor nada dice… este amor nada sabe: / Es del color del viento […] Extraño amor sin rumbo que me gana y me pierde…”.

La comercialización del amor en Miami –y su deshumanización– cobraría otro cariz menos ceremonioso y pomposo con este impuesto literario. No habría que repartir villas ni castillos para demostrar un sentimiento que no tiene Precio: “Y yo cerca de ti, / con el vino en la mano, / ni bebí ni besé… Eso pude: Eso valgo”.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista de Miami.

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