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Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: cubanos, ¿de Baire a la Casa Blanca?

El senador Marco Rubio, precandidato presidencial republicano (der.), posa para un ‘selfie’ con un asistente a un mitin de campaña en Las Vegas, Nevada, el martes 23.
El senador Marco Rubio, precandidato presidencial republicano (der.), posa para un ‘selfie’ con un asistente a un mitin de campaña en Las Vegas, Nevada, el martes 23. Bloomberg

Digan lo que digan los demás, crean lo que crean, hagan lo que hagan, elijan a quien elijan, los pioneros del exilio cubano se sienten muy eufóricos. Después de haber consumado tantos sacrificios, en los afanes, educación y preparación para la vida de sus hijos, reciben hoy la recompensa de su laboriosidad y firmeza.

Aunque existe una tendencia a atenuar los méritos de aquellos que ascienden en la escala social, lo cierto es que si bien la población cubanoamericana representa un 0.64 por ciento de los habitantes de Estados Unidos, entre los cinco precandidatos más viables a la presidencia de la nación –incluyendo ambos partidos– hay dos pertenecientes a esta diminuta minoría, según evidencian los resultados de las primarias.

Triunfe quien triunfe, el rumbo a este venturoso destino partió de un lugar y un tiempo muy remotos. Fue el 24 de febrero de 1895 en los campos de Baire y otros caseríos de una isla cuyo suelo habían ensangrentado. Al compás de un poderoso grito de ¡Basta ya!, luchadores frenéticos alzan con denuedo sus machetes para escribir con el oro de la gloria la palabra que era anhelo del pueblo cubano: ¡La república democrática!

Tres años más tarde, los criollos sacuden al imperio español, erigen nación soberana, obtienen libertad y autodeterminación. Tras una breve ocupación de Estados Unidos, Cuba surge como república y elige democráticamente a sus mandatarios. Los cubanos se consagrarán a la obra de la reconstrucción social y material del país.

Pese a las guerras mundiales, la Gran Recesión y el advenimiento de dos tiranuelos, la república avanza descollante hasta situarse entre las naciones más progresistas, innovadoras y ricas. Florecen la cultura, el respeto al orden legal, la paz, el derecho a la superación individual, el bienestar, la hermandad, los deportes y una alegría desbordante. Pero el brote de violencia a finales de los años 1950 la desestabiliza. Un régimen militar comunista se adueña del sector privado y los medios de comunicación, a la vez que establece un sistema educacional marxista. Empresarios, agricultores, obreros, profesionales, académicos y artistas se expatrian en busca del libre albedrío y del sustento.

Y comienza el exilio en un Miami de lozana historia, donde las cimbreantes palmeras, la arena clara y el azul cobalto oceánico evocan las costas de Cuba. De pronto, 14,000 menores solitarios que llevan en el alma la amargura encaran las más arduas pruebas. Miles de adultos preocupados por el porvenir de su patria deben renacer de sus cenizas sumidos en la pobreza. El desconocimiento del idioma, las diferencias culturales, la pérdida material y la separación familiar los hacen arrastrar un peso agobiante.

En el trascurso de medio siglo, después de tanto llanto decorosamente vertido, los cubanos protagonizarán la historia de una de las comunidades inmigrantes más brillantes en Estados Unidos. Poder económico y excelencia académica, artística, científica y deportiva los sitúa a la par de los norteamericanos blancos. Desde el Congreso y la NASA, hasta Harvard y la embajada en el Vaticano; desde las Fuerzas Armadas y la Coca-Cola, hasta las Grandes Ligas y Hollywood, no cejan en la perseverancia ni se conforman con términos medios.

Y ahora, gusten o disgusten sus políticas y personalidades, dos descendientes de cubanos de primera generación compiten para ser candidatos a la presidencia, luego de vencer al heredero de una de las dinastías políticas que más poder ha tenido en la historia norteamericana.

Los disidentes del 24 de febrero transmitieron la necesidad de libertad, capacidad para realizarse como individuos, espíritu de lucha, trabajo, sacrificio y altruismo, un legado que exhorta a los cubanos a recrear aquel empeño, aunque, como allá dicen, “no es fácil”. Por su parte, el exilio actualiza esos ideales llamado a continuar sirviendo de sólido asiento a la regeneración y prosperidad del país que lo acogió. En su sabiduría, moral y patriotismo, el Grito de Baire no ha enmudecido.

Esta historia fue publicada originalmente el 22 de febrero de 2016, 3:25 p. m. with the headline "DANIEL SHOER ROTH: cubanos, ¿de Baire a la Casa Blanca?."

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