Daniel Shoer Roth

El exilio cubano en la encrucijada

Víctor García (izq), María Hernández (atrás) y Miriam Domínguez (centro) participaron de la protesta de exiliados cubanos frente a las oficinas de Carnival en Doral.
Víctor García (izq), María Hernández (atrás) y Miriam Domínguez (centro) participaron de la protesta de exiliados cubanos frente a las oficinas de Carnival en Doral. cjuste@miamiherald.com

La vigorosa y valiente voz del exilio cubano tradicional no se apaga, aun cuando alguna gente conjetura que su extinción es ineludible por los cambios generacionales e ideológicos.

Aquella es una voz que impulsa a salir del silencio y de la soledad, en búsqueda de la razón y de la justicia. Hace frente a la impotencia de su orfandad en estos tiempos.

Reclamos sustentados en la dignidad propia y en el sufrimiento apilado durante décadas cosecharon una victoria esta semana: la Comisión de Miami Beach contuvo una propuesta que habría permitido el establecimiento de un consulado cubano a pocos pasos de las sublimes playas en las que olas de exiliados pisaron los arenosos caminos de la superación lavando platos, aseando hoteles y aparcando vehículos. Su presencia en cualquier municipio del Sur de Florida, proclive a brotes de violencia, espanta y ofende a un sector de la población.

Esa misma voz de la conciencia, resistente al insensible consejo de “borrón y cuenta nueva”, manifestó su furor a las puertas de la sede de Carnival Corp. por actuar esta empresa como testaferro del régimen comunista, al impedir a los ciudadanos o residentes de Estados Unidos nacidos en suelo cubano abordar los cruceros de una filial suya que pronto surcarán las tempestuosas aguas de un vasto cementerio con destino a la isla. Se trata de una flagrante discriminación por nacionalidad y concreta violación de los derechos civiles, objeto de una demanda colectiva presentada días atrás en un juzgado federal de Miami.

Pero, si bien ambas protestas están hilvanadas por un común patrimonio de dolor irresuelto, por un anhelo de la política de paz y apertura democrática allende los mares, también son algo contradictorias.

Por un lado, el exilio recrimina la apertura de una oficina de servicios consulares que facilitaría los hoy ajetreados y costosísimos trámites de viaje para miles de cubanos que regresan de visita como Santa Claus, rebosantes de regalos para sus familias y de divisas que animan la economía isleña. Por el otro, el exilio reprocha, en esencia, la prohibición de entrada por vía marítima impuesta por La Habana a los cubanos de la diáspora, política a la cual obedece el sometimiento de Carnival a las veleidades del castrismo. En el rechazo autoritario, en las puertas cerradas de la patria del alma, yace la causa de la ira.

Ni sí ni no, sino todo lo contrario. Con este refrán pudiera definirse la polémica que despiertan los viajes de cubanos “exiliados” a Cuba.

Una paradoja de similar connotación emerge en el frente migratorio.

Nuevamente, miles de emigrantes cubanos se encuentran atascados en la geografía centroamericana en su sendero al paraíso dorado apellidado Florida. Sí, el éxodo persiste, señal de que el acercamiento entre Washington y La Habana no infunde grandes esperanzas. Como los gobiernos de estas naciones están incapacitados para actuar de receptores temporales, ahora los cubanos en Ecuador –punto de partida de este peligroso recorrido– demandan un puente aéreo a Estados Unidos. La Ley de Ajuste Cubano, custodiada celosamente por el exilio, es imán de esta crisis.

Al mismo tiempo, el exilio se siente ultrajado ante los abusos a esta ley de acogida preferencial cometidos por coterráneos que profanan su espíritu legítimo, yendo y viniendo de la isla tras derrochar cientos de dólares en visas y pasaportes cubanos, así como orquestando fraudes y robos millonarios para luego huir a Cuba con dinero saqueado al erario norteamericano, según documentó el Sun Sentinel. El miércoles, Marco Rubio intentó infructuosamente que el Senado acabara con los beneficios inmediatos de asistencia social si el amparado no puede demostrar persecución. Enseguida lo tildaron de “anticubano”.

Porque la comunidad cubana en Miami anhela –y debe– tender una mano fraternal y humanitaria a sus compatriotas, como lo hizo magnánimamente durante más de medio siglo. Sin embargo, ha de velar también para que dicha ayuda no termine en manos enemigas. Una encrucijada histórica de sumo cuidado, en la que no será nada fácil hallar una salida.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista de Miami.

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