Daniel Shoer Roth

La madre y estrella que a todos une

Una mujer hace un arreglo floral para el Día de las Madres en una tienda de Miami, en esta foto de archivo.
Una mujer hace un arreglo floral para el Día de las Madres en una tienda de Miami, en esta foto de archivo. The Miami Herald

Mírame, madre, y por tu amor no llores:

Si esclavo de mi edad y mis doctrinas,

Tu mártir corazón llené de espinas,

Piensa que nacen entre espinas flores.

José Martí

“La mejor visita es la de una madre que te acompaña a clase de yoga –y tiene mejores posturas que tú–, te cocina vegetariano/orgánico –arepas hechas de plátano, lentejas con quínoa, berenjena empanada con germen de trigo–, te ayuda en la limpieza de gavetas para deshacerte de la ropa que ya no te entra, duerme abrazada con tus gatos y te quiere tanto como cuando eras su bebé”.

Ese párrafo anterior lo escribí a la deriva, sin pensarlo, sin fijarme en el lenguaje, sin siquiera releerlo antes de publicarlo en Facebook hace varios meses, poco después de despedirme de mi madre. Culminaba un fin de semana de armonía juntos.

Y en mi muro comenzó a germinar una chispeante confitura de coloridos recuerdos y tersos sentimientos de los cibernautas. Aunque las vivencias descritas eran particulares, quienes las leyeron hallaron en tan pocas palabras los afectos de infinita ternura materna que inundan sus ánimos y ocupan sus corazones en cada instante. Lazos sagrados de naturaleza, de gratitud y de amor afloraron en un dulce manantial virtual.

Porque en este mundo de distancias, donde las creencias, los valores, los idiomas, las razas, las religiones, las geografías nos separan unos de otros; donde el rencor, el odio, la discriminación, el modo de supervivencia, la incomprensión y falta de comunicación nos apartan unos de otros; el único elemento que nos identifica unos con otros, como agrupación humana, es ser todos hijos de nuestras madres. Nadie puede diferenciarse en este origen.

Desde los albores de la civilización, en cualquier cultura, rincón del planeta o capítulo de la historia, las madres viven eternamente en el alma de sus hijos. Sus enseñanzas les sirven para instruir a sus propios hijos. Sus recetas les permiten alimentar al retoño que vendrá después. Sus sacrificios legan a las generaciones venideras el camino al desarrollo. ¡Cuánta noble emulación!

¡Con qué delicadeza y fidelidad saben comprendernos! Interpretan nuestros deseos; previenen nuestros fracasos; presienten nuestro futuro; secan nuestro llanto; conocen nuestros secretos; ruegan al Cielo por nuestro bien. Seres susceptibles a nuestras fallas en la personalidad, son sostén en nuestra debilidad.

El problema de las fechas forzadas por el calendario del hombre es que nos automatizan a celebrar lo sagrado con un aire mundano. Solamente un día al año. El amor materno transfigurado en un bien comercial. Ambiciosa tarea la de premiar la abnegación y los desvelos.

Es en el compartir simple, en el beso espontáneo, en el cuidado físico frente a una dolencia, en el diálogo honesto, donde los verdaderos regalos son abiertos. Y, por qué no, en una escueta entrada de Facebook también.

“La realidad es así...”, aclaró mi madre en la sección de comentarios. “Llevo 4 años yendo a un gimnasio en Lake Mary [Florida], en el que la edad promedio es más de 55. Cuando entro al de South Beach, quedo asombrada de tanta belleza y juventud. Daniel me dice ‘vamos al spinning’, donde la de al lado tenía 20 años y yo... Para no quedar mal, me dije ‘sonríe y pedalea’. Igual pasó en yoga. Con la comida, busqué en Internet una receta orgánica sofisticada. La gata lleva 10 años que se esconde detrás de la cortina cada vez que entro; un milagro ocurrió y durmió en mi cama; no me quedó otra que abrazarla. Ordenar las gavetas me encantó, pues así salió un poco de ropa a Goodwill. Y lo más importante: Mis hijos, ante mis ojos, siempre serán mis bebés”.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista de Miami.

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