Daniel Shoer Roth

Las ‘perdedoras’ del Miss Universo

Después de haber visto hasta en la sopa a las esbeltas concursantes –practicando zumba, bronceándose en bikini, comprando en las tiendas, luciendo los pintorescos trajes folklóricos– más vale que ya haya seleccionado a sus favoritas.

¿La coronada será española o ucraniana? ¿Colombiana o japonesa? ¿Costarricense o brasileña? Esta noche lo sabremos, celebraremos alborozadamente si triunfa la delegada de nuestros respectivos países y, al acostarnos, pondremos fin a esta entretenida caravana de frivolidad y objetivación del cuerpo.

El certamen de belleza promete villas y castillos para Doral como “ciudad anfitriona”, aunque equiparar su impacto publicitario y económico con el del campeonato Super Bowl es una hipérbole, una fantástica exageración de los creativos funcionarios municipales y sus servidores.

De las pasarelas barnizadas con brillantina emana helio para inflar unos cuantos globos de ego.

A la frágil “Miss Doral” le hurtaron la identidad. Súbitamente, superpusieron a su banda las iniciales F.I.U y la traspasaron a “Miss Miami-Dade”, cuyas caderas solo se exhibían en los circos de los gobiernos locales.

Con mucha razón se enfadaron los vecinos por el uso de $2.5 millones provenientes de sus bolsillos para sufragar a los multimillonarios promotores del concurso. Ante la ola de cuestionamientos, la Ciudad se ha pintado los labios con el rosado de la ilusión. Pregona una serie de beneficios como la promoción de hoteles, restaurantes y otros comercios; aportes del sector privado en patrocinios y comercialización de la franquicia “Doral-Miami” como sede de Miss Universo 2015.

Seamos sinceros: a la inmensa mayoría de los espectadores alrededor del globo les interesa un ápice el lugar donde se efectúa el certamen. Cuando las chicas no desfilan frente a las cámaras, la gente va a la cocina a tomar un refrigerio o al baño. Por otro lado, anudar el nombre de Doral con Miami hace más mal que bien, aunque la idea era crear un vínculo entre ambos. Pero el beneficio realmente es para Miami, porque el cerebro retiene lo conocido. Y en el extranjero, e incluso en otras partes de Estados Unidos, Doral se asocia más con el nombre de un club de lujo que con el de una ciudad. En los meses venideros, si todavía alguien habla del acontecimiento, es probable que se refiera simplemente a Miami como su anfitrión.

Es loable, sí, que las autoridades se esmeren en aras de optimizar la deslustrada reputación de esta ciudad apresada en un cerco de turbulencia política, escaramuzas casi infantiles entre la dirigencia y la impresión estereotípica de sigilosa meca de la “boliburguesía”.

Una muestra fehaciente del vaivén del oleaje político sucedió días atrás, cuando la máquina duplicadora de la Llave de la Ciudad ya estaba operando. En señal de pleitesía, una copia sería concedida a Donald Trump, propietario de “un evento impresionante para tener aquí”. Aunque el valor de las viviendas ha registrado un alza, el de esta llave se ha depreciado por la sobreoferta.

Pero esta vez se ordenó detener la máquina porque empezaba a arder el fuego. Los funcionarios electos habían olvidado que no todos los vecinos simpatizan con el afamado empresario, en especial los miles que ahora amanecen con la vista de paisajes naturales bloqueada por una verja de enormes palmeras plantadas en los perímetros de los extensos campos de juego del complejo de golf Trump National Doral contiguos a sus viviendas. Una vez más en el Gran Miami la balanza se inclina a favor de los intereses comerciales en detrimento de la calidad de vida de los residentes. Indignada, la población protestó y “Mr. Trump” perdió la llave.

Entretanto, a la reservada “Miss F.I.U” le dolieron los pies por llevar tacones demasiado altos. Y las curitas para evitar que el calzado le rozara las ampollas costaron demasiado.

Albergar la esplendorosa gala ha disparado el gasto de la universidad pública, ha despertado resquemores en el seno de la comunidad académica y estudiantil que repudia los certámenes de belleza, caracterizándolos como cosificación sexual de la mujer, y ha generado una polémica sobre la propuesta desviación de los fondos designados a las musculosas atletas para compensar los gastos de las raquíticas reinas, según un informe fresco del Miami Herald.

Los administradores tienen en la mirilla una quimera más allá de la publicidad que recibe la universidad por una sola noche de gloria: un recinto atractivo para la realización de conciertos y otros actos de gran magnitud. La inversión, aseguran, será recuperada. Pero, por el momento, los pagos previstos se abultaron y la cifra ya supera medio millón de dólares. Un hecho que no contribuye a amainar las molestias de los pensadores que consideran impropia la participación de una distinguida institución académica en el espectáculo.

En el fragor de todas estas lágrimas, no cabe duda de que para muchos ha sido un gusto seguir minuto a minuto a las hermosas reinas. Para los medios de comunicación la preparación de las últimas semanas ha aportado un caudal de superfluo contenido y para las niñas soñadoras un manantial de inspiración.

Frente al televisor, aguardaré con los dedos cruzados anhelando que, después de tanto esmero, altercados e inversión, la candidata “Doral-Miami-FIU” gane el galardón de Miss Simpatía.

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