Daniel Shoer Roth

Será la ‘peor’ y la más ‘grosera’, pero de Miami no me sacan

Vista del downtown de Miami.
Vista del downtown de Miami. El Nuevo Herald

Para ver la final de la Copa América, me reuní con amigos que visitaban de Uruguay, en un restaurante italiano en la “Pequeña Argentina” de la Playa. Nos sentamos próximos a una pareja de bronceados turistas franceses. Prevalecían las banderas albicelestes, mas no escaseaban las chilenas.

Otros colores patrios consagrados en las insignias de los países concursantes también vestían las calles aledañas. Las dobles fidelidades de los entusiastas, amén de una tercera, a los equipos preferidos, estaban a flor de piel. Aquella noche de fútbol era un vitral del mosaico cultural que engalana a Miami.

La fuerza expresiva de la mezcla idiomática, religiosa, folclórica y étnica, aunada a las sinuosidades de los ritmos caribeños, bendicen a esta metrópolis floridana con un patrimonio sin parangón, facilitando la oportunidad de intercambio a sus habitantes y visitantes.

Vivencias simples como esta, colmadas de matices emotivos, dan como resultante una realidad cargada de atributos que configuran el sustento de nuestras actitudes, actuaciones y saberes. Es una experiencia colectiva que no se tiene en cuenta al recogerse una serie de componentes básicos para la evaluación de una ciudad.

Más bien son la incidencia de pobreza, la inequidad social, la delincuencia armada y la falta de acceso a viviendas de costo asequible, los parámetros de medición. En estas asignaturas, Miami no solo no está a la altura de su maquillada imagen, sino que se hunde en el fondo del abismo ante la indiferencia de su población y de sus líderes.

La exclusión social, el desempleo y la escasa inversión de recursos del erario en las zonas marginales frenan el progreso humano, la movilidad social y el crecimiento económico comunitario. A estos males alude un estudio que califica a Miami como la peor ciudad para vivir en Estados Unidos.

La pesquisa publicada por 24/7 Wall St., un sitio web de finanzas, parte del cociente entre el valor de mercado de la vivienda y los ingresos medios brutos anuales de los residentes. Como los salarios son muy bajos y los inmuebles demasiado costosos, la mayoría de los miamenses no puede satisfacer la necesidad básica de tener albergue, un nido propio para realizar actividades familiares. Y los expertos consideran las condiciones de vivienda indicadores del desarrollo y la prosperidad.

Coyunturas como esta, sumada a un alto índice de criminalidad y a la acentuada brecha entre ricos y pobres, demandan que las instituciones públicas y las corporaciones locales adopten un compromiso mayor en la lucha contra la pobreza y la violencia. Sin embargo, las cifras estériles y computarizadas no definen el alma de un lugar, ni determinan que sea el mejor o el peor.

Son las personas mismas –sus acciones y relaciones con el prójimo– las que forjan un contorno favorable (o lo contrario), incluso en la adversidad. Lo demuestra Thomas Umstead, un desamparado en un garaje abandonado del noreste de Miami. El miércoles a las 5 a.m., el olor a cenizas lo despertó de la cama de asfalto. Se incendiaba un edificio aledaño. Corrió, presuroso, a alertar a los vecinos dormidos en sus alcobas, y ayudó a una madre gimiente con su hijo lloroso a escapar.

Este héroe sin techo tampoco fue tomado en cuenta por la revista Travel + Leisure que, basada en la opinión de viajeros, apunta a Miami como la ciudad más grosera de la nación. Indisputablemente, proliferan aquí los individuos que actúan irresponsable, arbitraria y descortésmente. Las autopistas y los semáforos son bastiones de la tiranía ciudadana. Y la gente ensimismada, pendiente del cuerpo y las posesiones materiales, son el pan de cada día.

Pero, ricos o pobres, la felicidad se lleva por dentro. Si enumeramos las bendiciones de vivir en Miami, como la geografía predilecta, la combinación del sabor latino y la eficiencia sajona, y el potencial de innovación dada su corta historia, la ciudad no es tan mala como la pintan. Son frutos tangibles de llamar a este: hogar, dulce hogar.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

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