Daniel Shoer Roth

Elie Wiesel, el hombre que transformó su noche en luz para la humanidad

Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz, en una foto tomada en California en el 2012.
Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz, en una foto tomada en California en el 2012. TNS

Nunca olvidaré esa noche, la primera noche en el campo, la cual convirtió mi vida en una larga noche, siete veces maldecida y siete veces sellada. Nunca olvidaré aquel humo. Nunca olvidaré las caras pequeñas de los niños, cuyos cuerpos vi convertirse en espiral de humo bajo un silencioso cielo azul.

Elie Wiesel

Desde una mugrienta barraca en Buchenwald, el campo donde yacía en forma de esqueleto vivo, acosado por el sinsentido del Holocausto, Elie Wiesel divisó el humo negro que emanaba del crematorio en que sus seres queridos serían calcinados. Un siniestro día de interminable noche, soldados SS ahorcaron en público a un niño de lívido rostro que perecía en lánguida agonía, frente a miles de prisioneros forzados a desfilar por delante del inocente querubín.

“¿Dónde está el buen Dios, dónde está?”, preguntó alguien detrás de Wiesel, a sus 16 años, huérfano de padres e ideales, recuenta en la autobiografía La noche. Su voz interior respondió: “¿Dónde está? Ahí está, está colgado ahí, de esa horca”.

Tatuado inexorablemente por el tormento –y con el número A-7713 en el brazo izquierdo–, este superviviente del exterminio y Nobel de la Paz testimonió, con elaborada y medular prosa, sobre aquel infierno en sus libros y conferencias. Sobrevivir al genocidio nazi implicó una responsabilidad moral. Callar un crimen tan espantoso sería sepultar a los muertos por segunda vez. Urgía recordar para no morir. Y relatar para vivir.

Esa elocuente voz que luchó contra el olvido y portó un ramillete de sabiduría, con la esperanza de generar un cambio de actitud en la humanidad, se apagó la semana pasada, al verlo el mundo partir a los 87 años. Sus enseñanzas, valores y llamados de conciencia perviven en su prolífica carrera literaria, las numerosas causas que apoyó, comprometido en la defensa de los derechos humanos en general, y las instituciones de las cuales fue alma y motor.

Seis millones de judíos masacrados hallaron en su figura, no solo al escritor de origen rumano que resistió la hecatombe para inmortalizar sus trágicas vivencias, sino también al hermano que se enroló en una auténtica cruzada por el reconocimiento de la verdad, haciendo justicia a los hechos en nombre de las víctimas. Y también de los sobrevivientes.

Justicia en nombre de individuos como mi abuelo, mi “Opa” nacido en Polonia, a quien le fue imposible verbalizar el testimonio del genocidio que aniquiló a su familia y degradó su vida inhumanamente. O de otros escapados de las tinieblas como mi abuela, mi “Oma” holandesa, a quien los fantasmas de la barbarie forzaron a vendar su corazón para calmar una herida insanable.

Para los descendientes que buscamos respuestas al silencio impuesto por la inexplicable experiencia del terror y el sufrimiento, Wiesel respondió. El héroe de nuestra conciencia.

“Si dejamos de recordar, dejamos de ser”, escribió, a título de director del Museo del Holocausto en Washington D.C.

Pero, el recuerdo –ilustró– estaría libre de resentimientos y culpas colectivas. Cuando uno de sus estudiantes alemanes descubrió la vinculación de su padre en las cúpulas del nazismo, acudió a él en busca de un consejo. “Le advertí: ‘No eres responsable de lo que tu padre hizo, pero sí de lo que hagas tú con la memoria’ ”, evocó en entrevista con Diario Judío México.

Visitó campos de refugiados alrededor del globo, coordinó colectas de fondos para los africanos famélicos y prestó su respetado nombre a movimientos pacifistas. En palabras del Comité Nobel en 1986: “Wiesel es un mensajero de la humanidad por la paz, la reconciliación y los valores humanos, que a través de ese mensaje y del trabajo práctico por la paz plantea un punto de vista humanista que en todos los tiempos ha sido la base para la construcción de una paz justa y duradera”.

Hoy es nuestra obligación perpetuar su memoria. Él nos enseñó que el antídoto contra el odio es no olvidarlo.

Escritor venezolano, galardonado por la Asociación Norteamericana de Periodistas Hispanos (NAHJ) por su columna “El Holocausto que corre en mí” publicada en el Nuevo Herald.

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