Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: El Sahara en La Pequeña Habana

Ni en el Desierto del Sahara hay tanta sequía. No de agua, sino de compasión.

Envueltos con túnicas y turbantes color añil, los grandes nómadas tuareg lo saben muy bien. No obstante los remolinos de arena o el calor abrasador, “siempre van a encontrar algún lugar a dónde ir”.

Aseveración y profecía no del amenokal –el jefe supremo elegido por la asamblea de los jefes de clan– sino de un jefe de otro clan: el del gobierno municipal de Miami.

¡Qué los pobres de La Pequeña Habana bamboleen a lomo de los camellos! Por lento que sea su paso, ¡qué partan del vecindario, con sus escasas pertenencias en una canasta, a escuchar el eco del infinito silencio!

No es ficción. Sucedió lejos de las dunas labradas por el viento; en la arena movediza del Ayuntamiento.

En el marco de los cambios de zonificación para un área del emblemático vecindario aprobados de manera preliminar por la Comisión de la Ciudad –medida que amenaza con desplazar a los vecinos de bajos recursos por otros de mayor nivel adquisitivo– el director del Departamento de Planificación municipal, Francisco García, confesó a la reportera Brenda Medina una consecuencia del plan urbanístico.

“Sí, podría afectar a algunas personas –asintió–. Pero de alguna forma, la gente siempre va a encontrar un lugar a dónde ir”.

A esas familias el único lugar que les espera es el parque de casas móviles o prefabricadas, donde miles de individuos desfavorecidos sobreviven en condiciones indignas, incluso peores de las que aquejan a residentes de La Pequeña Habana, ambas poblaciones desposeídas de los derechos más básicos e ignorada hasta hace poco por las autoridades locales.

Esa cultura de indiferencia hacia los pobres, de abandonarlos en el solitario camino a un lugar que no tiene destino, es muy ilustrativa de la imperante entre nuestros gobernantes municipales en el Condado Miami-Dade.

La Ciudad de Miami ha realizado un trabajo fenomenal durante los últimos años en la revitalización de vecindarios otrora depauperados, de Downtown a Midtown, de Wynwood a Edgewater. Todos estos procesos, empero, tienen elementos que los entrelazan: la desaparición de los residentes originales, el aumento estrepitoso en el precio de propiedades y alquileres, más tránsito vehicular, falta de estacionamiento y, sobre todo, arcas desbordantes de dinero para los políticos en sus campañas.

Las renovación tiene un costo social; el precio del progreso. Pero la ciudad debe responder a estos retos con responsabilidad moral y no con comentarios a la ligera que denotan falta de compasión por el prójimo que sufre.

Rebosquejar el panorama del este de La Pequeña Habana propiciará la expansión del área de Brickell y los vecinos pobres no podrán costear más los alquileres. Otro asunto es la identidad e historia de la urbanización que acogió a olas de inmigrantes que recomenzaron sus vidas en esta frontera de libertad y felicidad. Existe una desconexión sentimental entre la gente y el lugar; prima una escasa valoración por el patrimonio arquitectónico que ha empezado a mutilar nuestra herencia colectiva.

La poca sensibilidad va más allá de lo imaginable. En un informe del Miami Herald sobre la decrepitud de las viviendas para alquiler y sus condiciones de insalubridad en Overtown y Liberty City, el comisionado de Miami Keon Hardemon, infirió que las víctimas son causantes de su desdicha.

Los inquilinos que residen en apartamentos de propietarios explotadores también son responsables, afirmó en diciembre pasado. “Cada año, firman un contrato de arrendamiento para vivir en esa misma condición –sentenció–. Es un error creer que la Ciudad es culpable en el manejo de esas cuestiones”.

¿Para qué existe entonces el gobierno municipal? ¿No debe hacer cumplir los códigos de construcción y zonificación?

Las familias que habitan en estas condiciones no pueden simplemente abandonar sus hogares en ruinas para mudarse a otro apartamento, porque carecen de medios para pagar tres meses de alquiler –incluyendo el depósito y el último mes que exigen en cualquier lugar–. Tampoco pueden encontrar ayuda con facilidad en momentos en que los gobiernos han reducido los gastos de programas sociales, incluyendo asistencia de vivienda pública y provisión de servicios subsidiados.

Por eso si las políticas públicas de desarrollo continúan hilvanadas por esta visión ofuscada entre en los dirigentes y a los pobre los siguen corriendo de sus hogares a “algún lugar”, muy pronto Miami habrá creado un nuevo pueblo nómada: los evereg –los tuareg de los Everglades.

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