La conversación sobre el racismo en Miami debe incluir a todos, no sólo a los cubanos
¿Quieren hablar del racismo en Miami?
Pues hablemos.
Esta es la mancha que no se nos quita del alma, en parte porque las muestras de racismo se denuncian, pero casi nunca se estudian debidamente. Después que la indignación pasa, la gente se retira a sus respectivas esquinas.
¿Viste? ¡Eres un racista! Y ahí acaba todo.
Por eso es que un legislador cubanoamericano que usó un insulto racial para dirigirse a un colega afroamericano y fue obligado a renunciar se ha llenado la boca descaradamente para decir en redes sociales que se postulará a un nuevo cargo público (y ha vilipendiado a esta columnista por escribir de su ofensa).
Esa es la razón por la que un pequeño teatro cubano en La Pequeña Habana presentó en una comedia a una actriz con la cara ofensivamente pintada de negro, y cuando tuvo que hacer frente a la evidencia de la deshumanizante historia del personaje, la respuesta inicial fue negación y justificaciones: esto es teatro vernáculo tradicional cubano, el humor está en nuestra sangre, nosotros somos una mezcla de muchas razas, dicen las explicaciones, y nos reímos de nosotros mismos, no sólo de los negros.
La obra 3 viudas en un crucero no fue nuestro primer enfrentamiento con el tema en el Miami cubano.
Debíamos haber aprendido la lección cuando el Miami Herald escribió sobre la costumbre de pintar el rostro de negro a un actor o actriz en un programa de la televisión cubana hace más de un decenio, pero no lo hicimos. En ese entonces la explicación fue la misma: que nosotros los cubanos estamos más allá del racismo —los negros son nuestros amigos, ofrecemos este tipo de entretenimiento con cariño, sin malicia— y el reportero y el diario fueron criticados por plantear el tema. Ahora también, los defensores de la obra criticaron a la reportera de la historia, Brenda Medina, de el Nuevo Herald, diciendo que ella no sabe nada del teatro y la cultura cubana.
Pero la conversación sobre el racismo tiene otra dimensión —siempre la ha tenido— y sale a la vista ahora al surgir este tema racial en las redes sociales: el encausamiento rápido y fácil de toda la comunidad cubanoamericana por ser racista. Y como si eso hiciera el generalizar aceptable, se incluyen también a los latinoamericanos.
“¡RACISTA Y REPUGNANTE! ¡Los cubanos son abiertamente racistas con los negros y se han salido con la suya durante AÑOS! Como hombre negro que soy, ¡me siento muy OFENDIDO!”, escribió un lector en los comentarios de la nota de Medina.
El racismo en Miami-Dade no es exclusivo de los cubanos, los cubanoamericanos o los latinoamericanos.
En mi vida —y en 38 años como periodista cubriendo un sinfín de temas en el sur de la Florida— he sido testigo de palabras y actos racistas y de prejuicio por parte de todos los grupos de nuestra comunidad.
Sin embargo, la ola de indignación y los llamados al diálogo solamente aparecen cuando el que ofende es cubano o cubanoamericano.
No recuerdo que la discusión fuera una prioridad durante la guerra abierta contra los cubanos en la saga de Elián González. En la Redacción del Herald, por ejemplo, se escuchó a un colega gritar por el teléfono “¡Esos cab--nes cubanos! ¡Esos cab--nes cubanos!”
Pero no tenemos que ir tan atrás. Hablemos de ahora.
Los inmigrantes hispanos —mulatos, negros, blancos— son objeto de ataque permanente en este país a manos del gobierno y sus partidarios. Se violan derechos civiles, pero el silencio de organizaciones como la NAACP local, que ahora pide una conversación sobre el asunto de la cara pintada de negro entre los cubanos, es ensordecedor. No veo mucha de la solidaridad que a todos nos hace falta en esa ciudad. Y eso es parte del problema. Uno necesita entender para que lo entiendan. Eso es asunto de todos, no de solamente un grupo.
El prejuicio y el racismo nacen de la ignorancia y el miedo. Muchos otros factores también juegan un papel. La política y el poder son dos de ellos. En este momento en la historia, el liderazgo del país, particularmente el presidente, retroceden el progreso hecho en materia de raza y relaciones étnicas. El presidente alienta nuestros temores con mentiras y una propaganda racista incesante. Permitir que uno de nosotros sea objeto de la ira racial o étnica oficial —o celebrar la mala fortuna de un grupo, como sucedió cuando el presidente Barack Obama eliminó la política de “pies secos, pies mojados” para los cubanos— está mal.
La forma de salvar las distancias es conociéndonos, escuchando nuestras historias y sintiendo los dolores del otro como si fueran propios. Pero la mayoría de la gente vive encerrada en su propio mundo, encadenada por su historia, consolada por sus tradiciones, y rara vez se siente impulsada a hacer algo fuera de zona de comodidad.
Todos hemos sido víctimas del prejuicio y el racismo. Pero también hemos ofendido, no importa si lo hemos hecho inconscientemente.
A todos nos han herido y todos hemos herido.
Cada vez que salgo de mi casa, cada vez que escribo, tengo que superar que soy 1-) cubana, 2-) hispana/latina 3-) mujer. Soy invisible en algunos círculos, incluso en los mismos círculos que defiendo, únicamente por el nombre y el rostro que ven. Y esa es la parte menos dañina de mi realidad.
¿Quiere una muestra del rostro diverso del odio y el racismo?
Échele un vistazo a mi correo electrónico, a los mensajes que me dejan en el teléfono y a los sospechosos sobres que alguien abre por mí en la “sala de seguridad” del Herald antes de entregármelos. Algunos de los mensajes de odio que me dirigen son tan horribles como el despreciable tuit racista de Roseanne Barr sobre Valerie Jarrett, la antigua asesora del presidente Obama.
Los protagonistas previsibles del odio en este país están debidamente representados en mi correo, pero usted se sorprendería de las cosas que la gente me dice. No lo piensan dos veces antes de apretar el botón o tomar el bolígrafo, porque se ha vuelto aceptable poner etiquetas y denigrar a el grupo al que pertenezco de maneras que no lo harían con otro.
Los cubanos son racistas, dicen.
Ahora sustituya “cubanos” en esa oración con otro grupo.
Tampoco ayuda cuando se agrega, para mitigar el estereotipo, “y los latinoamericanos también”.
¿Usted conoce esa frase cursi que todos usamos —“¡solamente en Miami!”— cuando ocurre algo intolerable o excéntrico? En boca de algunos con cierto historial que data de los días intrínsecamente racistas de esta ciudad, sabemos que están diciendo ‘esos son los cubanos locos, esa gente rara de Miami’.
Créanme, en Miami el racismo cruza todas las líneas raciales y étnicas.
Yo lo he escuchado todo, sentido todo y sufrido todo.
Sé de hecho, con décadas de viajes por el mundo para respaldar la experiencia, que los cubanos y los cubanoamericanos no son más racistas que nadie en esta Tierra. Y también sé que como el grupo más numeroso de Miami, el más poderoso política y económicamente, y el que manda, tenemos la responsabilidad de hacer las cosas bien, de ser inclusivos y edificantes.
Pero cuando se dice que los cubanos, como pueblo, son racistas, está expresando lo mismo que combaten: ignorancia. Hay muchos de nosotros a quienes no nos conocen, y no se han tomado el trabajo de conocer.
Como resultado de las merecidas críticas, el Teatro Trail de Miami eliminó el personaje del rostro pintado de negro y cambió el material ofensivo en la obra. Y el 28 de junio el teatro realizará una conferencia sobre “sensibilidad cultural e historia del teatro”, dirigida por el autor Orlando J. Addison, especialista afrolatino en herencia y cultura nacido en en Honduras de padres jamaiquinos.
Aplaudo la corrección y espero que una diversidad de voces esté representada en este y otros foros.
La conversación sobre el racismo en Miami debe incluir a todos los grupos, no sólo a los cubanos y los latinoamericanos.
Sígame en Twitter, @fabiolasantiago
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de junio de 2018, 3:23 p. m. with the headline "La conversación sobre el racismo en Miami debe incluir a todos, no sólo a los cubanos."