¿Dónde estaban líderes republicanos de Miami cuando Trump cayó en llamas? Ausentes
Nuestro deplorable presidente es ahora un confabulado no acusado en un delito federal. Su presidencia se viene abajo, con más comportamientos delictivos por salir a la luz a manos de la rama judicial del gobierno.
Michael Cohen, ex abogado del presidente Donald Trump, dijo en su declaratoria de culpabilidad que sus pagos ilegales a amantes de Trump se hicieron a pedido del presidente para evitar que los electores estadounidenses se enteraran de su relación con una estrella pornográfica antes de los comicios.
¿Y dónde estaban nuestros líderes republicanos del Congreso cuando Trump cayó en llamas con esta declaración de Cohen?
Pues andaban por ahí calladitos, alejados de la conversación nacional.
Mientras la crisis de Trump se desarrollaba, los miembros republicanos de la delegación legislativa de Miami-Dade —dos de ellos van a la reelección este otoño— se ocupaban de los asuntos de Nicaragua, Venezuela, El Salvador, Cuba y frivolidades locales.
Cualquier cosa menos Trump para los fieles del partido, el senador Marco Rubio, el representante Mario Díaz-Balart, el representante Carlos Curbelo y la representante Ileana Ros-Lehtinen.
Jugaron al seguro en estos días de histórico escándalo republicano, dedicando sus declaraciones públicas en las redes sociales a condenar la represión de Nicolás Maduro y Daniel Ortega, mostrándose preocupados de que China esté poniendo un pie en El Salvador y abordando los asuntos de los activistas anticastristas de Miami y los disidentes en la isla.
Es como si en Washington no estuviera pasando nada trascendental — y no hubiera nada más que comentar en las redes sociales que folclor local.
¡Pastelitos! ¡Comenzaron las clases en West Miami! ¡Uniformes respetuosos con el medio ambiente para los jugadores de football de los Huracanes! ¡Una superserpiente en los Everglades!
Pero ni una palabra sobre Trump, excepto un tuit de Rubio, solamente en español, de que había hablado con el presidente el martes sobre retirarle la ayuda a El Salvador.
Si Trump no renuncia, la Constitución contempla un juicio político en el Congreso y su expulsión del cargo. Somos una nación en una crisis política no vista desde Richard Nixon y Watergate, y probablemente de un alcance incluso mayor.
Los ojos están puestos sobre los líderes legislativos republicanos —son la mayoría y tienen en sus manos el destino de Trump— en busca de respuestas a la más obvia de todas las preguntas: ¿Y ahora qué pasa?
El país necesita desesperadamente su liderazgo, pero pocos, como Jeff Flake, de Arizona, están trabajando para proteger al fiscal especial Robert Mueller del presidente, quien quiere sacarlo para que no siga investigando la interferencia rusa en las elecciones y la obstrucción de la justicia. Otros, como el líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, están entrando por el sótano a sus oficinas para evitar las preguntas de los periodistas.
Mientras tanto, en plena muestra de su verdadero carácter, el presidente se resiste y promueve una refriega que dividirá más y hará daño al país.
Trump ha criticado acremente las acusaciones y la declaratoria de culpabilidad de su abogado, Cohen, y la condena por ocho cargos de fraude financiero del presidente de su campaña, Paul Manafort, de la misma manera que ha dirigido el país: con tuits indignantes, diatribas en Fox News y echando mano al asesinato de una estudiante universitaria en Iowa para alimentar más opiniones contra los inmigrantes y enviar a sus partidarios este mensaje: “No importa lo corrupto que yo sea, sin mí las esas esperanzas de dominio nativista de ustedes están perdidas”.
Igualmente despreciable es este tuit de Trump después de la condena de Manafort: “Lo siento mucho por Paul Manafort y su hermosa familia. La justicia tomó un caso de impuestos de hace 12 años, entre otras cosas, lo presionó duro y, a diferencia de Michael Cohen, se negó a ‘ceder’, a inventar historias para conseguir un mejor ‘acuerdo’. ¡Hay que respetar a un hombre tan valiente!”
Escuchen bien, el presidente llama “hombre valiente” a un delincuente convicto y pone en tela de duda al sistema de justicia de Estados Unidos. ¿No era Trump el supuesto candidato de “la ley y el orden,” cosa que sus partidarios siempre me recuerdan cuando se trata de los inmigrantes indocumentados?
Trump defendió prematuramente a Manafort. En momentos que Manafort enfrenta 80 años de prisión, su abogado dijo que está estudiando “todas las opciones”. En otras palabras, estimado Sr. Mueller, estoy a su disposición. Hablemos.
Lo que el sistema judicial está revelando es solamente la confirmación de la naturaleza de Trump y su largo historial delictivo.
Su actitud de rufián estaba a la vista de todos desde el principio de su campaña en su historia personal y asuntos de negocios. Igual sucedió con su modus operandi de usar retórica antiinmigrante para taparle los ojos a sus partidarios xenófobos y ocultarles las graves fallas de su carácter.
Los representantes en el Congreso de una comunidad de inmigrantes como Miami-Dade tienen suficientes delitos de Trump a la mano para decir y hacer algo.
Pero no esperen que den el ejemplo.
A la hora de criticar el mal comportamiento de los republicanos, se hacen los suecos.
Pero estos son los mismos legisladores que criticaron duramente y sin tregua al presidente Barack Obama en cada momento.
Estos son los mismos legisladores que presionaron a Trump a que eliminara el acercamiento a Cuba, y prácticamente truncaron la única oportunidad de que Estados Unidos tuvo de influir sobre el futuro de la isla. Ahora, bajo la nariz de Trump, el gobierno cubano redacta una nueva constitución que consagra la represión, desde la expresión artística hasta la disidencia política.
Se paga un precio alto al elegir políticos que solamente tienen en mente a los votantes de línea dura de Miami.
Esos votantes —parte de los que pedían encarcelar a Hillary Clinton— también hicieron todo lo posible la semana pasada para desviar la atención de la mancha criminal que pesa y se extiende sobre su líder. Se dedicaron a conmemorar cumpleaños en las redes sociales, a mostrar fotos de sus vacaciones en el extranjero y a pedir cambios y justicia en América Latina, pero no en Estados Unidos.
Ros-Lehtinen está por retirarse y Rubio tiene su escaño seguro cuatro años más.
Pero Díaz-Balart, un firme partidario de Trump, y Curbelo, van a la reelección en noviembre. Los dos enfrentan candidatos demócratas de credenciales serias: Mary Barzee Florez, ex jueza de circuito de Miami-Dade, y Debbie Mucarsel-Powell, ex decana adjunta de la Universidad Internacional de la Florida, respectivamente.
En temas clave, los dos legisladores han votado sobre las reformas del sistema de servicios médicos y el sistema tributario para impulsar la agenda favorable a los ricos de Trump. Curbelo, quien es más moderado y ha presionado sobre asuntos como el cambio climático, ha criticado las políticas de Trump sobre el ambiente y la inmigración, pero generalmente con poca fuerza.
Todos los legisladores cubanoamericanos tendrían más credibilidad en sus críticas a Cuba, Venezuela y Nicaragua si mostraran más diligencia en ayudar a eliminar el hedor a delincuencia que sale de la Oficina Oval.
El silencio de ellos es un apoyo a un rufián.
Es el rufián del Partido Republicano de ellos, pero eso no significa que esté bien.
Siga a Santiago en Twitter, @fabiolasantiago
Esta historia fue publicada originalmente el 27 de agosto de 2018, 5:18 p. m. with the headline "¿Dónde estaban líderes republicanos de Miami cuando Trump cayó en llamas? Ausentes."