Fabiola Santiago

Sobrevivió un viaje de polizón a EEUU pero quizás no sobreviva ser deportado a Cuba

En su intrépida jugada cinematográfica por la libertad, el polizón cubano Yunier García jamás arriesgó la vida de nadie, solo la suya.

En el compartimiento de equipaje del vuelo chárter de Swift Air, donde mucha menos carga regresaba a Miami de la que había llegado a La Habana, el funcionario del aeropuerto de 26 años vio su boleto a la libertad.

No comprometió el peso del avión. No amenazó a nadie.

Donde descubrió un vacío, este joven padre vio una oportunidad única en la vida para ser un hombre libre, para vivir con esperanza, para cuidar a su familia con dignidad, incluso desde lejos.

Sin pensarlo dos veces, García se escondió.

Si hubiera habido una mejor seguridad del aeropuerto y de la aerolínea, el mozo de equipaje podría haber sido descubierto escondido en el vientre del avión, pero no la había. Soportó bajas temperaturas y deshidratación y sobrevivió al vuelo de 45 minutos.

“La evidencia de la espontaneidad del evento es que ni siquiera tenía agua”, me dijo su abogado, Wilfredo Allen. “Lo primero que dijo cuando salió al aeropuerto [en Miami] fue pedir agua.

“Si lo hubiera planeado”, agregó Allen, “habría puesto una manta en el compartimento. Hacía mucho, mucho frío allí dentro”.

Negar el asilo político de García y deportarlo a Cuba, como la administración Trump lo ha intentado acuciosamente en el tribunal de inmigración, es enviarlo a una posible muerte si el gobierno cubano decide hacer un ejemplo de él.

Las deserciones de alto perfil como la suya son consideradas traición por el régimen cubano y, en el pasado, han sido castigadas con la ejecución. En el mejor de los casos, otros intentos fallidos de huir con menos drama han resultado en largas sentencias que ponen en riesgo la vida.

El castigo mínimo que García enfrentaría en Cuba por su desesperado acto —una vergüenza para un gobierno que quiere poner la cara frente al mundo de que los cubanos apoyan la dictadura— probablemente sea de 20 años de prisión.

Pero, por increíble que parezca, la administración Trump argumentó esta semana en una audiencia a puerta cerrada ante un juez de inmigración que ejecuciones como la de tres hombres que secuestraron un ferry en La Habana en 2003 en un frenético intento de huir ya no son la norma en Cuba.

Las cosas han cambiado en Cuba, argumentó el fiscal del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) de Trump.

García sería apropiadamente “procesado, no perseguido”, dijo, colocando la farsa que pasa por un sistema de justicia en Cuba a la par con la de Estados Unidos.

Esto contradice la política de línea dura para Cuba del presidente Donald Trump y las sanciones y declaraciones del presidente en Miami sobre Cuba como violador de los derechos humanos, a lo que Cuba ha respondido con una mayor represión interna.

¿DHS no leyó la nueva Constitución cubana que ratifica los actos de traición contra el gobierno como dignos de la pena de muerte? ¿O hizo una pausa para reflexionar sobre la nueva ley que criminaliza las obras de arte que muestran al gobierno bajo una luz desfavorable?

¿Los responsables de manejar este caso no son conscientes del aluvión de noticias sobre nuevas represiones contra periodistas independientes y disidentes? Los cubanos que no están de acuerdo con el gobierno no solo son arrestados, acosados y liberados, como sucedió durante los años del acercamiento del presidente Barack Obama.

El gobierno de Miguel Díaz-Canel está dictando severas penas de prisión por ejercer el periodismo, por intentos de organizarse y, a veces, nada más que por falsos cargos de ser una amenaza para quienes se encuentran en el poder.

No, la actitud del gobierno hacia la disidencia y la fuga ilegal no ha cambiado en Cuba.

El castigo por exponer las fallas en la seguridad del aeropuerto cubano para García sería severo e incluiría el abuso físico, emocional y público de él y su familia, declararon testigos expertos en el caso.

El destino de García ahora está en manos de un juez de inmigración que decidirá si el padre de una niña de 2 años — Daniela, a quien tal vez nunca volverá a ver— califica para recibir asilo político. Si no él, entonces, ¿quién? Tiene una tía en Miami que apoya su estadía y está dispuesto a patrocinarlo.

A pesar de la evidencia de lo contrario, el DHS trató de presentar a García como un infractor común de la ley.

Pero no lo es.

García fue “un ciudadano modelo en Cuba”, me dijeron, tanto así que consiguió lo que se considera un trabajo de privilegio en el Aeropuerto Internacional José Martí, donde podía ganar propinas en dólares.

Sin embargo, ese mismo trabajo le permitió ver la corrupción entre los empleados del gobierno, el maltrato a los visitantes cubanoamericanos en el aeropuerto que regresaban para ayudar a sus familias, y la impunidad con la que actuaba el personal del terminal aéreo.

En otras palabras, vio la injusticia y la arbitrariedad que impregna la vida en Cuba para los cubanos mientras estos sonríen y muestran calidez y folklore a los turistas estadounidenses y europeos.

Al observar a sus compañeros de trabajo y mediante conversaciones con los visitantes, García fue descubriendo que lo que le habían dicho durante años eran mentiras. Y vio que la probabilidad de que la vida cambiara bajo las condiciones actuales nunca llegaría.

“La única diferencia entre este muchacho, tú y yo es el tiempo”, me dijo Allen, quien también fue refugiado cubano.

Otros ven este caso de manera similar, y más de 34,000 personas han firmado una petición en el Internet de Change.org pidiendo a la administración Trump que permita que García se quede. Entre sus partidarios se encuentra el icónico cantante del exilio, Willy Chirino.


“Si me deportan, seré torturado”, dijo García al canal 51 de Telemundo en la única entrevista que ha dado. “Vine aquí porque es un país de derechos humanos”.

Si todavía lo somos, debemos otorgarle a este joven asilo político.

Twitter: @fabiolasantiago.

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