Yunior García no es un cobarde por irse de Cuba. Todos lo hicimos, y ese es el problema | Opinión
Cuba duele. Cuba decepciona. Cuba desconcierta, tanto a los de afuera como a los de adentro.
En un golpe al movimiento juvenil por la libertad que arrasa a Cuba, uno de sus organizadores más visibles, Yunior García, el dramaturgo cuya imagen sosteniendo una rosa blanca por la ventana de su hogar asediado por turbas dio la vuelta al mundo, abandonó la isla.
No podía soportar más las implacables agresiones del régimen contra él, su familia y su hogar, dijo el hombre de 39 años en varias entrevistas.
“En un momento del día me quebré”, dijo García sobre el 14 de junio, cuando su plan de caminar solo, sosteniendo una sola rosa como símbolo de resistencia pacífica fue frustrado por la policía y por muchedumbres hostiles que lo acosaban en su casa.
No es el único organizador de protestas cívicas que recientemente ha sido expulsado por el régimen.
Hay “un éxodo silencioso del movimiento en todo el país, y ellos [las autoridades cubanas] tienen a todos en la mira. Uno por uno”, dice el historiador cubano y profesor de la Universidad Internacional de la Florida, Abel Sierra Madero. “Es bien triste. Es tan obscena la realidad”.
La oferta sobre la mesa es prisión o exilio. Desde sus inicios, la dictadura cubana ha utilizado esta táctica para deshacerse de la oposición. Hay que ser un superhéroe para elegir las cárceles bárbaras en lugar del refugio del exilio.
Y, una vez más, los que se van, como García a España, eclipsan a los que se quedan pagando un alto precio.
Como Reinel Rodríguez, un niño de 15 años, detenido en un centro para jóvenes problemáticos por haber participado en las históricas protestas del 11 de julio.
Como Luis Manuel Otero Alcántara, el artista afrocubano nombrado ícono por la revista Time por su implacable postura contra la censura del gobierno y su liderazgo en el movimiento de artistas de San Isidro que encendió el clamor por el cambio en toda la isla en julio.
Al igual que Maykel Osorbo, uno de los raperos del himno “Patria y Vida”, dos veces galardonado con el Grammy Latino, y quien, tras una huelga de hambre de seis días, se encuentra enfermo y encarcelado en una prisión de máxima seguridad.
En contraste, El Funky, otro de los raperos del video visto por millones de personas en todo el mundo, ganó su libertad al aceptar irse a Miami. Quería participar en los premios Latin Grammy y estuvo resplandeciente en el escenario de Las Vegas el jueves por la noche. Una victoria sobre sus opresores.
La historia se repite
Algunos se van y otros se quedan. La historia se repite, y la ira, la amargura y la desesperanza se apoderan de los cubanos en la isla y en la diáspora. A los 62 años, la dictadura sigue demostrando que tiene todas las herramientas malévolas necesarias para expulsar a disidentes.
Y nosotros, desde la comodidad del exilio y una vida reconstruida, también repetimos un patrón.
Algunos juzgan duramente tanto a García, quien pidió la “Marcha Cívica por el Cambio” del lunes 15 de noviembre, como a El Funky, por elegir llevar su causa al escenario de los Grammy en lugar de la cárcel.
“Con Yunior, el tema es complicado”, dice Sierra. “Cuando asumes una responsabilidad y convocas a la gente [a marchar] y eres su representante, el portavoz ante los medios de comunicación, entrevistado por todos lados, me parece deshonesto [marcharse]. El miedo es un sentimiento poderoso, pero nunca le pediría a nadie que arriesgara su vida, como ese chico de 15 años en la cárcel, cuando yo no estoy dispuesto a arriesgar la mía. Tienes que ser consecuente”.
Sin embargo, no estoy tan dispuesta a culpar a una víctima del régimen.
Ofrezco una tercera perspectiva: este giro bien trazado de los acontecimientos en Cuba solo es posible porque la izquierda en Estados Unidos y en América Latina se preocupa más por sus propias agendas que por la usurpación de los derechos más básicos del pueblo cubano.
La izquierda sigue creyendo en un guion romantizado de la Revolución Cubana como proveedora de justicia social, un guión desacreditado por la realidad desde hace mucho tiempo. Tanto es así que el actual movimiento democrático en Cuba es producto de la izquierda, nacida y criada bajo el régimen.
¿O todos olvidaron la letra de “Patria y Vida” donde los raperos lamentan la comercialización de la imagen del Che Guevara? ¿O el Manifiesto 27N del movimiento sobre cómo sería una nueva Cuba? No habla de democracia al estilo estadounidense, sino de pluralidad, inclusión y diálogo.
El gobierno cubano no podría salirse con la suya con la violencia que está perpetrando contra su pueblo si 40 miembros demócratas del Congreso de Estados Unidos no hubieran votado “No” a apoyar las protestas en Cuba. Un acto despreciable, cometido por la corriente habitual de los liberales de salón de Nueva Inglaterra, por los liberales del grupo de California y el Caucus Negro que todavía cree que los hermanos Castro favorecieron a los negros en Cuba. De hecho, los negros son los ciudadanos más marginados y más pobres.
El gobierno cubano no podría salirse con la suya al ser una de las dictaduras más longevas del mundo si personas como el presidente mexicano, Andrés López Obrador, al cual también le encantaba Donald Trump, no defendiera descaradamente a Miguel Díaz-Canel cuando se le preguntó sobre la brutal represión de los manifestantes.
Los aliados de Cuba, incluidos los fundadores del movimiento Black Lives Matter, permanecen inconmovibles ante el horror por la justicia social que apoyan el abuso de otros negros. No importan los golpes en la cabeza, los juicios sin la debida defensa, las penas de 10 o 20 años por hablar y organizarse.
Y luego, está la volubilidad de los estadounidenses del común.
Se divirtieron mucho en La Habana durante la distensión, pero se desconectaron de la conversación cuando el pueblo cubano más los necesita. Esto es vergonzoso.
Yunior García no huiría si todo lo anterior estuviera de su lado, presionando al gobierno cubano para que dejara de enfrentar a los cubanos entre sí.
Marcharse lastima a la oposición
Sí, la salida de García lastima a la oposición, y quizás mi defensa de su derecho a irse y ser libre para continuar su lucha en el exterior esté equivocada. En cierto modo, es condescendiente e infantil, como dice Sierra, presentarlo como un líder “pobrecito” incapaz del rigor requerido.
“Las decisiones tienen un costo político: desánimo, falta de credibilidad y motivación”, dice Sierra. “El cambio comienza con la crítica, el escrutinio y con asumir una postura de ética y responsabilidad”.
Pero no todos tienen la fortaleza del líder disidente José Daniel Ferrer, arrestado el 11 de julio cuando intentaba unirse a una protesta en su ciudad oriental de Santiago de Cuba, y ahora cumple más de cuatro años de una condena previa.
Su crimen: se negó a plegarse a las condiciones de su arresto domiciliario de abstenerse de hacer activismo político.
¿A dónde irán los cubanos ahora?
“A ninguna parte”, dice Sierra. “Tenemos que esperar. Ahora es el momento de hacer interconexiones, de pensar”, de dar visibilidad a los presos políticos y evitar “funcionar con slogans y emociones diciendo que el régimen está más débil que nunca”.
No lo está.
El régimen es fuerte y brutal y “el miedo a una explosión social” se ha disipado, reemplazado por el éxodo silencioso de organizadores para ser seguido por el de la gente común, que es “la fuerza del cambio”.
Esta ha sido la fórmula: Disidencia. Tomar medidas enérgicas. Exilio.
Enjuague y repita.
Pero antes de juzgar, recuerde: todos nos fuimos también. Ese es el problema.