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Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: La pregunta del año: ‘¿Has ido a Cuba?’

Turistas recorren el malecón en un automóvil clásico norteamericano.
Turistas recorren el malecón en un automóvil clásico norteamericano. AP

Es la pregunta que más se ha hecho este año: “Has ido a Cuba?”

Implícita en la pregunta hay una dosis de bien intencionada ingenuidad típica norteamericana, la creencia de que si los estadounidenses pueden viajar libremente a Cuba, debe ser más fácil aún para mí como cubanoamericana hacer mis maletas y sumarme al vertiginoso impulso de visitar la isla donde nací.

Todo lo contrario. Es menos probable que bajo la política de reconciliación del presidente Barack Obama y la mayor flexibilidad para viajar y comerciar, yo vuelva a pisar tierra cubana. El gobierno cubano no tiene ningún deseo, necesidad o motivación de abrir sus puertas a cubanoamericanos como yo cuando están recibiendo más turistas y periodistas norteamericanos que los que pueden albergar. Eso, sin contar la cantidad de cubanos inmigrantes y cubanoamericanos con menos bagaje político que yo y más dinero que gastar e invertir en la isla.

Este es tal vez uno de esos efectos no intencionales pero reales de la nueva política de Estados Unidos. Ciertos cubanoamericanos siguen siendo no bienvenidos; ni se molesten en solicitar visa. Nuestro propio país sigue embargado para nosotros.

Desde la perspectiva de Cuba, la apertura no es un círculo que abarca todo, sino apenas una hendija. O, como lo describió el abogado de Miami Rafael Peñalver: “Un embudo”, un sistema concebido para el comercio, viajes e inversiones “a través del cual a solo un selecto grupo del extranjero se le permite asociarse a una también selecta cúpula de Castro para explotar los recursos naturales de Cuba y su fuerza laboral. El principal objetivo del ‘embudo’ es mantener a los Castro en el poder”.

Es el mismo sistema restringido bajo el cual el gobierno cubano ha operado durante los últimos 30 años para mantener la economía a flote, recibiendo viajeros e inversionistas de Canadá, España y Brasil. Los que participan deben adaptarse a sus reglas. Cuba no es un país que respeta los derechos individuales o garantiza a sus ciudadanos –o visitantes– actuar bajo la ley.

Una periodista que señale esas deficiencias, y que le dé voz a la oposición oprimida, no es bienvenida. A los ojos de Cuba, yo soy el diablo encarnado: una cubanoamericana informada con íntimos conocimientos de la historia contemporánea y de las instituciones y personajes que le dan forma a la isla. Es difícil que un guía turístico o un encargado de prensa de la isla logre tupirme con la propaganda que ellos rutinariamente le venden a los demás.

Peor aún, no soy alguien que pueda descartarse fácilmente como una derechista.

A principios de los años 2000, cuando cubría arte y cultura para el periódico, un familiar mío comunista en Cuba me envió un mensaje diciendo que yo sería bienvenida en la isla.

“¿Por qué no?”, le dijo a otro miembro de la familia. “Ella es una intelectual muy respetada de la izquierda”.

Me reí a carcajadas por la manera en que la extrema derecha del exilio y la extrema izquierda que gobierna a Cuba coinciden a menudo en su evaluación del espectro político.

Agradecí mucho más el brillante pragmatismo con que otro familiar mío me embulló a visitar la isla en la secuela de las escaseces del “período especial” de los años 1990: “Aquí un miembro de la comunidad [exilio] vale por 20 del partido [comunista]’.

Ni siquiera he intentado solicitar una visa. Lo cierto es que se me agotó el deseo, aunque no la curiosidad.

En la era de Obama, es más improbable que se materialice una visa que en cualquier otro tiempo. El cambio con el que los cubanoamericanos como yo podrían contar no está entre las cartas todavía.

Espero que esto conteste la pregunta del año.

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de diciembre de 2015, 1:41 p. m. with the headline "FABIOLA SANTIAGO: La pregunta del año: ‘¿Has ido a Cuba?’."

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