Un selfie en Nueva York
Nueva York – Había olvidado lo frío que puede ser Nueva York en febrero. Pero tampoco recordaba el indudable encanto que tiene ver Central Park nevado y a los neoyorquinos caminar deprisa en las calles, muchos de ellos con vestimentas que desafían las heladas temperaturas. A pesar de haber vivido los años universitarios en Manhattan y acostumbrada a los inviernos más amables de Madrid, mi estadía en Miami, con su clima de resort eterno, me ha debilitado la capacidad de afrontar las inclemencias invernales con la entereza de los habitantes de la Gran Manzana.
Sin duda soy una turista en la ciudad, aunque pase un par de noches en el dormitorio de la universidad donde estudia mi hija que, además, es mi Alma Mater. El campus apenas ha cambiado desde los ochenta. Cuando llegue la ansiada primavera, las escalinatas de la biblioteca principal se llenarán de estudiantes al sol. La única diferencia es que ahora se tumbarán con sus teléfonos móviles y en las redes sociales aparecerán instantáneas de su momento de solaz entre clases y clases. Por lo demás, lo que mi hija me cuenta es muy similar a lo que viví hace años entre esos mismos muros. La ligereza de la juventud. Las risas de sus compañeras de suite. El porvenir de todas ellas por hacerse.
Mientras mi hija asiste a clases paseo sola de camino al Museo Metropolitano. Caen algunos copos de nieve y el hielo se amontona en los bordes de las aceras, pero caminar a mis anchas me devuelve a otro tiempo que es tibio y acogedor. El Met resulta siempre imponente y sus interminables galerías pueden apabullar, pero volver a sentarme frente al Templo de Dendur me rejuvenece. En el espacio abierto y acristalado donde cabe un trozo del Egipto imperial, se me acerca un individuo pelirrojo y desdibujado por la edad que me recuerda a Woody Allen. El hombre me dice que está escribiendo un artículo para el New York Times (NYT) sobre el uso o no en los museos de palos o monopies para hacerse selfies; quiere saber si estoy a favor o en contra de que la gente los inunde con estos trípodes. Tengo la impresión de que el hombre busca amonestar a los fanáticos de los selfies y, aunque es un tema que me provoca cierta indiferencia, le digo que no soy favorable a este invento que es ahora la última moda. Me pregunta si soy aficionada a hacerme selfies y le respondo que soy alérgica a esta extendida práctica. Por un momento pienso que en verdad el tipo no escribe para el NYT y posiblemente sea un ocioso mitómano. Sigo deambulando por las galerías que me llevan hasta las salas de arte contemporáneo. Frente a un cuadro de Joan Miró me llama la atención el texto junto a una mancha de color azul: “Este es el color de mis sueños.”
Me encuentro con mi hija en un coqueto restaurante junto al antiguo Bowery, ahora una zona trending conocida como Noho (al norte de la calle Houston), con un sabor bohemio que en su día tuvo Soho. Hablamos de sus clases y discutimos sobre política. Mi hija, que está a punto de acabar la carrera, ya tiene planes futuros y escuchándola me doy cuenta de que su vida es como un barco del que me despido desde la baranda de la orilla. La mujer que conversa conmigo ya no es la niña que necesitaba tomarme de la mano. La charla es animada y en ningún momento (o al menos eso creo) es evidente la melancolía que nubla mi corazón.
Me gusta Nueva York en febrero porque su frío me despereza y en el recorrido por sus calles recupero las aristas de una vida que una vez fue mía. Cuando paso por mi antiguo barrio me decido a hacerme un selfie que guardaré para mí.
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Esta historia fue publicada originalmente el 15 de febrero de 2015, 2:00 p. m. with the headline "Un selfie en Nueva York."