Gina Montaner

Maduro y el espíritu de Chávez

La fecha oficial de la muerte de Hugo Chávez es el 5 de marzo de 2013. Sin embargo, como parte del secretismo que rodeó su enfermedad, hasta el día de hoy hay dudas y rumores en torno al día de su fallecimiento, que algunos allegados, como el ex jefe de seguridad Leamsy Salazar, hoy exiliado y oculto en Estados Unidos tras romper con el chavismo, aseguran que en realidad murió el 30 de diciembre de 2012, aunque siguieron apareciendo documentos supuestamente firmados por un hombre que seguramente vivió el último tramo del cáncer que padecía bajo los efectos sedativos de la morfina.

Tanto si es ficción o no, en estos días el gobernante Nicolás Maduro conmemora la muerte de su predecesor con una serie de actos que contribuye a la hagiografía de su mentor. Son jornadas de romerías al Cuartel de la Montaña, donde descansan los restos de Chávez, aunque ya no hay el nutrido desfile de jefes de Estado que hace dos años fueron a despedir al artífice y propagador del socialismo del siglo XXI. En esta ocasión no podía faltar un representante del gobierno cubano, que tantos favores y barriles de petróleo le debe al chavismo. Este 5 de marzo allí estaba el primer vicepresidente cubano, Miguel Díaz-Canel, para asegurarle a Maduro que el deshielo entre La Habana y Washington no es una traición a los valores comunistas de Cuba y Venezuela.

Lo que ocurre es que el binomio Cuba-Venezuela que a Chávez le gustaba ilustrar como las dos alas de un mismo pájaro está desvencijado. Al régimen castrista le conviene dejarse querer por las concesiones de la administración Obama y todo lo que lleve el signo del dólar a la empobrecida isla. En cuanto al gobierno de Maduro, desde la muerte de su preceptor las cosas han ido de mal en peor. Hoy, según datos que acaba de publicar Bloomberg, el país sudamericano encabeza la lista de las 15 naciones con mayor índice de miseria. Y en su mapa de riesgo político 2015, la empresa aseguradora AON destaca a Venezuela entre la veintena de países con mayor nivel de riesgo para los inversionistas, igualándola a Afganistán, Irán o Irak.

En este segundo aniversario de la muerte de Chávez su sucesor se enfrenta a una inflación disparada, la escasez de los productos más básicos, un alto índice de criminalidad y el precio del crudo por los suelos. Unos días antes de montar la parafernalia de homenajes y la inevitable tribuna antiimperialista que tanto entusiasmaba a su antecesor, Maduro intercambiaba petróleo por papel higiénico con el gobierno de Trinidad-Tobago. Así de apurado se encuentra el régimen bolivariano.

Mientras Nicolás Maduro arremetía en Venezuela contra Estados Unidos y culpaba a la oposición de todos los males que el propio chavismo inflige al pueblo, en Miami Lilian Tintori, la esposa del líder opositor Leopoldo López, denunciaba en el Miami-Dade College los atropellos de que son objeto su marido y otros disidentes en el presidio político. Tintori y otras personalidades de la comunidad exiliada pidieron solidaridad internacional en un momento en el que la represión ha recrudecido y el acoso a los medios independientes es cada vez más asfixiante.

En unos días concluirán los actos que aprovecha el oficialismo para rentabilizar al máximo el recuerdo de un muerto que a duras penas mantiene viva la ilusión de que alguna vez el chavismo fue un modelo político viable. Cuando se desmonten las tribunas lo que persiste es la dura realidad de un país deshecho y endeudado. Con ese pésimo cartel llegará Nicolás Maduro a la Cumbre de las Américas en Panamá. Será la más fea de la fiesta mientras Cuba, a pesar de ser la dictadura más longeva de Occidente, vivirá el momento dulce de su singular luna de miel con un viejo enemigo. Son las carambolas de la realpolitik. Maduro necesitará más que nunca el espíritu de Chávez. El único pájaro que todavía conserva las alas.

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