Gina Montaner

Biografía del cuello

La escritora, guionista y directora de cine Nora Ephron.
La escritora, guionista y directora de cine Nora Ephron.

Seis años antes de morir a los 71 la autora, guionista y directora de cine Nora Ephron escribió El cuello no engaña, una colección de ensayos sobre los rigores de la incipiente vejez.


Ephron, que era una maestra del humor y la ironía, entre otras cosas reflexionaba acerca de la batalla contra la ley de gravedad y la erosión del cuerpo. Con infinita capacidad para reírse de sí misma, confesaba su afición al tinte de pelo, la cera, algún retoque aquí y allá y la tortura del ejercicio físico para tener el “chasis” al día. Sin embargo, tal y como indica el título de su libro, el cuello es el gran traicionero que revela la edad de la mujer por mucho que haga para ocultar sus arrugas. La guionista de comedias deliciosas como Cuando Harry encontró a Sally y Algo para recordar recomendaba recurrir a los foulards y jerséis de cuello alto para camuflar esa parte de la anatomía que malamente resiste los embates del tiempo.

Precisamente el otro día me vinieron a la mente los ensayos de Ephron cuando al vuelo me vi reflejada en el espejo de un gimnasio. Salía toda orgullosa y bañada en sudor de una clase de spinning en la que posiblemente era la mayor entre un grupo de millenials listo para competir en el Tour de France. Después de casi una hora dándole a los pedales con un remix de música anfetamínica, la celulitis estaba bajo control, pero los músculos del cuello iban a su aire, ajenos a los efectos de la actividad aeróbica.

Es curioso cómo nos sentimos y nos imaginamos más jóvenes que nuestra edad biológica. En nuestro pensamiento se queda grabada la imagen lozana de la juventud y actuamos aferrados a la loca idea de que, al menos por fuera, el envoltorio de la maquinaria aguanta y hasta falsea el desgaste de los años. Pero el escote, más flácido y con creciente apariencia de pescuezo de milenaria tortuga, representa una gran lección de humildad inmune al bótox, a los estiramientos y a las cremas milagrosas. Verlo con la objetiva nitidez de las fotos y los dichosos selfies es como una suave bofetada que nos instala en la melancolía de lo inapelable: nos hacemos mayores y la edad del cuello es el verdadero carnet de identidad que nos avisa de que, a pesar del sprint, la carrera llega a su fin.


Hay quien tiene vocación de Dorian Gray y cubre los espejos, le hace photoshop a las imágenes o pasa por el quirófano para planchar las arrugas de ese cuello traidor. Otros siguen los prácticos consejos de Ephron, acumulando una surtida gama de turtlenecks como los que usaba Katharine Hepburn y recurriendo a la siempre elegante pashmina para disimular la papada.

Cubrimos el cuello como un crimen que hay que ocultar a toda costa: el de haber envejecido. Y al parecer, cuando se trata de las mujeres, es una falta imperdonable. Basta escuchar en la radio unos grimosos anuncios en los que unas señoras acceden a que sus esposos las lleven a clínicas cosméticas para que las cambien por otra más joven. Allá van con su pellejo caduco para que las moldeen de nuevo como barro viejo antes de ser devueltas a la fábrica como un artículo inservible y desvencijado.


En el espejo y en las fotos mi cuello es esa parte de la biografía que no admite revisiones ni disfraces. Me acompaña en el spinning, vibra con la música y conecta mi mente con mi corazón. Ha vivido mucho y no le pido más.

©FIRMAS PRESS

Twitter: @ginamontaner

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