Gina Montaner

Donald Trump y el abrazo del oso ruso

El presidente ruso Vladimir Putin en una reunión con su primer ministro adjunto Alexander Khloponin en el Kremlin, el 3 de marzo.
El presidente ruso Vladimir Putin en una reunión con su primer ministro adjunto Alexander Khloponin en el Kremlin, el 3 de marzo. AP

No hay Administración que se salve de un escándalo político que puede acercarla al abismo o directamente al despeñadero. A Nixon le costó la presidencia las escuchas de Watergate que destapó el Washington Post.

Bajo Reagan se produjo el affaire Irán-Contra. Bill Clinton se libró por poco del impeachment a raíz de su romance en la Casa Blanca con una becaria. A George W. Bush todavía lo persigue su errada invasión en Irak en busca de unas armas nucleares que no había. Y bajo el gobierno del ex presidente Obama el ataque y asesinato del embajador estadounidense en Bengasi puso en duda el buen juicio de la política que desempeñaba el Departamento de Estado que entonces dirigía Hillary Clinton.


Ahora, al cabo de algo más de un mes de asumir el poder, lejos de disiparse las sospechas de que el presidente Donald Trump y su entorno mantuvieron vínculos con el gobierno ruso durante la campaña electoral, éstas parecen cobrar más fuerzas. Antes de su triunfo el pasado 8 de noviembre, los medios y la propia Inteligencia estadounidense sacaron a la luz indicios de que el Kremlin había influido en el proceso electoral por medio de hackeos principalmente dirigidos contra la campaña de Clinton. En medio de la pugnaz contienda, Trump llegó a invitar públicamente a su hoy homólogo ruso, Vladimir Putin, a que interceptara los correos electrónicos de su rival demócrata. Declaraciones que en medio de un escándalo que se aviva no son peccata minuta.

Bien, primero se produjo la fulminante dimisión de su asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, por mantener contactos telefónicos durante la campaña con el embajador ruso en Washington, Sergei Kislyak, y ocultar dichos contactos a miembros de la actual administración como el propio vicepresidente Mike Pence. Unas semanas después el Fiscal General, Jeff Sessions, se ha visto obligado a inhibirse de cualquier investigación sobre la presunta conexión rusa. El entonces senador se reunió al menos dos veces con Kislyak en plena campaña y ocultó esta información al Senado cuando se le preguntó sobre ello en las audiencias de su confirmación.


Flynn ha dimitido, Sessions está en la cuerda floja y en cuestión de horas la lista de allegados al presidente que durante la campaña se reunieron con el diplomático ruso va en aumento, incluyendo a su yerno Jared Kushner y al menos otros dos asesores. Lo que está claro es que durante meses Sergei Kislyak le hizo la corte a la campaña del mandatario y viceversa.

Ante los medios Sessions ha sido muy impreciso a la hora de recordar lo que conversó en las dos ocasiones con este diplomático de carrera que en círculos de la Inteligencia lo señalan como un posible espía que vino del frío. Para ser el hombre más codiciado en el entorno del presidente, hay una especie de amnesia general sobre estos encuentros, cuando en el país se debatía acerca del peligro de que Putin y su aparato de espionaje estuviesen entrometiéndose en la contienda electoral con el fin de enturbiar el sistema democrático de un viejo adversario.


Con tino el New York Times –que junto al Washington Post está liderando las primicias en torno a la telaraña rusa– se refiere a Kislyak como el diplomático más “radiactivo” que ahora se pasea por Washington. Si hasta hace poco lo IN era ser su invitado para degustar comida rusa con vodka en su fortificada embajada, ahora acercarse a este firme defensor de las políticas del Kremlin equivale a sucumbir al mortífero polonio del que han sido víctimas algunos de los opositores de Putin.

Como sabemos, no hay nada más letal ni más difícil de romper que el abrazo de un oso. Especialmente si es un oso ruso.

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Twitter: @ginamontaner

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