GINA MONTANER: El tren exprés a Boston
No tomaba un tren de Amtrak desde principios de la década de los ochenta. En aquel entonces solía hacer viajes de ida y vuelta de Boston a Nueva York y en los trayectos aprovechaba para estudiar.
Ahora, muchos años después, regreso a la caótica Penn Station para hacer el trayecto que me llevará hasta el South Station de Boston, a unas pocas paradas de Cambridge, donde cursa estudios mi hija mayor. Me parece que los trenes hoy están más desvencijados, o al menos conservo en el recuerdo la imagen de vagones algo más lujosos, cuando aún tomar trenes estaba más en boga que subirse a aviones para recorridos relativamente cortos.
A pesar de que ni de lejos se compara a la comodidad y sofisticación de los trenes rápidos en Europa, una vez que me siento en la sección donde no se permite el uso de teléfonos móviles y se impone el silencio, recupero todo el encanto de aquellos viajes que hacía en mis años universitarios para visitar a mi novio de entonces.
Aunque estoy rodeada de viajeros absortos con sus ordenadores, en el trayecto de Nueva York a Boston me abstengo de usar el mío y me concentro en la lectura de las memorias de Candice Bergen. Un libro amable y entretenido en el que la protagonista de El grupo y Ricas y famosas relata, entre otras vivencias, su historia de amor con el desaparecido cineasta Louis Malle, director de películas inolvidables como El soplo al corazón y Adiós, muchachos. Los filmes de Malle, uno de los directores franceses situado en el olimpo con Truffaut, los había visto en mi juventud en los cines de arte y ensayo de Nueva York y Harvard Square. Leer sobre su compleja relación con la bella Candice Bergen es la perfecta lectura en este tren que me traslada de una ciudad a otra y del presente al pasado.
Son días de incipiente primavera en el noreste después de un duro invierno. La tarde se refleja luminosa contra el ventanal del vagón y el paisaje de casitas de madera se mueve con el tren en marcha. Todavía los árboles están semidesnudos y apenas se distinguen los colores que anuncian un clima más benigno. Leo sobre los vaivenes de la actriz entre California y Nueva York con escapadas a lugares exóticos que visitó con Malle. Y mientras paso las páginas, de reojo observo unas vistas que me devuelven lecturas de otros tiempos: las vidas en suburbia de los personajes de John Cheever. Pasiones ocultas bajo la frialdad de los gestos y el sonido imperceptible del Martini que sus protagonistas se llevan a los labios antes de pronunciar lo impronunciable. Y me vienen a la mente los libros que devoraba de Anne Beattie, escritos en su refugio de Vermont, último reducto de los hijos de Woodstock.
Una vez que nos alejamos del estado de Nueva York pasamos a la quietud de los campos de Connecticut y en la lejanía diviso patios traseros de hogares donde una familia se sentará a la mesa. Pienso, también, en las novelas de Philip Roth que con tanto placer he leído. Me pregunto si este tren pasará cerca de su finca en los Berkshires, donde vive recluido hace años y dedicado en cuerpo y alma a escribir desde el amanecer hasta la noche. El tren que me lleva del presente al pasado es una excursión literaria que recorre un desperdigado santuario de escritores consagrados que cada día luchan contra el síndrome de la página en blanco.
Cuando el tren arriba a Boston ya la luz del día es tenue. He dejado olvidada en el asiento del vagón las memorias de Candice Bergen. Louis Malle murió prematuramente y ella rehizo su vida. Le envío un mensaje de texto a mi hija. Ya llegué.
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Esta historia fue publicada originalmente el 19 de abril de 2015, 2:00 p. m. with the headline "GINA MONTANER: El tren exprés a Boston."