Gina Montaner

La devaluada casta del populismo

Sería una “catástrofe”. De ese modo se refirió a finales de mayo del año pasado el expresidente del Gobierno Felipe González en alusión velada a Podemos, el grupo político de izquierda radical que en España lidera Pablo Iglesias. Para González la “catástrofe” podía avecinarse si en su país y en Europa llegaban a triunfar “alternativas bolivarianas influidas por algunas utopías regresivas”.

Bien, eso fue lo que hace justo un año advirtió con preocupación, cuando los dirigentes de Podemos, con un discurso inspirado en el socialismo del siglo XXI del desaparecido Hugo Chávez, seducían a muchos votantes potenciales que no ocultaban su rechazo a los partidos tradicionales, sumidos en escandalosos casos de corrupción. Iglesias y su principal ideólogo, Juan Carlos Monedero, calificaban a los dirigentes del PP (centro-derecha) y del PSOE (socialdemócratas) de pertenecer a la desgastada “casta”. Ellos, en cambio, eran la alternativa que tenían como referentes a Marx, Fidel Castro o el propio Chávez. No en balde Monedero había pasado temporadas en Venezuela, donde cobró del gobierno chavista importantes sumas a cambio de asesoría.

Cuando González se mostró tan escéptico con el inesperado auge bolivariano en España, le llovieron críticas por parte del sector socialista más escorado a la izquierda. Y desde las filas de Podemos no perdieron tiempo en acusarlo de ser uno más de la “casta” que gestó la transición de la dictadura franquista a la democracia. Pero ahora, un año después de sus declaraciones, el panorama de la formación de Iglesias es muy distinto a la euforia de hace unos meses.

Monedero ha roto oficialmente con el partido que fundó y del que era el principal estratega; su ruptura se ha debido, o al menos así la ha justificado, por considerar que, en un afán por ganar adeptos entre el electorado más moderado y temeroso de revoluciones, Podemos ha pasado a formar parte de esa “casta” política de la que siempre ha renegado. O sea, Monedero, acaso el más coherente del grupo, no piensa renunciar a sus creencias comunistas y su lealtad al castrismo y el chavismo, en aras de no descender en unas encuestas de intención de voto en las que Podemos ha perdido gradualmente su fulgor inicial.

Pablo Iglesias, que tiene la capacidad del político de ocultar al lobo feroz bajo la piel de oveja, ha ido modificando su discurso con el objeto último de llegar al poder. Ahora, por ejemplo, ya no cita emocionado al difunto Chávez y dice sentirse identificado con la socialdemocracia sueca. Discurso que al bolivariano Monedero le da dentera y califica de “traición” a los ideales que hasta ahora habían defendido, exhibiendo como Biblia ideológica Las venas abiertas de América Latina, del recientemente desaparecido Eduardo Galeano.

En estos momentos Monedero ha de sentirse muy solo. Tan solo, que hasta el propio Galeano poco antes de morir llegó a decir de su famoso libro que cuando lo escribió “no tenía los suficientes conocimientos de economía ni de política”. Detalle que tal vez explicaría el estrepitoso fracaso de los modelos políticos que han seguido a pie juntillas el recetario del autor uruguayo.

Un año después de que González alertara de que experimentos como el bolivariano acaban por repartir “miseria”, el líder del PSOE ultima los detalles de su próximo viaje a Venezuela. Si no le impiden la entrada al país, se sumará al equipo de abogados que defiende la causa de Leopoldo López y la de otros opositores que, como el dirigente de Voluntad Popular, están injustamente encarcelados bajo el régimen de Nicolás Maduro. Mientras, en España las propuestas de Iglesias y su entorno se desinflan en guerras internas y comienzan a salir las grietas de un partido que nació de la admiración a la dictadura castrista y a un militar golpista como Chávez.

Embriagados por los cantos de sirena del populismo en tiempos de crisis, hace un año muy pocos en España apostaban por el lúcido análisis de Felipe González. Para él, el triunfo de esta corriente era sinónimo de catástrofe: “Ojalá no llegue pero, si llega, uno tendría el consuelo de decir ‘yo ya lo dije’”. Un año después, la “alternativa bolivariana” de Podemos ya no es todo lo que parecía ser.

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