Gina Montaner

Spike Lee, a puños contra el racismo

El cineasta Spike Lee asiste al estreno de su película ‘BlaKkKlansman’ en el auditorio Samuel Goldwyn de Beverly Hills, el 8 de agosto de 2018.
El cineasta Spike Lee asiste al estreno de su película ‘BlaKkKlansman’ en el auditorio Samuel Goldwyn de Beverly Hills, el 8 de agosto de 2018. Getty Images

Cuando se encendieron las luces todo era silencio en la sala. Poco después el público arrancó a aplaudir entre lágrimas y estremecimiento.

La acogida de un filme depende mucho de dónde se vea. Hace unos días tuve la suerte de ver BlaKkKlansman, el último filme de Spike Lee, en un cine en Brooklyn. El público era una muestra de la diversidad que se respira en sus calles. Un verdadero reflejo de las grandes ciudades estadounidenses, donde la etnia, la orientación sexual, la religión y el estilo de vida componen una infinita y variada paleta.

La nueva producción de Lee, uno de los directores más talentosos que despuntó en la década de los 80 con películas que hoy son clásicos como She’s gotta have it y Do the right thing, nos devuelve un cineasta en plena forma. El Spike Lee más comprometido, más potente y también más inspirado cinematográficamente después de un periodo en el que sus películas, aunque casi siempre originales y provocadoras, no conseguían conectar con el público.

Para deleite de sus seguidores, en esta ocasión ha salido al ring con la fuerza de su admirado Muhammad Ali. De principio a fin BlaKkKlansman tiene un ritmo trepidante que combina con sabiduría humor, intriga, acción y dramatismo para enfrentarnos a uno de los episodios más traumáticos de la historia del país: el racismo que pervive desde los tiempos de la esclavitud y una de sus manifestaciones más terribles: el Ku Klux Klan.

Si bien la cinta transcurre en los años 70 y está inspirada en las vivencias de Ron Stallworth, el primer agente afroamericano que contrató la policía de Colorado Springs, la maestría de Lee radica en servirse de ese hecho (aunque con algunas licencias) para mostrar que desde entonces hasta hoy el racismo subsiste como un cucarachero difícil de erradicar y sujeto a avivarse cíclicamente.

La historia de Stallworth es extraordinaria. Poco después de ser admitido en las fuerzas del orden, por medio de llamadas telefónicas en las que se hacía pasar por un blanco supremacista consigue infiltrarse en un grupo local del KKK.

Para poder hacerlo físicamente, necesitó la ayuda de un policía blanco (para mayor ironía, de origen judío) que llegó a reunirse con miembros de la organización que tenían planes de cometer actos violentos. Tanto Stallworth como su compañero llegaron a hablar y tener contacto con David Duke, más conocido en ese entonces como “Gran Mago” del KKK, quien llegó a tener cargos políticos y hasta hoy disemina su discurso tóxico entre los grupos de extrema derecha.

En una de las escenas más pavorosas del filme Duke preside una ceremonia de iniciación con integrantes del KKK encapuchados que, enardecidos, ven El Nacimiento de una nación, película seminal de D. W. Griffith por ser considerada pionera del cine moderno, pero también propulsora del florecimiento del KKK en 1915 por su retrato grotesco de las personas negras y el ensalzamiento de la supremacía blanca. Con destreza, Lee combina la sátira con el horror.

Los tipos que Stallworth y su colega vigilan de cerca son burdas caricaturas porque todo lo que encarnan, la ignorancia que acompaña al racismo y antisemitismo más crasos, es pura bufonada atávica, pero siguen los preceptos de un individuo -David Duke- que ha pasado por la universidad con lecturas como Mein Kampf, perversamente seducido por esa “solución final” que acabaría con “razas inferiores”. El espectador pasa de la risa ante tanto despropósito a la mueca que se congela en el espanto.

Pero Lee no nos permite quedarnos cómodamente con una anécdota de un pasado no tan lejano. Su estilo siempre ha sido confrontacional, pues las asignaturas pendientes siguen vivas como un incendio que no se apaga. Del KKK que en el Colorado Springs de los setenta quemaba cruces, acosaba a los negros y judíos y prometía acabar con la “escoria” gay, no es que queden simples cenizas, sino que su maléfica llama es inextinguible y hay quien hasta el día de hoy le echa leña para que todos ardamos en el odio y la división.

Hacia el final de la película hay un salto al presente con imágenes de hace un año en Charlottesville, cuando manifestantes con banderas confederadas y esvásticas tomaron las calles de la localidad y se enfrentaron a activistas que protestaron en su contra.

Aquel 11 de agosto, David Duke arengó a sus huestes y tuvo palabras de camaradería con el presidente Trump, a quien apoyó abiertamente en una campaña presidencial que hizo suyo el lema que mucho antes había acuñado el ex líder del KKK: “Hagamos América Grande”. El último instante mezcla la muerte de una joven, Heather Heyes, atropellada por un blanco supremacista que estrelló su auto contra la multitud, con las palabras de Trump, igualando a los que allí fueron a protestar con las acciones de los neonazis. En la sala solo se escuchó el estrépito del silencio.

Spike Lee ha salido a pelear sin guantes y les propina un nocaut a quienes hoy propagan el mal del racismo. Sin duda, un golpe maestro.

@ginamontaner ©FIRMAS PRESS

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