Gina Montaner

En brazos de la mujer madura

¿Cuándo se aproxima la mujer a la edad madura? El sentido común indica que serían pasados los cuarenta, pero la realidad parece ser muy distinta. Si no, que se lo pregunten a la actriz Maggie Gyllenhaal.

En una entrevista reciente, la conocida artista ha contado que la rechazaron para un papel por considerarla mayor a la hora de encarnar a una mujer de treinta y siete años que se enamora de un galán de cincuenta y cinco. Es decir, según los estándares de Hollywood, es poco creíble que un cincuentón pierda la cabeza por una señora a las puertas de la madurez.

Uno podría pensar que se trata de un fenómeno propio del mundo de cine, donde muchas actrices tendrían que recurrir a la cirugía plástica si aspiran a protagonizar una película de corte romántico con octogenarios como Clint Eastwood o Robert Duvall que exhiben con orgullo sus pronunciadas arrugas. Sin embargo, el doble rasero que impera en la meca del cine es un reflejo magnificado de lo que sucede en la vida real de carne y hueso perecederos.

El mundo está lleno de Maggie Gyllenhaals anónimas que, ya en la cuarentena, sencillamente dejan de cotizar en el peliagudo mercado de la búsqueda de pareja. Hablamos de mujeres atractivas y bien conservadas en esta era de ofensivas antienvejecimiento y brutales sesiones de Crossfit. Es ya un lugar común escuchar que entre los cuarenta y los cincuenta se convierten en seres invisibles a los ojos de los hombres, incluso para aquellos que son mayores que ellas. Hay todo un género de libros, blogs y películas que describen el camino que queda por recorrer como una larga y solitaria travesía rodeadas de un paisaje de exultante juventud que invade la mirada insaciable de los varones, cualquiera que sea su edad.

Hay una explicación evolutiva a este olvido en el que caen muchas mujeres cuando el calendario de sus vidas se añeja. El macho puede impregnar hasta una edad muy avanzada, y en su instinto animal pervive el deseo de buscar a las hembras mejor preparadas para la reproducción con el objeto de ir diseminando sus genes. La mujer, en cambio, tiene una fecha de caducidad que se activa con la cercanía de la menopausia: ese momento inevitable y melancólico en el que el reloj biológico se detiene en una tierra de nadie y la mujer parece echar a volar hacia el vacío como un globo extraviado. Es tanta la impronta de la naturaleza, que con la menopausia bajan dramáticamente los niveles de oxitocina (la sustancia del afecto) porque el apego de la maternidad ya no es necesario y, quién sabe, tal vez es un modo de amortiguar la desazón frente a la creciente indiferencia de los otros.

Entre el estupor y la indignación, Maggie Gyllenhaal nos revela que desde antes de cumplir los cuarenta la descartan porque un tipo de casi sesenta años a duras penas la encontraría sexy cuando hay veinteañeras por las que merece la pena consumir cantidades ingentes de Viagra, aún a riesgo de morir de un infarto. Abundan los sexagenarios ajenos a sus achaques que rechazan a una mujer de su quinta por considerarla “demasiado vieja”. De ese modo, se presenta un panorama desolador para señoras que, como tristes descartes, habrían de conformarse con auténticos ancianos si pretenden seguir dando vueltas en la noria del romance.

La activista Gloria Steinem, que a sus ochenta años conserva la legendaria belleza que en su juventud desafió el estereotipo de la feminista poco agraciada y con pelos en las axilas, dice que desde hace mucho vive más tranquila, liberada de la dictadura de las hormonas que nos atan al deseo carnal. Será, también, otro mecanismo de defensa que la naturaleza les reservó a las mujeres para compensar el mito del hombre que prefiere estar en brazos de la mujer madura. ¿Cuándo se instala la mujer en tan inhóspito erial? A Maggie Gyllenhaal la tomó por sorpresa. Nadie tiene la cortesía de avisar.

Siga a Gina Montaner en Twitter: @ginamontaner

www.firmaspress.com

© Firmas Press

  Comentarios