Gina Montaner

Venezuela, ¿dialogar o no dialogar?

Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela y presidente de la Asamblea Nacional, da un discurso en Caracas ante miles de seguidores el 5 de julio, día del aniversario de la declaración de independencia.
Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela y presidente de la Asamblea Nacional, da un discurso en Caracas ante miles de seguidores el 5 de julio, día del aniversario de la declaración de independencia. Getty Images

Se eterniza la agonía de Venezuela desde que hace más de 20 años se instaurara el chavismo en el país. Y como suele suceder con regímenes que se perpetúan a fuerza de represión, la lucha por el cambio pasa por altibajos. Momentos de gran esperanza que se alternan con épocas de desaliento porque no se puede divisar la luz al final de tan sombrío túnel.

A lo largo de los años la oposición ha explorado distintos caminos: desde la resistencia en manifestaciones pacíficas, hasta actos heroicos o suicidas como el que acabó con la vida del policía sublevado Óscar Pérez cuando fue acribillado en una emboscada dirigida por el gobierno de Nicolás Maduro.

En las calles de Caracas han desfilado opositores prominentes como Henrique Capriles, María Corina Machado o Leopoldo López, quien acabó en una cárcel militar, luego estuvo bajo arresto domiciliario y hoy vive refugiado en la embajada de España.

En esas mismas calles de la capital venezolana han muerto a tiros estudiantes valerosos y en el presidio político se pudren opositores como el diputado Juan Requesens.

Ha sido el joven político Juan Guaidó la última figura que ha surgido en la resistencia para, en el relevo generacional, portar la antorcha de la transición. Y desde que despuntara, con el apoyo del gobierno del presidente Donald Trump y de al menos 50 países que lo respaldan como presidente interino frente a la pantomima de Maduro, el militante de Voluntad Popular no ha cesado en sus esfuerzos por llevar adelante la titánica labor de dar el vuelco hacia un estado de derecho que se debilitó aceleradamente con la llegada al poder del desaparecido Hugo Chávez.

Hace tan solo unos días representantes del líder opositor y delegados chavistas discutían en la isla de Barbados posibles soluciones al callejón sin salida en que se ha convertido la realidad cotidiana de una nación empobrecida donde a diario se violan los derechos humanos.

Como era de esperar, no han tardado en brotar las críticas de quienes denuncian que Guaidó se pliega a los intereses del chavismo en su afán por un progreso que no acaba de producirse. Incluso hay sectores del exilio que lo ven como un “traidor” por no defender a ultranza una línea dura en la que no haya cabida para un diálogo en el que intercede un gobierno democrático como el de Noruega.

En medio del descontento el propio gobierno de Maduro intenta aprovechar la ocasión para anotarse tantos y Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional Constituyente (organismo creado por el chavismo) no pierde tiempo en asegurar que en las conversaciones no se contempla convocar elecciones. A fin de cuentas, lo único que les interesan a él y su entorno es ganar tiempo para sostener la corruptela y enriquecimiento del círculo de poder.

No habría por qué esperar más de personajes tan siniestros que tienen sus manos manchadas de la sangre del capitán de fragata Rafael Acosta, torturado hasta la muerte, así como la de otros opositores que han sido asesinados, tal y como señala el demoledor informe elaborado por la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para Derechos Humanos, Michelle Bachelet. Cuando gente de esta calaña se sienta en una mesa dizque a dialogar, su principal intención es la de mantenerse a flote o, si se ha tocado fondo, salvar su pellejo.

Es evidente que, a pesar de su fracaso estrepitoso, el régimen chavista todavía tiene capacidad de maniobrar, pero eso no invalida a una oposición que examina todos los senderos posibles para que se abra la espita al cambio.

Y como en toda negociación en medio de un conflicto, el diálogo conlleva el peligro de avanzar sobre una cuerda floja. El dilema hamletiano es inevitable: ¿dialogar o no dialogar?

Lo que resulta injusto es denostar a Guaidó y otros opositores que, bajo el asedio en Venezuela, hacen gestiones contrarreloj con el fin de encontrar ese resquicio por el que algún día los venezolanos recuperarán la dignidad.

A estas alturas ya se sabe que por mucho que Washington brame, esa fina línea divisoria que supuestamente podría acabar de un plumazo (más bien de un cañonazo) con Maduro y sus militares se desdibuja en el aire. La oposición está esencialmente sola.

Puede que Guaidó y otros opositores del momento se queden en el camino de esta dura travesía. No es infrecuente en las gestas contra dictaduras que aplastan al contrario sin miramientos.

En las guerras hay aciertos, errores y hasta puro azar. Deseémosles suerte a quienes cada día se levantan para dar la batalla por la libertad.

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