Gina Montaner

Las reglas de ayer son el pasado: el caso de Plácido Domingo

Plácido Domingo.
Plácido Domingo. AFP/Getty Images

El escándalo en torno al célebre tenor Plácido Domingo sigue trayendo cola. Todo surgió a raíz de una exclusiva de la agencia AP en la que diversas mujeres, la mayoría de forma anónima, acusaban al artista español de haber protagonizado episodios de acoso sexual a lo largo de su carrera.

Después de que salieran a la luz las primeras denuncias hubo otra tanda de acusaciones en las que Domingo era retratado como un tipo de comportamiento rijoso y, haciendo uso de su poder en el mundo de la ópera, supuestamente era pertinaz en su intento por besar o tocar “indebidamente” a mujeres que en algún momento se cruzaron con él en los escenarios y camerinos.

De inmediato el aclamado tenor se defendió, asegurando que eran acusaciones llenas de inexactitudes y que, echando la vista atrás, para él habían sido relaciones “consensuadas”. Pero llegó a reconocer en un comunicado: “las reglas y estándares por los cuales somos, y debemos ser medidos hoy, son muy diferentes de lo que eran en el pasado.”

Es la palabra de una figura venerada contra la de una serie de mujeres que sintieron la necesidad de dar a conocer un lado del artista que, de ser cierto, puede resultar nocivo en un ambiente profesional.

Al admitir Domingo que tal vez su reprobable comportamiento ha sido el reflejo de una época y valores desfasados, da en el clavo en un asunto espinoso que no tiene vuelta de hoja: si alguna vez se toleraron las salidas de tono con mujeres por parte de individuos a los que un beso al vuelo, una palmadita en el trasero, un arrinconamiento en una esquina o un comentario vulgar les parecía una gracia o un simple galanteo, hoy en día forman parte del pleistoceno.

Sin embargo, la cuestión de propasarse con las mujeres continúa abriendo brechas entre muchos hombre y mujeres. Sin ir más lejos, recientemente dos prestigiosos autores y columnistas del periódico español El País exhibían en las mismas páginas puntos de vista diametralmente opuestos sobre el Affaire Plácido Domingo.

Rosa Montero ponía en tela de juicio el incondicional fervor de quienes defienden a capa y espada al tenor, anteponiendo sus indudables dotes artísticas a sus posibles debilidades carnales. Para Montero, quien no descarta que pueden haber acusaciones falsas, el argumento de que no tiene validez denunciar estos “acosos” después de muchos años obedece a un prejuicio: la perniciosa idea de que si algo sucedió es porque la mujer lo buscó o lo propició. Guardar silencio, lejos de poder deberse al temor de represalias, se convierte en complicidad con el supuesto victimario.

Como contrapartida, el novelista Javier Marías en su columna descalificaba cualquier denuncia que sea anónima, consideraba “exagerada” la cobertura de la noticia sobre las acusaciones que pesan sobre Domingo, a quien describe como un común “ligón”. Marías defiende que hay que acabar con la cada vez más extendida cultura de lo políticamente correcto, pues deriva en “juicios populares precipitados”.

Los puntos de vista de Rosa Montero y Javier Marías resaltan un debate que discurre en las casas, en los trabajos, en los cafés, entre amigos de toda la vida. Discusiones que por momentos levantan ampollas y suscitan diferencias insalvables.

Para mí es inevitable preguntarme (no solo en lo que concierne a Plácido Domingo, pero también en otros casos sonados) cómo es posible que un buen número de alegaciones sean meros inventos que no obedecen a una realidad, sino a pura invención de mujeres volubles, enredadoras o feministas radicales.

Cuando en un trabajo o en un entorno social he escuchado de la fama de “fresco” o “libidinoso” de un hombre, rara vez se ha tratado de una conjetura sin fundamento. Más bien todo lo contrario. Y de los amigos, conocidos o colegas cuyo comportamiento con las mujeres siempre ha sido correcto, pues sencillamente no circulan leyendas de excesos o procacidades.

No debe tomarse nunca a la ligera lo que una mujer pueda llegar a denunciar años después en lo que respecta a episodios de acoso o abuso sexual.

Desgraciadamente, a lo largo de la historia han sobrado hombres que han cometido este tipo de abusos aprovechándose de su poder, de su influencia o de su fuerza física. Ocurre en la intimidad de las familias, en el medio académico, en empresas, en el ambiente artístico.

Es algo que se ha repetido una y otra vez, pero que afortunadamente ha cambiado gradualmente gracias al avance en las leyes que han obligado a encaminarnos hacia la igualdad.

No obstante, los tiempos no han cambiado lo suficiente. De ahí el abismo entre unos y otros cuando estallan historias como la que ahora empaña la reputación de Plácido Domingo.

Hoy en día, quienquiera que se mida por las reglas de ayer está atrapado en el pasado.

Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS

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