Gina Montaner

Un país forjado por inmigrantes, cierra su puerta dorada a los refugiados

Un grupo de venezolanos camina el 13 de julio de 2019 por una acera cercana al Terminal de Transporte de Bogotá (Colombia).
Un grupo de venezolanos camina el 13 de julio de 2019 por una acera cercana al Terminal de Transporte de Bogotá (Colombia). EFE

En medio del escándalo político que se ha desatado por las revelaciones sobre la llamada del presidente Donald Trump a su homólogo ucraniano Volodimir Zelenski, y que podría derivar en impeachment, en una rueda de prensa el mandatario estadounidense insistía en la construcción del muro.

Con sus palabras, dirigidas al tenaz entusiasmo de su base, parecía querer espantar el último embrollo en el que se ha metido, centrándose en uno de los lemas que más enardecen en los mítines que preside: recortar al máximo tanto la inmigración legal como el ingreso de indocumentados por la frontera sur.

Precisamente el pasado jueves el Departamento de Estado anunció un corte importante en el programa de refugiados: en 2019 serán admitidos un tope de 18,000 refugiados, un 40% menos que el máximo admitido este año. Desde el comienzo de la administración Trump el número descendió significativamente, ya que en el gobierno de Obama (cada presidente determina el cupo máximo) entraron anualmente entre 75,000 y 85,000 refugiados.

Ha sido parte fundamental de la historia de Estados Unidos el recibimiento de refugiados de todo el mundo, que se definen como aquellas personas que han sido desplazadas de sus países de origen por guerras o catástrofes humanitarias; o que han tenido que huir por persecución política.

Fue en 1980 cuando, bajo el gobierno de Jimmy Carter e inspirada en protocolos de las Naciones Unidas, se estableció la Ley de Refugiados (una enmienda de la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1965), con el fin de crear un mecanismo uniforme de admisión en el país que respondiera de manera diligente a las necesidades de estos individuos.

Gracias a esta generosa hospitalidad comunidades perseguidas o en desgracia han podido insertarse a una vibrante sociedad multicultural. Sin embargo, el discurso de nacionalismo étnico agitado por Trump bajo el auspicio de ideólogos como Steve Bannon (hoy defenestrado de su círculo) y Stephen Miller, señalado como el principal arquitecto de su política antiinmigrante, tiene como misión devolver al país a una suerte de pasado mítico donde se recuperarían los valores “americanos” que al parecer la presencia de ciertos extranjeros contamina o desvirtúa.

Un análisis reciente del Pew Research Center con datos del Departamento de Estado indica que por primera vez en décadas Estados Unidos ya no es el número uno del mundo en admitir el mayor número de refugiados. No bastaba con la soflama de los muros infranqueables, la separación de familias como método “disuasorio” o los menores migrantes desperdigados en centros que son como agujeros negros. A partir de ahora, desplazados como la legión de venezolanos que deambula por el mundo sufrirán en carne propia esta drástica reducción.

¿Acaso el gobierno de Trump se hace eco de una extendida tendencia antiinmigrante?

Eso no es nada nuevo porque los sentimientos encontrados hacia los refugiados siempre han estado presentes. Por ejemplo, en dicho análisis el Pew Research menciona encuestas del pasado: cuando el flujo de refugiados de Indochina en 1979, un 62% se oponía a que se duplicara el número de admisiones frente a un 34% que lo apoyaba. Al producirse el éxodo del Mariel en 1980, un 71% de estadounidenses se manifestó en contra de que se les otorgara refugio a los cubanos comparado a un 25% que lo respaldaba. En cambio, cuando estalló la crisis de sirios desplazados en 2017, un 47% consideró que era necesario recibirlos frente a un 48% que no lo percibía como responsabilidad de los estadounidenses.

Los vaivenes de la opinión pública son comunes, pero los sucesivos gobiernos en Washington han respetado una vieja tradición que ha sido sello de una nación forjada por oleadas migratorias, y no todas, por cierto, voluntarias, como fue el caso de los millones de esclavos que los europeos trasplantaron de África a partir de 1619.

Tanto han cambiado los valores en Washington, que hace poco el director de Servicios de Ciudadanía e Inmigración, Ken Cuccinelli, pretendió darle otra lectura al célebre poema de Emma Lazarus colocado en el pedestal de la Estatua de la Libertad, al afirmar que daba la bienvenida en particular a personas provenientes de Europa. El soneto concluye así, ¡Yo elevo mi faro detrás de la puerta dorada! Una puerta dorada que hoy se cierra.

Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS

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