Gina Montaner

El fabulador en jefe termina creyendo sus mentiras

El presidente Donald Trump regresa a la Casa Blanca en Washington después de visitar el sábado 5 de octubre de 2019 el Trump National Golf Club en Sterling, Virginia.
El presidente Donald Trump regresa a la Casa Blanca en Washington después de visitar el sábado 5 de octubre de 2019 el Trump National Golf Club en Sterling, Virginia. AP

Uno de los lemas que más repitió Donald Trump en la campaña electoral de 2016 era que eliminaría el “pantano” de la clase política tradicional en Washington. A pesar se ser un magnate que siempre había navegado en la opulencia del establishment, se presentaba envuelto en un aura de outsider que haría estallar por los aires el engranaje de los dos grandes partidos políticos.

Desde el principio, parte de su estrategia para dinamitar los mecanismos establecidos ha sido la de hacerse eco de teorías de conspiración que, aunque carentes de fundamento, se han visto adornadas de narrativas que se transforman en falsas verdades.

Pensemos en la génesis de su ambición política, cuando contribuyó a la elaboración de una falsedad: la creación del movimiento Birther, con el actual presidente asegurando que había pruebas fehacientes de que Barack Obama había nacido en Kenia. De lo que se deducía que su certificado de nacimiento era un documento falsificado con el propósito de que un intruso (o sea, un extranjero) ocupara la Casa Blanca. Hasta el día de hoy, los birthers continúan diseminando este bulo sobre el primer presidente afroamericano del país.

Cuando Trump aspiraba a ser el nominado del Partido Republicano, no dudó en denunciar que el padre de uno de sus contendientes, el senador cubanoamericano Ted Cruz, había estado implicado en el asesinato de John F. Kennedy. Cruz, entre indignado y sorprendido por tamaña difamación, llegó a jurar que nunca le perdonaría tales descalificativos. Pasado el tiempo el senador por Texas hizo las paces con Trump. Nunca sabremos si su propio padre habría perdonado al presidente por haber manchado su buen nombre.

Claro está, de aquella contienda la más vapuleada fue Hillary Clinton, enredada de la noche a la mañana en la madeja de la injerencia rusa (en años venideros los libros de historia se encargarán de desentrañar la trama), con la ominosa sombra de Putin pisándole los talones, y listo para lanzar un ejército de hackers dispuesto a desestabilizar las más robustas democracias. Sólo bastaba con darle luz verde. En el verano de 2016 Trump conminaba públicamente al Kremlin a hurgar en los e-mails de la candidata demócrata. Fue dicho y hecho.

De todas las teorías de conspiración que el entorno de Trump lanzó en las redes sociales, la más asombrosa, y también la más peregrina, fue la que se dio a conocer como el Pizzagate: en aquel relato escabroso Hillary Clinton y su jefe de campaña John Podesta lideraban una supuesta red de pederastas que abusaba de niños en los bajos de una popular pizzería en Washington. La calumnia se esparció como una bola de fuego entre seguidores del Alt-right. Un buen día, un hombre se apareció en el establecimiento armado con un rifle que llegó a disparar para “salvar” a los niños. Afortunadamente nadie resultó herido, pero muchos quedaron convencidos de que el Pizzagate era cierto.

En una conversación de sobremesa esta descabellada fabricación parecería un chiste malo. Sin embargo, forma parte de las leyendas que rodean a la teoría de la conspiración en torno a lo que se denomina el deep state, una suerte de cloaca habitada por siniestros funcionarios que manejan un gobierno paralelo. El concepto, divulgado por el comentarista de la derecha radical Alex Jones y Roger Stone, uno de los mentores de Trump, ha alimentado las paranoias del presidente. Sin ir más lejos, Stone (encausado en la investigación sobre la injerencia rusa en las pasadas elecciones) llegó a escribir un libro defendiendo la hipótesis de que Johnson fue quien mandó a matar a Kennedy.

En la llamada que el pasado 25 de julio el presidente le hizo a su homólogo ucraniano, más allá de pedirle que investigara a Biden padre e hijo en un aparente esfuerzo por torpedear a Joe Biden de cara a los comicios en 2020, llama la atención cuando hace mención a CrowdStrike, en referencia a un supuesto servidor del Comité Nacional Demócrata escondido en Ucrania. Como si se tratara de la misteriosa referencia a Rosebud en Ciudadano Kane.

Para los fans de las teorías de conspiración más tóxicas, Trump pretende darle la vuelta a la interferencia del gobierno ruso documentada en el Informe Mueller: su relato en este universo Matrix es que los demócratas trataban de descarrilar su carrera a la Casa Blanca y enterraron su complot en algún rincón de Kiev.

Dicen que los fabuladores acaban por creer sus propias invenciones. La trama de la trama es cada vez más profunda.

Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS

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