El segundo encierro del coronavirus y los que vendrán
Fue una vana ilusión. El deseo de que con la reapertura el coronavirus desaparecería por arte de magia demostró la poca capacidad de muchos para adaptarse a una dura realidad: en vista de que por ahora no hay una vacuna que ponga freno a la pandemia, una vida más recogida es la única alternativa.
La disyuntiva entre el esfuerzo por mantener a flote la economía y a la vez salvaguardar la integridad física de los ciudadanos se ha convertido en un delicado tira y afloja.
Lógicamente, los políticos y la clase empresarial se alarman ante una situación que nos coloca en una recesión y la paralización de la actividad económica. De ahí que la propia clase política también ha contribuido a divulgar el espejismo de una “nueva normalidad”, apresurándose a relajar medidas cuando en realidad lo que ha salvado muchas vidas desde que estalló la pandemia han sido las severas órdenes de confinamiento y distancia social.
En Europa, donde países como Italia y España han padecido trágicas consecuencias con miles de muertos, el aislamiento fue draconiano y ahora se ensayan las fases de desescalada con extremo cuidado y mucho temor ante los rebrotes que surgen aquí y allá.
El trauma aún pervive en la frágil memoria colectiva, pero ese anhelo por volver a la vida en las calles por momentos atropella el sentido común. Los europeos tantean el terreno sin renunciar a las mascarillas y otras restricciones, conscientes de que podrían retroceder a un prolongado encierro para evitar la tragedia de meses pasados.
Tanta es la cautela al otro lado del Atlántico, que la Unión Europea está contemplando no permitir la entrada de viajeros procedentes de Estados Unidos, territorio ahora convertido en ejemplo de descontrol a medida que los casos de COVID-19 aumentan de forma alarmante.
El confinamiento nunca fue tan drástico y, a pesar de las insistentes recomendaciones de los expertos médicos, a estas alturas el uso o no de mascarillas continúa siendo objeto de un debate más ideológico que de carácter sanitario. Ajenos al peligro real de contagio, los espíritus más afines a pensamientos libertarios que colindan con la facción del “Tea Party” consideran que el uso obligatorio de las máscaras vulnera sus derechos. Una extraña gresca dialéctica en medio de un estado de alarma.
Por más que algunos se empeñen en vivir en “el país de nunca jamás” con prácticas que oscilan entre el infantilismo y la irresponsabilidad, las preocupantes cifras son la prueba de que no hay vuelta atrás mientras no haya una solución. La existencia que discurría con sus ritos, sus placeres y sus evasiones por el momento se ha arrinconado en el desván. La de ahora es una vida más áspera, centrada en la supervivencia y exenta de felices escapadas.
Todo parece indicar que la reclusión intermitente será el único modo de detener el avance de un virus que se alimenta del calor humano. Y a los adultos, como sucede con los niños, les está costando comprender que solo si se obedecen las normas se podrá impedir una catástrofe como la que a principios de año nos sorprendió con la fuerza de un tsunami, a pesar de que la gigantesca ola del coronavirus se asomaba en el horizonte.
Un segundo encierro (y los que puedan venir) ya no se experimentará con el indefenso estupor de la primera vez. Tampoco vendrá acompañado de la singular novedad de hacer de la casa un universo abarcador.
Es posible que haya fatiga con la elaboración de pan casero, las largas horas de teletrabajo y la retahíla de vídeo conferencias por Zoom. La “nueva normalidad” se habrá añejado para transformarse en simple rutina.
Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS