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Gina Montaner

El mundo de Macondo en Jerusalén

La definición de “designio” es la de una intención o un propósito. Para una persona creyente la existencia puede girar en torno a un mandato divino, mientras que para un agnóstico la vida sencillamente se moldea por medio de la voluntad propia que traza el libre albedrío.

En estos tiempos en los que el destino de todos parece estar en manos de los designios de un virus insospechado, en el confinamiento los maratones de series que produce Netflix (al menos por ahora sucedáneo de la experiencia de ir al cine) nos permiten asomarnos a otros mundos. Así es cómo descubrí una serie que en Israel se estrenó en 2013 pero recientemente ha alcanzado reconocimiento internacional.

A lo largo de dos temporadas (la tercera entrega ya se está filmando) Shtisel sigue la saga de una familia hasídica, los Shtisel, cuya vida insular se desarrolla en una de las zonas ultra ortodoxas de la milenaria ciudad. Con la mirada cercana de uno de sus creadores, que creció en el seno de una comunidad hasídica, la serie no pretende ser un manifiesto de rebeldía como lo fue Unorthodox, otra magnífica producción disponible en Netflix, sino una crónica de la vida cotidiana de una secta regida por un estricto código religioso que observa los 613 mandamientos del Torá.

Lejos del drama, pero siempre rozando las fibras más delicadas del corazón, en Shtisel el patriarca de la familia y su prole batallan en el día a día de las contradicciones, los cambios generacionales, los amores, las frustraciones, los desencuentros, las pérdidas y los anhelos. Aunque los Shtisel procuran seguir las normas al pie de la letra, sus enredos emocionales no distan mucho de los que surgen en un mundo secular. A fin de cuentas, la mente es un cajón de sastre insondable que puede escapar a los preceptos más estrictos.

En un universo en el que la rutina más pedestre se mezcla con instantáneas oníricas que evocan las ensoñaciones de los cuadros de Chagall (el arte aparece como un elemento entre transgresor y benéfico a lo largo de la serie), la dualidad entre la libre elección y la predestinación de la que escribiera Calderón de la Barca revolotean en la cabeza del joven protagonista: Akiva no se plantea abandonar su comunidad ni tiene vocación de disidente, pero por momentos su ánimo contempla el principio calderoniano de que “la vida es sueño, y los sueños, sueños son”, a la vez que intenta forjar su propia identidad frente a una figura paterna dominante.

El destino de los hombres y mujeres que desfilan en los 24 episodios de una serie tejida con esmero poético está escrito por designio divino, pero la propia existencia terrenal los lleva por meandros inesperados que se abren como riadas. Y es en estos recovecos donde la narración de Shtisel se hace tan universal y abarcadora como La Comedia Humana de Balzac en la Francia convulsa del XIX. Y hasta en las visiones que tienen los Shtisel, con muertos que visitan a los vivos a horas intempestivas, una suerte de realismo mágico hace de las estrechas calles del barrio de Geula un Macondo pasado por la liturgia del Torá y el Talmud. Shulem Shtisel, el pater familias, bien podría ser un rabínico Aureliano Buendía.

A primera vista los ámbitos seculares y religiosos pueden parecer mundos que no llegan a tocarse, pero las aspiraciones más íntimas del ser humano son reconocibles, aunque se manifiesten (o se oculten) de maneras muy distintas. Cuando un individuo devoto ama, sufre, yerra o goza, se enfrenta al mismo abanico de sentimientos que su par secular. Podemos levantarnos cada mañana convencidos de que los designios divinos o los humanos tiran del hilo de nuestras acciones, pero el sol que nos alumbra es el mismo.

Cuando alguien se estremece en la ciudad vieja y amurallada de Jerusalén, su eco llega a otros confines. Shtisel nos recuerda que la vida es una monumental Comedia Humana.

Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de julio de 2020, 4:32 p. m..

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