Arrecia la pandemia del coronavirus y EEUU está huérfano de gobierno | Opinión
Los expertos médicos lo advirtieron. Los meses de invierno serían los más difíciles a la hora de combatir el coronavirus. Y sus avisos ya son una ominosa realidad: en Estados Unidos hay más de 65,000 personas hospitalizadas y la cifra de muertos supera los 240,000. En el país se recrudece la crisis sanitaria y la precariedad de la economía.
En medio de la incertidumbre con hospitales que vuelven a llenarse y largas colas para hacerse la prueba del COVID-19, los ciudadanos se hallan ante un vacío de poder que da vértigo. Desde que se proyectó como presidente electo a Joe Biden tras alcanzar los 270 votos electorales necesarios para ocupar la Casa Blanca, el presidente en funciones Donald Trump se ha dedicado a rumiar su contrariedad y a airear teorías de conspiración en las redes sociales con el propósito de poner en tela de juicio la integridad del proceso electoral.
A la vez que los acontecimientos siguen su curso, con funcionarios recalcando que no hubo fraude electoral alguno y el equipo de Biden preparándose para tomar las riendas de una nación maltrecha, Trump se encerró en el laberinto de su terco narcisismo, tramando junto a asesores como Rudy Giuliani todo tipo de ardides que pretenden dar al traste con la robusta democracia estadounidense. Sin duda, algo insólito que tiene perplejos hasta a generales que han proclamado ser fieles a la Constitución y no a aspirantes a “dictadores”.
El problema es que mientras el mandatario saliente deshoja la amarga margarita del descalabro, los estadounidenses están prácticamente a la intemperie, huérfanos de un gobierno que tome medidas de contención ante el avance de la pandemia.
Tras su derrota, el presidente se ha centrado en lanzar dardos envenenados desde su cuenta de Twitter, jugar al golf con cara de pocos amigos y comparecer con gesto pétreo en actos oficiales. El pasado viernes hizo declaraciones sobre las gestiones de su administración en referencia al coronavirus y la esperanza de que pronto haya una vacuna, pero han sido insuficientes sus mensajes de aliento desde la Casa Blanca para asegurarle a la población que se está trabajando de cerca con los asesores médicos que en los últimos meses han arrojado luz en medio de las tinieblas.
Más bien, lo que se sabe es que desde hace tiempo Trump no se reúne con eminencias como los doctores Anthony Fauci y Deborah Birx, a quienes ha denostado públicamente. Antes de encerrarse por el revés de una contienda electoral que para él solo valía si salía ganador, el presidente minimizó la amenaza del virus presidiendo mítines que parecían convenciones de negacionistas; y su discurso ha sido el de enfrentar la economía con la salud como si se tratara de dos enemigos.
Lo cierto es que poco después de que estallara la pandemia Trump mostró señales de que lo importunaba una crisis que ponía en peligro lo que para él sería una fácil victoria. Amigo de lemas fáciles como “Make America Great Again” y de hipérboles, la cruda realidad de una epidemia global hacía añicos la receta populista con soluciones mágicas. Había llegado la hora de arremangarse junto a un pueblo que perdía seres queridos. Toda una cura de humildad para quien desconoce ese sentimiento.
Si el presidente ya no tenía paciencia con una situación que exigía dominio, prudencia y escuchar los consejos de quienes realmente tienen los conocimientos, su derrota va acompañada de la insensibilidad hacia las tribulaciones que atraviesa el país. En el tiempo que le queda en la Casa Blanca no debe dejar a su suerte a los estadounidenses.
Cuando los expertos anticiparon que los meses venideros serían duros, no podían adivinar que al temor por la pandemia se sumaría el descuido de un presidente más preocupado por su orgullo herido que por las vidas de quienes supuestamente sirve.
El país está a la deriva y a la buena de Dios. Al menos hasta el próximo 20 de enero.
Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de noviembre de 2020, 4:37 p. m..