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Gina Montaner

Trump y la estela de destrucción que deja su populismo | Opinión

(FILES) In this file photo taken on January 6, 2021 riot police push back a crowd of supporters of US President Donald Trump after they stormed the Capitol building in Washington, DC. - A US Capitol Police officer has died of injuries sustained during clashes with a mob of President Donald Trump’s supporters who overran a session of Congress, police said late on January 7, 2021. Officer Brian Sicknick was “responding to the riots on Wednesday, January 6, 2021, at the US Capitol and was injured while physically engaging with protesters,” Capitol Police said in a statement. (Photo by ROBERTO SCHMIDT / AFP) (Photo by ROBERTO SCHMIDT/AFP via Getty Images)
(FILES) In this file photo taken on January 6, 2021 riot police push back a crowd of supporters of US President Donald Trump after they stormed the Capitol building in Washington, DC. - A US Capitol Police officer has died of injuries sustained during clashes with a mob of President Donald Trump’s supporters who overran a session of Congress, police said late on January 7, 2021. Officer Brian Sicknick was “responding to the riots on Wednesday, January 6, 2021, at the US Capitol and was injured while physically engaging with protesters,” Capitol Police said in a statement. (Photo by ROBERTO SCHMIDT / AFP) (Photo by ROBERTO SCHMIDT/AFP via Getty Images) AFP/Getty Images

Por más vueltas que se le dé a los hechos del pasado 6 de enero, sin duda el asalto violento al Capitolio marca un antes y un después en la historia reciente de Estados Unidos.

En estos momentos una de las discusiones que se escuchan en las televisiones es si el daño infligido tendrá consecuencias duraderas, o si los mecanismos de la democracia estadounidense son lo suficientemente robustos para dejar atrás el trauma colectivo que han representado cuatro años de gobierno bajo la errática batuta del presidente Donald Trump.

Me temo que las imágenes, videos e informaciones que van saliendo a la luz acerca de la turba trumpista que irrumpió en el Congreso, ponen de manifiesto que el desorden de los valores es mucho más profundo de lo que ya se vislumbraba. Uno de los fallos que se repite una y otra vez es subestimar la estela destructiva que acompaña a los líderes populistas. Si la visión del gobernante es la de intoxicar a la gente con mentiras, teorías de conspiración y chivos expiatorios con tal de ejercer el abuso de poder y aniquilar a sus contrarios, el mal de dicha retórica acaba por emponzoñar a unos y otros.

Precisamente si algo ha conseguido Trump es horadar a conciencia una división ideológica que va más allá de diferencias partidistas. A fin de cuentas, la brecha ya está presente en las filas republicanas, donde un sector del partido está tan consternado como tantos en la nación por el bochornoso espectáculo de manifestantes que tomaron el Congreso con la misión de malograr el proceso de confirmación de Joe Biden como presidente. El día después de los graves disturbios no solo los demócratas sopesaban la salida inmediata de Trump. Hasta en la Casa Blanca los adeptos más fieles comenzaban a abandonar una nave que el presidente torpedeó desde el principio.

Resulta bastante patético que a estas alturas haya expresiones de asombro por los sucesos que han degradado la ya maltrecha imagen de Estados Unidos en el mundo. Seguidores del mandatario hasta la víspera del asalto ahora se dan golpes de pecho y claman que debió haber hecho más por impedir tan peligroso despropósito. Pero es como esperar que el pirómano no queme el bosque. Después de una derrota electoral que nunca estuvo dispuesto a aceptar (en 2016 ya advirtió que si ganaba Hillary Clinton sería por fraude electoral), fue el propio presidente quien conminó a sus huestes a marchar hasta el Capitolio para impedir la certificación de Biden como presidente.

Dicho y hecho. Los deseos de Trump son órdenes y así fue como lo siguieron como el flautista de Hamelín, dispuestos a librar una “guerra civil” con tal de mantener en el poder al presidente saliente. El testimonio gráfico de lo que se desató en el Capitolio muestra a una multitud de fanáticos que pasa de la protesta al ataque ante la insólita inoperancia de unas fuerzas del orden que actuaron tarde y mal.

Un día después Trump grabó un mensaje en el que afirmaba que esos hombres y mujeres que secundaron sus incitaciones “pagarían” por sus actos. Como quien ya se ha fatigado de armar jaleos por gusto sin conseguir lo que se proponía, marca distancias con esa base ciegamente fiel que salió a defender hasta las últimas consecuencias al jefe de la secta.

Tratándose de una psiquis profundamente narcisista como la del presidente, con el paso del tiempo tal vez haya que concluir que el trumpismo no ha sido nada más que el culto a la personalidad de un personaje caprichoso y cruel. Suele suceder con los que tienen vocación de caudillos y alcanzan el poder.

Ahora que Trump ha de resignarse a una incontestable realidad que no ha podido hacer añicos con sus manipulaciones, deja en la cuneta a los incautos que hicieron el trabajo sucio por él.

En las cuatro horas que duró el acto de sedición, el líder nunca apareció para inmolarse heroicamente con sus defensores a ultranza. La transición ha comenzado con un reguero de juguetes rotos.

Siga a Gina Montaner en Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de enero de 2021, 3:37 p. m..

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