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Gina Montaner

No debemos juzgar a las madres que envían a sus hijos a la frontera de Estados Unidos | Opinión

Migrantes abordan un autobús en Brownsville, Texas, luego de ser liberados por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza el 18 de febrero de 2021.
Migrantes abordan un autobús en Brownsville, Texas, luego de ser liberados por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza el 18 de febrero de 2021. The New York Times

Hace seis décadas mi madre fue la primera de la familia que llegó a Estados Unidos huyendo del régimen comunista en Cuba. Era la única que tenía una visa y fueron mis abuelas, dos matriarcas en toda la regla, quienes tuvieron que convencerla para que abordara el ferry que entonces llegaba a Palm Beach. Luego, poco a poco, irían saliendo los demás.

Antes de embarcar en una corta travesía que no tendría fecha de regreso, mi madre intentó subirme al barco como polizón pero se lo prohibieron. Me había tenido a los 18 años y le resultaba muy doloroso dejarme atrás siendo una bebé de meses. Hasta el día de hoy no puede evitar las lágrimas al rememorar cuando partió separándose de mi padre, en ese momento encarcelado, de su pequeña hija y de todos sus seres queridos.

Mis abuelas le dijeron que debía ser fuerte y le aseguraron que pronto nos reuniríamos, pero a lo largo de los meses que duró la separación mi madre temió en muchas ocasiones que nunca nos volvería a ver y llegó a pensar que había sido un grave error dar un paso por el bien de todos que podía significar un alejamiento permanente.

No puedo evitar pensar en el dilema que tuvo que afrontar mi madre cuando veo las noticias e imágenes de la cantidad de personas, muchas de ellas madres de familia, que actualmente están atravesando Centroamérica para alcanzar la frontera sur con Estados Unidos.

Son mujeres que hacen la peligrosa travesía con sus hijos, algunas criaturas de brazos. Hay quienes tomaron la arriesgada decisión de mandar a sus retoños con otros adultos o acompañados de “coyotes” a cambio de dinero, con el objetivo de salvarlos de la violencia o la pobreza extrema en sus países.

La cuestión es que, por distintas circunstancias pero bajo condiciones apremiantes, en lo que coinciden las sucesivas oleadas migratorias es en la desesperación de seres que llegan a la conclusión de que deben emprender una huida hacia delante con miras a un futuro mejor.

Sin duda, a principios de 1960 mi familia, como tantas otras en la isla, estaba dispuesta a tomar grandes riesgos antes que permanecer en un país abocado a una cruel dictadura.

En nuestro caso todo salió bien. Eventualmente pudimos emprender una nueva vida en el exterior con oportunidades para prosperar. Pero si el desenlace hubiera sido ese que le quitaba el sueño a mi madre cuando creía que no volvería a vernos, es posible que más de uno la habría juzgado festinadamente, preguntándose cómo fue posible que una mujer dejara atrás a su hija, que aún no había cumplido el año, sin calcular el costo de tan grave decisión.

Al fin y al cabo, ahora lo que abundan por doquier son opiniones sobre esas familias que atraviesan la peligrosa selva del Darién con sus chiquillos a cuestas; los juicios más severos son dirigidos a esos padres y madres que han lanzado a sus hijos a la peripecia de llegar hasta Estados Unidos, sorteando en el camino todo tipo de obstáculos. Quién es capaz, inquieren, de abandonar a sus hijos, aventurándose a dejarlos a su suerte si las cosas se tuercen.

Cuando las familias se enfrentan a disyuntivas tan desgarradoras casi cualquier resolución parece ineludiblemente errada y acertada a la vez porque, en verdad, una misma decisión puede encerrar ambos extremos. Lo que con casi toda certeza es indiscutible es que parte del deseo de poner a salvo a las personas que más se quieren.

Lo sorprendente es no estremecernos ante éxodos que se producen en situaciones inimaginables: hombres, mujeres, niños que cruzan fronteras y mares porque el espanto de guerras, hambrunas o persecuciones es peor que saltar al abismo de lo desconocido.Cualquier juicio sobre estos actos que pueden parecer descabellados es una insensible frivolidad al calor de hogares mullidos.

Cuando mi madre embarcó en aquel ferry sollozando, lo hizo convencida de que sería lo mejor para una familia cuya gradual salida dependería de sus gestiones. La buena estrella estuvo de nuestra parte. Hay que tener un alma muy roñosa para juzgar con dureza a los que hoy se juegan todo porque no tienen nada.

Siga a Gina Montaner en Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS

Esta historia fue publicada originalmente el 12 de abril de 2021, 3:58 p. m..

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