Gina Montaner

El Gran Hermano en el quirófano

Las series de televisión han generado una visión excesivamente idealizada de los médicos y cirujanos. Nunca podremos olvidar la compasión del venerable Dr. Marcus Welby o los emotivos momentos del grupo de Grey’s Anatomy en el salón de operaciones cuando no estaban liándose unos con otros en enredadas historias sentimentales.

Pero una cosa es la trama edulcorada en la que el médico es tu mejor amigo y te reconforta antes de pasar el bisturí, y otra bien distinta lo que puede suceder en un quirófano donde nadie filma un episodio de lagrimeo fácil. Si no, que se lo pregunten a un paciente de Virginia, que, sin darse cuenta, grabó el audio con su móvil de lo que aconteció entre la anestesióloga y el equipo médico cuando se sometió a una colonoscopía. Cuál no fue su sorpresa cuando el hombre escuchó las barbaridades que sobre él se dijeron mientras rebuscaban en su interior.

No sólo se trata de las bromas de mal gusto que se hicieron a costa del paciente anestesiado, donde hubo insultos y comentarios crueles. También se escribieron falsedades en los resultados y hasta hubo la voluntad ex profeso de evitarlo tras la reanimación para no tener que lidiar con otro “fastidioso” paciente. Gracias a que existe una grabación, el hombre pudo demandar y la anestesióloga ha tenido que indemnizarlo por un caso de negligencia médica y difamación nada menos que en un quirófano, donde todo se esterilizó menos la lengua viperina de quien noqueó a su víctima antes de agraviarla.

Lo cierto es que el incidente del paciente de Virginia no es aislado y es más frecuente de lo que quisiéramos imaginar cuando nos ponen anestesia a la vena y se nos nubla la vista antes de contar hasta cinco. Se sabe de casos en los que algún dentista, además de sacar muelas, ha hecho “exploraciones” al sur de la quijada; o de cirujanos plásticos que se han “sobrepasado” a la hora de aumentar los pechos de sus clientas. Hechos propios de un sórdido vodevil en los que los pacientes despiertan sin tener recuerdos del abuso del que han sido víctimas.

Lo más grave, sin duda, son las negligencias médicas que pueden darse en un quirófano. Así le sucedió en 2003 a una mujer en Sarasota que se sometió a un aumento de senos, y cayó en coma para morir tres meses después por un exceso de anestesia en manos de un médico que no estaba certificado. Después de la tragedia, su familia en Wisconsin se ha movilizado para que en el país se apruebe una ley que permitiría la grabación de procedimientos que requieren anestesia.

En un mundo donde hay cámaras de vigilancia por doquier, agentes federales encubiertos que se sientan a nuestro lado en los aviones y cajas negras que sirven para desentrañar accidentes en los medios de transporte, tiene sentido que se grabe lo que ocurre en los quirófanos cuando los pacientes están profundamente dormidos y sus vidas están en manos de hombres y mujeres de carne y hueso. Quienes abogan por las cajas negras en los quirófanos defienden el derecho de pedir la grabación del procedimiento.

Este debate se suma a la corriente de que no sólo los policías lleven cámaras, sino también los propios ciudadanos, que ahora, con sus móviles, a su vez graban a los agentes del orden y esclarecen con sus vídeos situaciones equívocas o abusos por parte de las autoridades. Vivimos en una era orwelliana en la que vigilamos a quien nos vigila y en las redes sociales se desparraman como la lava los vídeos más íntimos.

Es lógico pensar que la mayoría de los médicos sigue a pie juntillas el juramento hipocrático sujeto a valores éticos pero, para aquellos que actúan impunemente aprovechándose de la indefensión del anestesiado, se lo pensarán dos veces si saben que el Gran Hermano acecha. Son cosas que no se aprenden en Grey´s Anatomy.

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