Gina Montaner

GINA MONTANER: Los muros de la vergüenza

Inmigrantes sirios llegan a una playa en la isla griega de Kos, después de cruzar el mar Egeo desde Turquía, el pasado 13 de agosto.
Inmigrantes sirios llegan a una playa en la isla griega de Kos, después de cruzar el mar Egeo desde Turquía, el pasado 13 de agosto. Getty Images

No me cabe duda de que buscaría modos de huir con los míos si se presentaran ciertos escenarios: una guerra que asuela el país. Una cruel dictadura que comete atropellos y persigue a los desafectos. Una situación de extrema pobreza causada por una catástrofe natural o la mala gestión de un estado fallido. Todas razones de peso que impulsarían a las mayoría de las personas a buscar un camino, el que sea, para salvarse y salvar a sus seres queridos de situaciones que pueden conducir a la pérdida de la dignidad humana y hasta a la muerte.

Precisamente mientras en Estados Unidos el aspirante a la presidencia Donald Trump propone erigir una inmensa muralla en la frontera antes que explorar la viabilidad de una reforma migratoria, en Alemania, donde la crisis por la avalancha de inmigrantes y refugiados es bastante más apremiante, la canciller Ángela Merkel emplea un lenguaje muy distinto al del magnate metido a político como respuesta a los ataques xenófobos que se están multiplicando en Europa: “No habrá ninguna tolerancia para aquellos que cuestionen la dignidad de otros, no hay tolerancia para aquellos que no están dispuestos a ayudar cuando la ayuda humana y legal se requiere”.

Merkel podría recurrir a discursos populistas que exaltan el nacionalismo para aplacar a los cada vez más numerosos grupos ultraderechistas. El pulso del nazismo resurge contra la legión de personas que llegan hasta Europa, procedentes de zonas en guerra como Siria o del África subsahariana huyendo de la hambruna y satrapías. Lo más sencillo para la canciller alemana, y en estos momentos timonel de una Europa convulsa, sería contentar a las masas pensando en los réditos electorales. Sin embargo, la semana pasada visitó bajo una lluvia de insultos un centro de refugiados que había sufrido ataques de los ultras. Mientras le gritaban “traidora”, quiso dejar bien sentado su compromiso con la ayuda humanitaria que se les debe prestar a quienes están recorriendo el continente sorteando alambradas y jugándose la vida en manos de inescrupulosos traficantes que los trasladan como ganado a cambio de dinero. Prueba de la crueldad de estos mercaderes ha sido el hallazgo en Austria de una decena de cadáveres de inmigrantes amontonados en el interior de un camión.

Por mucha aprensión que pueda provocar la llegada masiva de inmigrantes y refugiados que de pronto invaden el territorio nacional, es inútil pretender dar la espalda a esta realidad o, peor aún, convertirlos en objeto de persecución y maltrato. Mientras al otro lado se divise un horizonte menos inhumano, los más desfavorecidos de la Tierra lo arriesgarán todo, incluso la propia vida, para salvarse. Por eso más de cuatro millones de sirios han huido del régimen de Asad y de las masacres del Estado Islámico. Hasta la costa de Italia han llegado más de cien mil personas hacinadas en barcos donde corren el peligro de zozobrar o de ser lanzadas al mar por los traficantes. Y sólo la semana pasada consiguieron alcanzar las islas griegas unos veinticinco mil refugiados que zarparon desde Libia. Hoy los caminos de Europa son un continuo peregrinaje de inmigrantes en busca de una vida mejor.

Según cifras del Acnur, unos dieciséis millones de personas están huyendo de zonas conflictivas en distintas partes del planeta. En medio de un mar de peligrosa demagogia, Ángela Merkel habla alto y claro sobre la necesidad de ser compasivos frente a la tentación de sucumbir a la barbarie. Ella sabe bien que no hay muros que puedan contener el instinto de supervivencia de quienes luchan con uñas y dientes por salvaguardar su dignidad.

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