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Gina Montaner

GINA MONTANER: Irse para poder volver

Hace poco leí que uno se va de los lugares más amados para poder regresar. Es un modo de darle la vuelta a la nostalgia con la que se vive hasta el momento del retorno.

Aunque haya pasado el tiempo, cuando uno vuelve a casa no lo hace con el ánimo ligero de un turista accidental, sino con el deseo de recuperar las vivencias cotidianas que se dejaron atrás y que te devuelven al punto de partida. No se trata de visitar monumentos que ya se conocen al dedillo. Volver es pasear por el barrio de toda la vida, sentarse en el café de la esquina, hacer la compra en el mercado, retomar la conversación con los amigos. Poco más, que lo es todo.

Ya es otoño pero los días soleados persisten y las caminatas se prolongan hasta el infinito porque la ciudad, como la cinta de Moëbius, no tiene ni principio ni fin. No te desplazas en metro porque te perderías el espectáculo de las riadas de gente en la calle. Prefieres los autobuses que sortean los atascos y das cabezadas contra el cristal de la ventana como cuando eras adolescente después de una larga jornada en el instituto. Los rituales de antaño se repiten.

La ciudad está viva y en las terrazas se apuran las tardes que se acortan con los días. Mucho bullicio y a la hora de la merienda en las cafeterías grupos de señoras están de tertulia hasta que anochece. Los bares llenos y en la sesión golfa de la madrugada de los viernes se agotan las entradas en los cines.

Caminas y caminas hasta que ya no sientes los pies pero sí el palpitar de un corazón que reconoce los rincones de los viejos amores. Esquinas que se doblan con los ojos cerrados para sentir la intensidad de los recuerdos que quedaron esparcidos aquí y allá. Recoges los trozos y alguien te murmura al oído algo que ya te dijeron una vez. Volver es rebobinar lo que se pensó que ya no tenía marcha atrás.

Son sólo unos días antes de hacer las maletas y marcharse de nuevo. Citas con los afectos que llevas contigo allá donde vas. Decimos adiós una y mil veces para decir ya he regresado otras mil veces. El aeropuerto es ese escenario cambiante donde igual se llora en la despedida para luego abrazarnos de alegría. Separaciones y reencuentros. Una historia que se repite y con final abierto.

Hay quienes nunca salen de su ciudad y no saben lo que es el quebranto de partir. Hay quienes siempre vuelven porque una vez partieron y ya no saben vivir de otro modo. Regresar es el bálsamo temporal del desarraigo hasta el próximo hasta luego. Patearse las calles que se conocen de memoria hasta fundir las suelas de los zapatos con los adoquines. Sentarse a descansar en las plazas y en los parques. El paisaje es una gama de violetas en la hora crepuscular.

Recorres la ciudad en un paseo sin tregua para absorberla a cada paso. La bebes con la mirada porque te la llevas de polizón en la retina aunque digas “nada que declarar” en la aduana. Nos vamos de los lugares que más amamos para poder regresar. Así somos.

©FIRMAS PRESS

Siga a Gina Montaner en Twitter: @ginamontaner

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de octubre de 2015, 4:01 p. m. with the headline "GINA MONTANER: Irse para poder volver."

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