Gina Montaner

GINA MONTANER: Navidad en Ayotzinapa

Familiares de estudiantes desaparecidos protestan frente a una base militar en la localidad mexicana de Iguala, el jueves pasado.
Familiares de estudiantes desaparecidos protestan frente a una base militar en la localidad mexicana de Iguala, el jueves pasado. AP

“Si no tenemos Navidad, tampoco el gobierno. Si no tenemos Año Nuevo, tampoco ellos”. Eso ha dicho un padre de los 43 estudiantes desaparecidos el pasado 26 de septiembre en la localidad mexicana de Iguala.

Desde que sus hijos, que cursaban estudios en la escuela normalista de Ayotzinapa, se esfumaron de la faz de la tierra cuando se proponían encabezar una protesta, la vida de sus progenitores se ha convertido en un calvario. No se trata del primer caso de desaparecidos en el país azteca. A fin de cuentas, desde el sexenio de Felipe Calderón hasta hoy, bajo el mandato de Enrique Peña Nieto, se calcula que han desaparecido más de 22,000 personas. Una cifra pavorosa. Es decir, los muchachos de Ayotzinapa son sólo un puñado en el océano de horror que corroe a la sociedad mexicana.

Nadie les podrá devolver a estas familias a sus seres queridos que en Iguala, al parecer por órdenes del alcalde y su esposa, fueron perseguidos por las autoridades locales para ser entregados a sicarios de un cartel que se encargaron de aniquilarlos. Ya nunca regresarán a sus casas. Pero al dolor hay que añadirle el agravio de un gobierno que actuó tarde y mal, tal y como señaló el director ejecutivo para las Américas de Human Rights Watch, José Miguel Vivanco. Dos años después de que un pletórico Peña Nieto llegara al poder asegurando que impulsaría la regeneración y el cambio, su manejo de la crisis que ha desatado la desaparición de los 43 de Ayotzinapa ha puesto de manifiesto la torpeza de un gobernante alejado del pulso del pueblo.

Un político más avezado y en sincronía con las necesidades de una sociedad que se siente vulnerable ante la impunidad del crimen, nunca habría tardado tanto en reunirse por primera vez con los padres de las víctimas. De inmediato habría puesto en marcha un plan de emergencia para esclarecer los hechos y habría organizado un gabinete de crisis para asesorar en todo momento a las familias afectadas y mantener informado al país de cada paso en las pesquisas. Es evidente que el tempo del presidente y su equipo no ha coincidido con la punzante urgencia de unos padres que luchaban contrarreloj antes de que las evidencias se borraran en el sinuoso camino del ocultamiento y la corrupción reinante.

Unos sicarios llegaron a decir que los muchachos murieron calcinados en una pira y después sus huesos fueron arrojados al río en bolsas. Recientemente la procuraduría presentó unas pruebas de ADN que, según aseguraron, pertenecen a uno de los estudiantes. Pero a estas alturas, con el diálogo interrumpido entre los padres y el gobierno, los primeros desconfían del Estado. Sencillamente no tienen fe en unas instituciones que no amparan ni dan garantías a los ciudadanos indefensos. Para estas familias descreídas ya no hay nada que les traiga consuelo. Y del pesar han pasado a la ira y la necesidad de hacerse oír por medio de movilizaciones.

En el accidentado proceso de esta investigación han aparecido fosas comunes con restos humanos y hasta cabezas degolladas de víctimas que no eran los 43 estudiantes, pero sí otros seres que, como los jóvenes de Ayotzinapa, fueron objeto de actos de crueldad y ejecuciones sumarias que las autoridades no han resuelto. Es tal el nivel de putrefacción que se ha destapado en la búsqueda, que las repercusiones también han tenido eco en el extranjero, donde la imagen de modernidad que Peña Nieto ha pretendido proyectar se resquebraja por momentos. Por mucho que su gobierno se defiende de la noción cada vez más extendida de que está al frente de un estado fallido, a duras penas puede demostrar lo contrario.

Estas fiestas no serán las más alegres para Enrique Peña Nieto, pero, en medio de la crisis que atraviesa su gestión política, se verá arropado por los suyos. No será lo mismo, en cambio, para los padres de los 43 estudiantes que a finales de septiembre desaparecieron sin dejar rastro. Para ellos no hay nada que celebrar. Este año Ayotzinapa se ha quedado sin Navidad.

Twitter: @ginamontaner

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