El anciano y la mujer madura
Hace unos años, cuando ya rozaba los cincuenta, una buena amiga me invitó a una cena en la casa de un hombre muy rico. Mi amiga, que conoce mi habitual alergia a eventos sociales, me aseguró que sería una reunión amena, presidida por un anfitrión amante y mecenas del arte.
En efecto, se trató de una velada muy grata, pero con un detalle que me llamó la atención: salvo mi amiga y su esposo, que en aquel entonces componían una joven pareja, la reunión la formaban matrimonios de hombres muy mayores –casi todos habían sobrepasado los 70– y damas muy atractivas que no llegaban a los 40.
Para mi sorpresa, de todas yo era la más cercana en edad a aquellos caballeros tan ricos, cultos y muy viajados. También era la única sin pareja, extrañamente apartada de un grupo que había contraído matrimonio con individuos que les llevaban al menos 30 años de diferencia. En la sobremesa conversé distendidamente con ellos de política, el estado de los medios y la crisis global. Y comprendí con lúcida melancolía que entre sus muchos logros se sumaba el tener jóvenes esposas (casi todos estrenaban segundas nupcias y nuevas proles). En aquella escena de lujosa armonía lo único factible era la combinación de la mujer joven en brazos no ya del hombre maduro, sino del anciano.
No sentí envidia ni rencor, pero confieso que hasta el día de hoy no puedo evitar cierto desconcierto ante este fenómeno tan frecuente. Tanto, que hace tan solo unos días la ex modelo y ex esposa de Mick Jagger, Jerry Hall, se casó a sus 59 años con el magnate Rupert Murdoch, quien ya ha pasado el umbral de los 80. Sin duda no es una heroína de Jane Austen, obligada a casarse con un pretendiente rico para salvar a su familia de la pobreza. A la celebrity de origen tejano le sobra fortuna, aunque ni de lejos comparada al imperio mediático que dirige Murdoch. En 1985, cuando era pareja del líder de los Rolling Stones, Hall dijo que para ella el hombre es el rey de la casa al que hay que entretener y tenerlo contento.
Las teorías evolutivas apuntan a que la hembra busca al macho de la especie que sea el mejor proveedor. Y el macho a su vez busca impregnar a una hembra en edad reproductiva. Sin embargo, a estas alturas, con los papeles muy descolocados desde que salimos de las cavernas hasta la emancipación sexual y laboral de las mujeres que dejó por el camino a los Mad Men de este mundo, lejos queda el abrazo asfixiante del tipo a lo Svengali (ese personaje manipulador que creó George du Maurier); pero lo que no cambia es el ideal del hombre mayor en compañía de una mujer escandalosamente joven.
En aquella cena en la que acabé haciendo tertulia con los provectos empresarios, no pude evitar pensar en un escenario opuesto: mujeres setentonas recién casadas con treintañeros. Era una composición mental chirriante y, salvo contadas excepciones, divorciada de la realidad. También pensé que sería harto extraño encontrar puntos de unión con una generación más cercana a la de mis hijas que a la mía. Más allá del indudable atractivo que acompaña a la juventud, qué extraña situación la de compartir lecho con un ser y un cuerpo en plenitud que ha de convivir con alguien que atraviesa el tramo final de la vida. El más duro y cuesta abajo.
A lo largo de la velada secretamente me imaginé en las dos situaciones: mujer joven con hombre anciano y rico. Mujer anciana y rica con chico joven como esposo. Ambos contextos me parecieron inviables. Planetas distantes de la pasión que en el pasado había vivido con mis coetáneos. Si un novio me llevaba seis años ya me parecía un abismo. Y ahora, ya mayor (sin llegar a la ancianidad de mi amable anfitrión y sus amigos) una fantasía tipo Harold y Maude se me antojaba un dislate que sólo funciona en el cine o en la literatura.
Aquellos señores tan mayores (y tan millonarios) a quienes sólo les faltó servirme un coñac para iniciarme en su selecto club, les parecía perfectamente natural coronar sus exitosas vidas junto a mujeres a las que les doblaban la edad y dispuestas a ser unas viudas lozanas. No sé qué habría opinado Jane Austen. Yo me limité a admirar la valiosa colección del venerable anfitrión.
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Twitter: @ginamontaner
Esta historia fue publicada originalmente el 12 de marzo de 2016, 2:26 p. m. with the headline "El anciano y la mujer madura."