Gina Montaner

El Papa, la libertad y los puñetazos

El atentado terrorista que les costó la vida a doce empleados de la revista satírica Charlie Hebdo ha desatado, una vez más, el eterno debate en torno a la libertad de expresión. Está claro que el mundo se divide entre quienes creen que este derecho tiene límites y quienes lo defienden en todas sus instancias como parte integral de las sociedades abiertas.

Sin duda Charlie Hebdo, con sus caricaturas feroces que igual ridiculizan a los políticos o los dogmas de cualquier fe religiosa, no deja indiferente a nadie porque así es la sátira, cuya definición es “discurso o dicho agudo y mordaz que censura o ridiculiza a alguien o a algo.” Un género en el que Aristófanes incursionó en Grecia y en Roma lo explotaron autores como Horacio y Juvenal. A partir del siglo XVII en Francia Molière causa estragos con sus obras satíricas sobre la corrupción, que llegan a prohibirse en los teatros mientras la iglesia católica califica al dramaturgo de “demonio con sangre humana”. Y en la España barroca los poemas satíricos de Quevedo también son objeto de escándalo. Tiempo después, en la Unión Soviética, un escritor como Mijail Bulgákov, que gustaba de la fina ironía, es víctima de la censura estalinista.

Sencillamente la sátira, un revulsivo literario, gráfico o escénico, pretende poner de relieve los vicios individuales o colectivos que nos plagan. Y en cada viñeta que publica semanalmente el irreverente equipo de Charlie Hebdo, la burla y la farsa son los recursos de una publicación que se define como “antirracista”, “antirreligiosa” e “izquierdista”. Desde la sátira nada es sagrado y pone a temblar al poder, tanto el que ostentan los políticos como el que ejercen los líderes religiosos. Con la pluma, el pincel o desde un escenario, los puñetazos satíricos son figurados y se trazan con la puya del humor.

Otra cosa bien distinta es lo que el Papa Francisco ha dicho, refiriéndose a la masacre perpetrada por radicales religiosos que ha diezmado a la redacción de Charlie Hebdo. A pesar de que Bergoglio condenó el atentado, puso un ejemplo desacertado: “Si el doctor Gasparri (asesor de los viajes papales) dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!”. Si un ciudadano anónimo hubiera divulgado estas declaraciones en las redes sociales, me temo que las autoridades estarían investigando si se trata de una apología al terrorismo.

Se equivoca el Papa, por no decir que sus palabras encierran mucho peligro en un momento en el que bulle la Guerra Santa, si cree que un insulto verbal o una parodia se resuelven con una agresión física que puede ser un sonoro bofetón o acabar en un sangriento asesinato. Debería leer la certera reflexión que el periodista español Alberto Prieto publicó en su blog (ADPrietoBlog): “No me gusta Charlie Hebdo, pero sus portadas y viñetas son irrenunciables, y a quien ofendan, que las denuncie”. Si el Papa o los Imanes pretenden ponerle “límites” a la libertad de expresión, que recurran a los tribunales, que es donde las sociedades civilizadas dirimen las diferencias. De hecho, en Charlie Hebdo y otras publicaciones similares es habitual acabar en los juzgados, donde los jueces determinan si se traspasaron los derechos al honor. Si, en efecto, hubo difamación, hay espacio para una multa o retractación por parte del demandado. Lo que está fuera de lugar son los puños o fanáticos ofendidos irrumpiendo en las redacciones armados con Kalashnikovs.

En 1930 Bulgákov, autor de la magistral novela El Maestro y Margarita, le escribió al gobierno de Stalin: “La lucha contra la censura, cualquiera que sea, y cualquiera que sea el poder que la detente, representa mi deber de escritor”. De eso se trata cuando defendemos las portadas de Charlie Hebdo. Aunque no nos gusten.

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