Gina Montaner

Morir un poco en Europa

Una simpatizante de Podemos participa en un mitin en la ciudad de Vitoria, en el norte de España.
Una simpatizante de Podemos participa en un mitin en la ciudad de Vitoria, en el norte de España. AP

Unos días antes de las elecciones españolas se celebró el referéndum británico sobre la permanencia en la Unión Europea. El triunfo del Brexit y su expresión nacionalista, una verdadera sacudida a la región, tendría repercusiones a medio plazo en España.

En el tramo final de junio y con la canícula arreciando, Madrid comienza a adormilarse gradualmente si no fuera por la inquietud generalizada ante un incierto panorama político que, se espera, podría despejarse después de las elecciones celebradas este domingo. Una segunda intentona tras la consulta del 20-D que acabó en bloqueo político y una suerte de parálisis nacional.

En los cafés y las tertulias se repite una vez más el guión de las dos Españas aparentemente irreconciliables: el de una izquierda que sigue viendo en la derecha la sombra del franquismo y el de un centro-derecha que hoy, no sin razón, recela de un bando escorado hacia el radicalismo que lidera con éxito el grupo de Podemos.

Más allá de los resultados electorales del 26-J y la capacidad de las fuerzas políticas de llegar a un pacto para hacer posible la gobernabilidad del país, lo que se ha instalado en el imaginario colectivo es la idea de que frente al desgaste del bipartidismo, hasta ahora representado por el PP y el PSOE, la regeneración podría venir de la mano de un partido supuestamente “antisistema” como el que enarbola Pablo Iglesias.

A pesar de que Iglesias y la cúpula de Podemos en repetidas ocasiones han alabado la revolución bolivariana de Venezuela –y en vida de Hugo Chávez llegaron a asesorar su modelo de gobierno– el temor de que pudieran beneficiarse de la democracia para enquistarse en el poder (tal y cómo ha sucedido con el chavismo) parece no existir entre muchos españoles. Sencillamente no creen que los “podemitas” sean comunistas de corazón (en plena campaña Iglesias se despojó de su tufo marxista y se reinventó como socialdemócrata), y muchos están convencidos que sólo quienes hagan estallar el status quo acabarán con la plaga de la corrupción que carcome a los dos grandes partidos. Aspectos como el interés de Podemos por controlar y domesticar a los medios independientes tampoco inquietan demasiado a los votantes desencantados y más preocupados por una alta tasa de desempleo, que en el caso específico de los jóvenes les afecta con un 46% de paro.

En este Madrid a punto de echar las persianas por “veraneo” y con la premura de que se amarre de una vez el vagar imperante antes de huir a las playas y a la sierra, abunda la “ilusión por un cambio”. Es la manifestación de un hartazgo de la clase política y de los incesantes escándalos institucionales. Se extiende la sensación de que a los partidos les importa más su supervivencia que la de los votantes, a muchos de los cuales les cuesta llegar a fin de mes y tienen la soga al cuello por una precaria situación laboral que ha mejorado algo pero no lo suficiente.

Así, con una capital que se vacía y van quedando más turistas bajo el solazo, el interés que suscita Podemos oscila entre la aversión y la fascinación. El espejismo de que esta izquierda justiciera acabaría con viejos y endémicos males. Al fin y al cabo, dicen muchos, esto no es Venezuela y el populismo de Podemos no es el populismo chavista.

Caminando por el Bario de Las Letras en vísperas de las elecciones generales me encontré con un graffiti que resume el sentir general: “Cada vez que voto siento que muero un poco más”. Las maletas están hechas y el verano ha comenzado. Llegó el momento de partir.

©FIRMAS PRESS

Twitter: @ginamontaner

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