Gina Montaner

El bótox y la filosofía

MCT

Vivimos cada vez más años y la meta es alargar la juventud (tanto física como mentalmente) hasta el umbral de la vejez. Teniendo en cuenta que hoy en día la edad media de mortandad de los hombres es 79 años y 83 entre las mujeres, se combate de manera activa la pérdida de las facultades mentales y los signos de envejecimiento que aparecen en el rostro y en el cuerpo.

Pero actualmente el cuidado exterior ya no sólo está reservado a las mujeres en un entorno en el que la paridad también ha igualado a los dos sexos en este sentido, con hombres metrosexuales que no temen recurrir a procedimientos estéticos. No obstante, la cuestión de envejecer sigue siendo más peliaguda para las mujeres, cuyo atractivo físico se mide con más inclemencia que el de los hombres.

En este eterno debate sobre el valor –que al parecer se devalúa rápidamente– de los atributos físicos de la mujer una vez que deja atrás la lozanía de la juventud y se instala en la aridez de la menopausia, en las propias filas del sexo femenino hay dos bandos bien distinguidos: quienes luchan denodadamente por prolongar un aspecto juvenil pasando por el quirófano o los rellenos; y quienes eligen ir con la cara lavada sin más. Diferencias que no convierten a las dos facciones en enemigas ni impiden el consenso de que el ejercicio, la alimentación sana y huir de los rayos solares benefician por igual a las más coquetas y las más estoicas.

En alusión al estoicismo, leí recientemente en el New Yorker un perfil de la filósofa estadounidense Martha Nussbaum, quien precisamente está escribiendo un texto sobre el envejecimiento. Nussbaum, considerada una grande entre los filósofos contemporáneos, reivindica vivir la tercera edad sin renunciar a las vivencias fuertes que parecen ser cosa del pasado. No en balde ha dedicado largos años al estudio de la naturaleza de las emociones. A sus 69 años esta mujer fibrosa y vegetariana corre a diario, se inyecta bótox, luce minifaldas y aspira a tener relaciones sentimentales hasta el final de su prolífica vida.

Nussbaum, quien actualmente imparte clases en la Universidad de Chicago, comenzó su carrera inspirada en la escuela estoica que fundó Zenón de Citio, pero con el devenir del tiempo se alejó del academicismo “en el vacío” para abogar por un análisis filosófico más apegado a las vivencias de las personas de carne y hueso. Era inevitable que alguien tan vital abordase la vejez no con resignación, sino con el disciplinado entusiasmo de quien cada mañana se levanta para beber de la fuente de la juventud que habita en su mente y que alimenta su cuerpo.

No todo el mundo tiene la capacidad de Nussbaum, quien se sometió hace poco a una colonoscopia sin anestesia para, según dice, no perderse el espectáculo de su intestino. Para ello hay que ver el proceso natural de oxidación como un ejercicio intelectual contra la erosión del tiempo. Pero su planteamiento invita a reconsiderar los esquemas en los que muchas veces acabamos atrapados. Hace un llamamiento a rebelarse contra el encasillamiento de la tercera edad.

En la entrevista que le hacen, Nussbaum cuenta cómo decidió hacerse un retoque en la nariz porque con los años los cartílagos se vencen y afean las facciones. La filósofa, que ha tenido sus más y sus menos con las feministas más radicales, concluye que desea resultar atractiva a los hombres y que para ello hay que remodelar aquí y allá un cuerpo cuyo principal enemigo es la ley de gravedad.

Confieso que antes de leer este trabajo sobre la autora de La terapia del deseo me había mostrado reacia a la idea de los arreglos estéticos, no tanto por un prejuicio contra una práctica cada vez más extendida y aceptada, sino por pudor ante un realidad que pasada la cincuentena parece ineludible: las liposucciones o cirugías plásticas no dejan de ser un encubrimiento del declive natural de la vida. La imagen de una mujer o un hombre mayor con un chasis artificialmente reluciente no puede ocultar que estamos condenados a la senectud y sus achaques.

Nussbaum invita a la generación de los Baby Boomers a celebrar el exceso emocional, la vulnerabilidad y vivir plenamente en el ámbito intelectual y físico. Por primera vez he comprendido que el bótox no está reñido con la filosofía. Todavía estoy a tiempo.

©FIRMASPRESS

Twitter: @ginamontaner

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