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Gina Montaner

Un perfecto desconocido

Un hombre camina por Fleet Street, el 5 de agosto en Londres.
Un hombre camina por Fleet Street, el 5 de agosto en Londres. Getty Images

Una de las secciones más populares del New York Times es Modern Love, un espacio en el que se publican crónicas personales sobre los avatares del amor en nuestro tiempo: desde relaciones fallidas, modelos familiares que rompen moldes, enamoramientos fortuitos, encuentros y desencuentros.

Cada domingo el lector busca ese relato que podría servirle de guía, o a veces de consuelo, en la misteriosa senda de los lazos afectivos. Acontecimientos inesperados que parecen darle un vuelco al corazón pero se quedan en el esbozo de una pirueta. Modern Love es una suerte de Lonely Planet del turista sentimental que busca desentrañar el paisaje de las emociones.

Todos podríamos enviarle al prestigioso diario neoyorquino un escrito en primera persona sobre un amor que nos sacudió, un matrimonio deshecho, un reencuentro que hizo volar por los aires el presente. Hasta en la existencia más monótona hay instantes que se guardan como un tesoro infranqueable para que no se deshagan en el manoseo de la anécdota.

Pensaba en Modern Love cuando me vino a la mente un episodio que me sucedió hace tiempo y que había suprimido como los deseos inconscientes de los que escribió Freud con más arte literario que rigor científico: hacía cola para entrar a un acto cuando el hombre que se encontraba detrás de mí me preguntó si estábamos en la fila correcta. Fue entonces cuando me di cuenta del error y sin pensarlo le dije: “Sígueme”, mientras buscaba la sección que nos correspondía. Así fue cómo ambos terminamos sentados en la misma zona. A pesar de ser dos perfectos desconocidos, tuvimos la oportunidad de hablar largamente en un evento que resultó bastante más tedioso que nuestra inesperada conversación.

Aquel individuo resultó ser culto, tímido, correcto, creyente y discretamente encantador. Además, teníamos conocidos en común. Al finalizar la actividad no tuvimos ocasión de despedirnos y sentí cierta desazón ante la idea de que seguramente no volveríamos a coincidir.

Sin embargo, para mi sorpresa una semana después recibí un correo electrónico cuyas medidas palabras eran el reflejo de aquel hombre tímido al que había guiado: había sido estupendo conocernos gracias a una equivocación. “Si alguna vez pasas por mi ciudad no dudes en contactarme para seguir conversando”. Claro está, para que haya material digno de la sección Modern Love el azar tiene que estar de tu parte y así fue. Difícilmente la vida me habría llevado a aquella metrópoli, pero por compromisos laborales muy pronto la visitaría. Se lo hice saber y concertamos un almuerzo. Mi corazón palpitó más rápido que de costumbre. Sin proponérselo, los tímidos pueden sacudir la tierra.

Después de un mes de nuestro encuentro fortuito nos citamos en un céntrico café al aire libre, sin mayor compromiso que charlar pero con la certeza de que había empatía mutua. Al cabo de un rato me habló de su interesante profesión y de su pasión por la historia. Su vida, a diferencia de la mía, había sido más sedentaria. Él me preguntó por los países en los que había vivido y lamentó no haber viajado más a Europa.

En una sobremesa que se extendió, todo lo relacionado al ámbito personal se evitó como quien procura no acercarse a un abismo. Si se hubiese tratado de una entrevista de trabajo, nos habríamos contratado mutuamente sin dudarlo. Éramos dos candidatos ideales y con recursos para la dialéctica, pero seguíamos siendo los dos perfectos desconocidos que habían coincidido en la fila equivocada de un multitudinario evento.

En algún momento de aquella tarde de verano me fijé en el dedo anular de su mano derecha y recordé un detalle que no había pasado por alto cuando nos conocimos pero lo había relegado como esos sueños que al día siguiente son borrosos: ahora faltaba una alianza sencilla pero reluciente. Quitarse el anillo de casado requiere plantearse que hay que ocultar un dato esencial que pondría freno al aluvión de oxitocina y feromonas que se liberan entre dos personas que se atraen. No sentí indignación, pero sí una melancolía infinita mientras lo dejaba hablar y el eco de sus palabras se apagaba.

Nos despedimos con la promesa de que seguiríamos en contacto. Mientras me dirigía a la estación de tren lo imaginé rebuscando en el bolsillo del pantalón para colocarse de nuevo la alianza. Cuando leo Modern Love inevitablemente recuerdo a aquel perfecto desconocido.

©FIRMASPRESS

Twitter: @ginamontaner

Esta historia fue publicada originalmente el 7 de agosto de 2016 a las 7:42 p. m. con el titular "Un perfecto desconocido."

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